Discutir la depresión: «Esta es tu pena», el nuevo libro de Renata Prati

📖 "Esta es tu pena" es un libro clave para pensar la politización del malestar. Del dolor, la melancolía, las empresas farmacéuticas y el uso de antidepresivos va este nuevo volumen de Siglo XXI. Entrevista exclusiva a la autora.
14/12/2025

Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), los registros anuales reflejan una tendencia al aumento en el malestar psicológico. En el año 2024, la cifra llegó al 28,1%, lo que es igual a tres de cada diez personas con un padecimiento mental. Además, se observa un mayor malestar psicológico a medida que se desciende en la estructura social.

¿Quién politiza el malestar? ¿Quién habla de la depresión? ¿Quién cuestiona el aumento del uso de antidepresivos? Renata Prati se anima a eso y más también. En ““Esta es tu pena”, un libro que surge como adaptación de su tesis doctoral en filosofía, la joven se pregunta cómo actúa el marketing de las farmacéuticas, la relación entre el estado de ánimo y la crisis social, y la ausencia de perspectiva de género en la psiquiatría. 

“Desde las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo hasta el Ni Una Menos o la Marea Verde, sabemos bien que el dolor y la vulnerabilidad más insoportables pueden volverse espacios de encuentro y transformación, y que hacer política es también uno de los modos del amor y del cuidado”, explica Prati.

Renata se hace preguntas incómodas que llevan al lector a cuestionarse su propia lógica: ¿la depresión realmente es un problema biológico o social? ¿Por qué la filosofía no estudia este malestar? Ella escribe sobre la censura de la depresión y su entramado socio-histórico. Sobre melancolía, psiquiatría, píldoras y mujeres famosas que se suicidaron. Algunos días luego de la presentación del libro, El Grito del Sur se comunicó con la doctora en filosofía para ahondar en la temática.

¿Por qué resulta tan fundamental la diferencia entre la depresión y la melancolía?

El contraste entre melancolía y depresión fue la primera pista, para mí, por eso es tan vertebral para el libro. Yo quería investigar sobre la depresión, un poco por resonancias personales y otro poco porque me daba fastidio sentir que no había lugar para hacer una tesis filosófica sobre la depresión. Pero, ¿por qué sí parecía posible, y fue posible, abordar filosóficamente la melancolía? Esa diferencia fue la primera pista de que había ahí algo interesante, algo importante, algo que tenía que ver con el rol de la filosofía en las discusiones públicas y también con el modo en que nos vinculamos hoy con nuestros sentimientos de malestar. Y es que, según las historias de las ideas que yo empezaba a leer en ese momento, la melancolía era simplemente el antecedente histórico de eso que hoy suele llamarse depresión, pero eso no alcanzaba a explicar esa disonancia, esa diferencia en la posibilidad de abordarlas. Tampoco alcanza para explicar algo que me intrigaba con respecto a cómo las usamos en el habla cotidiana: cuando traemos a cuento la melancolía suele ser para apuntar a algo elevado, creativo, profundo, pero la depresión es lisa y llanamente negativa. Si la depresión es una nueva forma de la melancolía, no hereda su nobleza, y esto tiene efectos. Me parece muy importante reconocer que este desplazamiento histórico de la melancolía a la depresión implica una devaluación de nuestro vínculo con los sentimientos de dolor, de malestar, de tristeza. Primero, porque esa devaluación hace que nos duelan todavía más. Es como una negatividad agregada que se impone sobre una experiencia ya negativa, porque por supuesto que sentirse mal es algo que se siente mal, pero no hace falta que además le sumemos sentirnos culpables, sentir que no hay ningún valor, ningún sentido, ningún espacio para sentirnos mal. Y segundo porque tenemos que poder reconocer los contornos actuales de los malestares, que son los contornos actuales de nuestro mundo, si queremos tener alguna chance de cambiarlos. 

Fotos: Marcos Prati

En el libro explicás que con la crisis del 2001 y la salida de las nuevas marcas de fluoxetina aumenta el uso de antidepresivos en nuestro país. ¿Cómo se relacionan las crisis económicas argentinas con la depresión?

Una de las cosas que más me interesaba aportar a la discusión es que la categoría de depresión es mucho más reciente y mucho más ajena de lo que solemos darnos cuenta. La usamos como si hubiera estado siempre ahí, y no tomamos conciencia de que es una categoría forjada recién en las últimas décadas del siglo XX, y muy marcadamente en los Estados Unidos, con una serie de desarrollos muy complejos, muy entreverados que busco reconstruir en el libro. Esto implica que, cuando una se mete a hablar de depresión, de repente toman mucha relevancia unos guiones y modos de pensar muy propios de ese contexto, como la idea del desequilibrio químico, las discusiones en torno a las pastillas, etc. En ese sentido importa ver mejor cómo entran esas ideas, esos relatos y también esas pastillas en un contexto muy distinto, porque las discusiones también van a ser distintas. Si en los Estados Unidos de los noventa se volvía best-seller un libro que hablaba maravillas de los nuevos antidepresivos “de diseño”, apelando a ideas de ciencia, de cerebro, de cómo debe ser un individuo productivo y exitoso, acá el contexto era otro, las preocupaciones eran otras. Toda la escena del 2001 y el ingreso de los nuevos antidepresivos es algo que trabaja muy bien Andrew Lakoff en su libro La razón farmacológica, que advierte cómo en la Argentina fueron las marcas locales las que lograron dominar el mercado porque entendieron mejor que las empresas estadounidenses que había que aprovechar esa clave de la crisis, de la inquietud política y social, en vez de apoyarse tanto en la ciencia y la biología individual. A mí lo que me interesaba era sobre todo llamar la atención al arraigo de los discursos, cómo se van moldeando las discusiones. Con nuestra historia, quiero decir, no tenemos que dejarnos confundir con oposiciones falsas entre pastillas y política, como si la depresión no pudiera ser a la vez un problema que se vive en carne propia, individual, personal, y un asunto público, que habla de presiones y malestares más allá de lo personal y que está moldeado de muchas maneras por lo social y lo político. Me parece importante que nos apropiemos de estas lecciones, porque mi impresión es que, del 2001 a esta parte, con cada crisis, y hubo muchas, cada vez fueron ganando más terreno los discursos clásicos estadounidenses, de una oposición entre lo individual y lo político. Y eso no nos está ayudando ni a transitar los malestares ni a ver sus vínculos con lo social y lo político. 

Al mismo tiempo decís que, al entender la trama social de la depresión, las farmacéuticas logran vender mucho más. ¿Se convierte en un círculo vicioso?

Hay una tensión ahí, sí. Hay muchas tensiones en mi libro: supongo que es un poco por mi formación profesional como filósofa, por así decirlo, tiendo a enfocarme en las ambivalencias, los matices, las preguntas abiertas. Pero me gustaría decir dos cosas al respecto. Por un lado, que es relativamente fácil criticar el aumento de uso de antidepresivos como un plan maligno de las empresas para lucrar más, pero por más importante que sea ver y criticar las estructuras de poder y los flujos de ganancias, no es un argumento suficiente, ni tampoco demasiado justo, para alguien que se está sintiendo mal, o muy mal, y quiere la ayuda de estas tecnologías. Es decir, si a mí esto me ayuda, ¿qué me importa que les sirva también a otros actores? Y si a mí esto me ayuda, sobre todo, en un momento de tanta vulnerabilidad y de una manera que necesitaba tanto, ¿no es un poco cruel que me digan que le estoy haciendo el juego a la farmacéutica? Necesitamos ser justos con las experiencias y las necesidades que impone un dolor tan grande a la hora de discutir la depresión y los antidepresivos. Por otro lado, creo que estas complejidades van más allá del uso o no de antidepresivos. Creo que una parte importante del atractivo de las pastillas es que le dan más realidad al malestar, a la validación del malestar que implica el diagnóstico o simplemente el nombre de depresión. No es solo que estoy triste, o rayada, o incapaz de hacer mis cosas, sino que tengo esta entidad real y pesada que se llama depresión, que no puedo manejar sola, que no es mi culpa, y los antidepresivos son muchas veces una confirmación más concreta y tangible de eso. Es importante ver de dónde sale la necesidad de esa validación y la potencia que puede tener. Porque es cierto que hay un montón de cosas que nos hacen mal que no podemos controlar solos, que no son culpa nuestra en un sentido individual y punitivo, y la manera que tenemos disponible de decir eso hoy en día es a través del vocabulario de la psiquiatría, de la salud mental. Y hay una potencia en esto, en poder visibilizar, poder denunciar, por ejemplo, los efectos devastadores que tienen en el ánimo y la salud mental cosas como las crisis, la austeridad, la hostilidad y la atomización social. Pero también, y en esto vuelvo a lo de las tensiones, hay que tener cuidado con que el uso del vocabulario psiquiátrico no termine alojando la discusión enteramente en el terreno de la psiquiatría, porque ahí lo que es un problema público, un problema político, se convierte en jurisdicción de un saber especializado, y en cierto sentido se cierra la discusión. 

Fotos: Marcos Prati

¿Cúal es el resultado de leer a través del feminismo la psiquiatría, ya que –como explicás– ser mujer se considera como un factor de riesgo para la depresión?

Me encanta esta pregunta, porque me permite subrayar que así como el contraste entre melancolía y depresión fue la primera pista, ponerme los lentes feministas para abordar la investigación fue absolutamente crucial. Por más que no sea un libro “de feminismo”, la mirada feminista es fundamental en todo el libro, en el espíritu de la serie en la que se inscribe, Presente y Futura, que es una nueva serie dirigida por Laura Fernández Cordero en Siglo XXI, con la apuesta de que los aportes de los feminismos salgan de las estanterías especializadas en género para meterse en discusiones públicas más amplias. Este “dato” de que la depresión afecta más a mujeres que a varones fue un puntapié clave para empezar a ver la cuestión de la devaluación en el desplazamiento entre melancolía y depresión, pero también una de las vías en que se produce esa devaluación, que tiene que ver con lo que llamo la interiorización de los malestares, el proceso de convertir problemas públicos y políticos en asuntos domésticos, trastornos radicados dentro de la psique o la biología individual. En esto, los aportes de la tradición feminista son muy ricos, tanto por el lado de lo político, y pienso sobre todo en las discusiones feministas sobre la esfera pública y la politización del malestar, como por el lado de la epistemología feminista y los estudios feministas de la ciencia, que fueron valiosísimos para abordar los supuestos de la psiquiatría y las historias de los antidepresivos. Es decir, lo que quiero subrayar es que el resultado de traer el feminismo a la discusión sobre la psiquiatría y la depresión no es un resultado que valga solo para las mujeres, sino que las herramientas del feminismo son cruciales para las discusiones públicas más amplias que me parece importante dar en este terreno. 

En el mismo sentido, ¿cómo aplica la frase “lo personal es político” en el campo de las patologías mentales?

Esta consigna es súper rica, súper importante, pero también muy compleja y ambigua, porque lo que vemos es que también resulta fácil de cooptar, de tergiversar o falsear, por el lado del mercado y por el lado de una especie de reversibilidad banalizadora de lo político en relato personal. Pero creo que hay que insistir en esta historia de lucha, con todas sus complejidades. La consigna de que lo personal es político sigue teniendo mucho para dar, también en el terreno de los malestares y los trastornos. Es difícil saber qué quiere decir “politizar el dolor”, que podría ser una lectura inmediata de la consigna en este campo. Parecería implicar cosas como reconocer las raíces sociales de los malestares, por ejemplo, o convertir los malestares en indignación y protesta, salir de la cama y la depresión a la calle, a la manifestación, por ejemplo, pero esas son traducciones demasiado directas, reductivas, que por momentos incluso hacen daño. ¿Qué pasa con la parte de dolor que no venga de lo social? No podemos negar que existe. ¿Y qué pasa si no puedo, realmente, salir de la cama para ir a luchar? ¿Qué pasa de hecho si esa presión de que tengo que convertir mi depresión en algo más productivo políticamente es lo que me hunde más en la depresión? Porque aparte, ¿sabemos qué sería una acción productiva políticamente hoy, realmente, si nos sinceramos con nosotres mismes? Hay algo de cierto en ambas lecturas, por supuesto, y es importante hacer el trabajo de visibilizar las tramas sociales y políticas de los malestares que se perciben como personales, y es importante ver cómo se pasa de lo individual a lo colectivo y a la acción. Pero lo que quiero decir es que también es importante tener la paciencia de escuchar lo que tiene de específico esa aplicación de la consigna al campo de los dolores y lo patológico, porque son complejidades y tensiones que son parte de la experiencia contemporánea más amplia. Como dice Ann Cvetkovich, las formas conocidas de activar no parecen estar funcionando ni para cambiar el mundo ni para hacernos sentir mejor. Politizar el malestar, ver de qué manera es político el malestar aparentemente personal, también implica enfrentarse a estas dificultades, enfrentarse a lo incómodo de un dolor que no se va fácilmente, y cómo seguir haciendo cosas con eso.  

Por último, después de toda la investigación, ¿cuál dirías que es la potencia política de la depresión?

Lo primero que diría es que es una pregunta abierta. Lo que más me importaba hacer con la investigación y con el libro era justamente llamar a una discusión más amplia, más interdisciplinaria, más abierta y más pública. Está por verse qué podemos llegar a hacer con nuestros malestares. Pero si tengo que decir cuál es para mí esa potencia, qué me llevo yo, o qué me repito yo medio como mantra cuando me desoriento o me agobio, es que la depresión puede hablarnos de lo mucho que nos importan las cosas que nos rodean. Nos habla con su lengua confusa, oscura, dolorosa, no lo dice de forma directa y literal, pero sí, innegablemente, por mucho que duela, con mucha fuerza.

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