El pasado lunes 8 de diciembre se entregaron los premios Martín Fierro a series y películas argentinas. En la categoría Mejor Actriz Protagónica triunfó Natalia Oreiro por su papel como Andrea en «La mujer de la fila», dirigida por Benjamín Ávila, quien también recibió el galardón como Mejor Director. «La mujer de la fila» es la adaptación cinematográfica de la historia de Andrea Casamento y su hijo mayor Juan (Gustavo en la ficción), quien fue arrestado a los 18 años mientras tomaba algo con una amiga al ser confundido con un sujeto que robó cuatro empanadas. A partir de ese momento, Juan quedó preso y debió pasar seis meses en el penal de Ezeiza, antes de demostrar que era inocente para ser absuelto y liberado.
Cuando su hijo recuperó la libertad, Andrea se dio cuenta que no podía volver a trabajar en la oficina y que debía hacer algo con lo que le había sucedido. Ante la ausencia estatal, fundó en el año 2008 -junto a 4 compañeras y con la ayuda de la abogada Claudia Cesaroni- la Asociación Civil de Familiares de Detenidos (ACiFaD), una organización integrada por mujeres familiares de personas detenidas y profesionales comprometidos con el acompañamiento y el fortalecimiento de las familias atravesadas por el encarcelamiento. Por su trayectoria, Andrea fue elegida en 2021 para formar parte del Subcomité para la Prevención de la Tortura de las Naciones Unidas (ONU), posición que ocupó hasta 2024.
“Mientras el mundo sigue su curso, nosotras hacemos malabares: cargar bolsas pesadas con comida y ropa para mantenerlos vivos, viajar durante horas, pedir permisos en el trabajo sin dar explicaciones. Inventamos mil historias para proteger a nuestros hijos del estigma… hasta que llega el momento de enfrentar la difícil pregunta y explicarles qué es la cárcel“, señala Andrea en su cuenta personal de Instagram.
No es casual que todas las integrantes de ACiFaD sean mujeres, ni que la película sea contada desde la perspectiva de una de ellas. En el estudio “El impacto de la cárcel en las mujeres familiares y las afectaciones a sus derechos humanos”, presentado en 2022 por la RIMUF y disponible en la página de ACiFaD, se evidencian los estragos que genera la prisión, tanto en la familia como en la comunidad.
Este trabajo fue realizado con una muestra de 188 mujeres de entre 18 y 74 años en un total de ocho países. Allí se indica que, por cada mujer familiar de una persona presa, hay 2 hijxs menores de 16 años a su cuidado. Pero además aparece un dato que en general suele quedar oculto: se trata de las mujeres que cuidan niñxs que no son sus propixs hijxs (el 34% del total). Asimismo, contempla la implicancia económica que tiene sostener una familia con un integrante encerrado: del total de las entrevistadas, el 85% trabaja y el 33% respondió que tuvo que comenzar a trabajar a partir del encarcelamiento. El 65% de las mujeres se convirtió en la principal fuente de ingresos a partir del encarcelamiento.
Para saber más sobre las condiciones de las cárceles, cómo fue la adaptación de la película y el rol de las mujeres que acompañan y esperan en la fila, El Grito del Sur habló en profundidad con Andrea Casamento.

¿Cuál fue el proceso para adaptar una historia real al cine? ¿Cómo te sentiste cuando la viste?
Me sentí muy bien, muy aliviada. Creo que cuando uno puede contar su historia es porque ya sanó. El hecho de que Natalia (Oreiro) haga de mí significa que puso su cuerpo en lugar del mío. Cuando la vi encontré a mi yo de hace 20 años. Ya no era yo la que sufría, era Natalia, para mi eso ya había pasado. Fue un proceso largo desde que se nos acercó el productor hasta que se estrenó la película: un total de 8 años, en los cuales al principio ni siquiera sabíamos cómo era la película, pensamos que iba a ser un video casero. Aceptamos porque sentimos que era una forma de llegar a más gente con esta temática.
Luego de tu experiencia con Juan, creaste ACiFaD. ¿Cómo surge?
ACiFaD surge a partir de la necesidad. Nos dimos cuenta que no había ningún espacio ni organización -ni pública ni privada- que hablara de este tema. No había un lugar que nos pudiera orientar: desde qué colectivo me tomo para llegar a la cárcel hasta cómo entro o cómo le digo a mi jefe que tengo un hijo preso. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se les dice a los chicos que quedaron en la casa que su hermano está preso? Todas esas preguntas no aparecen en Google, capaz encontrás la dieta de la luna pero nadie habla de la cárcel. La necesidad hizo que las que ya teníamos experiencia la vayamos compartiendo con otras. Así se crea ACiFaD.
¿De qué forma cambió tu perspectiva de la cárcel luego de haberla sentido en carne propia?
Yo antes de eso no sabía nada de la cárcel, no era algo que me cuestionara. Solo tenía las referencias que veía en la tele. No había posibilidad de imaginar que iba a estar cerca mio o de alguien de mi familia. Cuando la conocí me volví muy crítica del sistema. Creo que en estas condiciones se salva quién puede y muchos de los que pueden tiene que ver con el apoyo de su familia, porque si las familias no les llevan comida no comen, si las familias no van a hablar con el abogado no se van a enterar de la situación procesal. Nada de eso va a pasar. Es un costo muy alto el que hay que pagar por estar en la cárcel.
Decís que cuando una persona está encerrada, lo está también la familia. ¿A qué te referís?
Lo dice la misma película en una parte. Lo primero que pasa es que las mujeres están presas de la presión social y del estigma. Si tenés un familiar preso, te van a mirar mal. Por otro lado, estás presa de la mirada de la requisa cuando entrás a la visita. En las cárceles las requisas son vejatorias y humillantes porque cae esa mirada sobre el cuerpo de las mujeres y te sentis muy impune, como si no hubiera nadie que te pudiera defender de eso.
Justamente pensando en la escena de la película en la que muestran una requisa, ¿qué pasa con los cuerpos de las mujeres que ingresan a la cárcel?
Pasa que nosotras tenemos que mostrar nuestros cuerpos delante de otras personas cuando nadie que va a un lugar público tiene que hacerlo, ni siquiera por una cuestión de seguridad. Debería ser igual de seguro ir a un aeropuerto que a una cárcel y en el aeropuerto no hay requisas. Acá sí las hay y además es de la manera más humillante.

Si bien en la película Gustavo es apodado “el chetito”, se percibe la criminalización de la pobreza y cómo todas las mujeres que hacen fila están atravesadas por la precariedad. ¿Creés que la cárcel hace más estragos en los barrios humildes?
La cárcel está llena de pobres con familias pobres. Son muy pocos los que están presos por estafas o delitos de guante blanco, la mayoría está preso por robos o por problemas de consumo que los llevaron a robar. Según SNEEP, la mayoría de las personas presas no terminaron la escuela primaria, ni el ciclo básico de educación común. En ese sentido, la persona que sale de la cárcel debería ser ingeniero porque está encerrada en un lugar donde tiene todo el tiempo para estudiar. Ahí viene otra pregunta: ¿Por qué no lo hacen? No es porque no quieren, es porque no hay docentes, porque no hay aulas, porque las cárceles están muy alejadas, porque es muy difícil para la universidad llegar a la cárcel, porque en el Servicio Penitenciario hay poco personal y todo lo que es traslado de personas requiere alguien que te lleve y una larga serie de etcéteras. En ese sentido, para ellos termina siendo más fácil dejarlos encerrados en una jaula porque no hay infraestructura para que estudien.
¿Qué oportunidades de reinvención tienen las personas que salen de la cárcel?
Ninguna. Primero por los antecedentes, hay un montón de reglas sociales que hacen que las personas con antecedentes penales no puedan ocupar ciertos puestos de trabajo. ¿Qué tiene que ver que tengas antecedentes con que no puedas trabajar en una panadería? No lo sé. La gente cumple su condena en la cárcel, ya sean cinco o diez años, pero cuando salen tienen que adaptarse a cómo la sociedad va cambiando.
Si no pueden reinsertarse, ¿el peso económico sigue recayendo en las mujeres?
Cuando salga de la cárcel, el que tiene casa y familia va a ir a la casa que lo sostuvo mientras estuvo preso. En ese sentido va a seguir siendo sostenido por la mujer hasta que vuelva a cometer un delito y vuelva a caer en la cárcel, donde las mujeres los seguimos sosteniendo. Es decir, les tenemos que seguir llevando comida y hacer todo lo que hacemos. Cuando dicen que la cárcel es una «puerta giratoria», es verdad. La cárcel siempre te va a invitar a entrar, nunca a salir. Siempre te va a invitar a qué vuelvas.

¿Cómo hacen para lidiar con el punitivismo de un gobierno que pide más penas e insiste en bajar la edad de imputabilidad?
Ahora está fatal, pero hace 20 años decimos lo mismo: las penas más altas no hacen que las personas no cometan delitos, hay que ver qué le ofrece la cárcel a las personas, hay que pensar de cómo se van a ir adaptando de a poco a la sociedad. Aumentar el castigo no es la solución a la inseguridad. Con la ley Blumberg (Ley 25.886) la pena máxima subió de 25 a 35 años, pero lo cierto es que la cantidad de presos y de delitos no baja, tampoco el índice de reincidencia. La receta que estamos utilizando no funciona. De esta manera no va a funcionar, no funciona en el mundo. La cárcel destroza vidas enteras, del que está privado de la libertad y de quien es víctima del delito. Es un sistema que hace daño.





