Gonzalo Giles: «Si tu voz aparece solo cuando otro la filtra, no es inclusión, es ventriloquía emocional»

👨‍🦼 En el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, El Grito del Sur decidió hablar con el Gonzalo Giles sobre su trayectoria, los derechos negados a las personas con discapacidad y la ausencia de políticas públicas.
03/12/2025

A los docentes que me subestimaron, a los médicos que me trataron como un diagnóstico, y a los idiotas con poder que creen que los problemas de las personas con discapacidad se solucionan con una rampa. Gracias. Sin ustedes, este libro no tendría bronca ni propósito. Y sin propósito, yo sería contador”, agradece Gonzalo Giles al comienzo de su libro Error 408.

Gonzalo Giles vivió casi toda su vida en Dolores (provincia de Buenos Aires), pero ahora hace giras internacionales presentando sus libros y militando por los derechos de las personas con discapacidad. Tiene 27 años. Es escritor, comunicador y activista. Fue el primer conductor radial no hablante del mundo y hoy brinda charlas, espectáculos y asesorías sobre la comunicación aumentativa y el modelo social de la discapacidad.

Autor de libros como Totalmente Gonzalo, El cuerpo que me prestaron y Error 408: Normalidad no encontrada, Giles combina el humor, la crítica social y la ternura para contar lo que pocos se animan. ¿Se puede escribir sin hablar? ¿Son los cuerpos de las personas con discapacidad sujetos descartables? ¿Son niños eternos? ¿Tienen sexualidad? ¿Pueden ser independientes? Error 408: Normalidad no encontrada, es un libro que no habla sobre “superación”, “angelitos” ni “inclusión escolar”. Habla de discapacidad desde adentro, de ser mudo con TDA, desde la ironía, el cuerpo, la ternura y la rabia. Desde donde duele y desde donde incomoda. “¿Pensabas que ya era suficiente con ser mudo, peronista y de Tigre? No, capo, todavía te faltaba esta carta especial!”, explica sobre su diagnóstico de trastorno de déficit de atención.

Error 408 es un recorrido por verdades incómodas: la lástima, la falta de oportunidades, el capacitismo, la infantilización, el prejuicio médico, la sexualidad silenciada y los discursos inspiracionales que aplastan derechos. No hay corrección política, hay verdad. No hay dramatismo, hay historias reales. “Porque ser mudo es como haber nacido con un micrófono apagado en un mundo que grita”, asegura en su libro.

En el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, El Grito del Sur decidió hablar con Gonzalo sobre su trayectoria, los derechos negados a las personas con discapacidad y la ausencia de políticas públicas. “El problema no es ser mudo. El problema es que la gente no sabe estar con alguien que se comunica diferente”, explica en Error 408.

¿Cuándo, cómo y por qué comenzaste a escribir?

Empecé a escribir en serio cuando entendí que no quería ser solo un tipo que cuenta anécdotas lindas en los asados, sino alguien que arma un mundo propio con palabras. Mi carrera de escritor empezó bastante antes de que yo me animara a llamarla “carrera”. Empezó en Dolores, escribiendo historias para mí, para algún amigo distraído, para internet, para nadie en particular. Después vinieron los cuentos, los primeros textos publicados, ese vértigo hermoso de descubrir que había gente que se emocionaba con algo que yo había tecleado medio dormido.

Pero el quiebre fue cuando dejé de escribir para sobrevivir y empecé a escribir para existir. Cuando me di cuenta de que podía transformar mi vida —y la conversación sobre discapacidad— en literatura sin pedir permiso. Ahí apareció mi oficio, mi estilo, mi línea editorial personal: ironía, honestidad y un poquito de caos emocional bien administrado.

Escribo porque no me sale no hacerlo. Porque es mi manera de agarrar el mundo, mirarlo fijo y decirle: “así no, mirá bien”.

¿Cómo surge la idea del libro Error 408? ¿Por qué elegiste ese registro entre irónico e intimista?

Error 408 nació cuando me di cuenta de que la conversación sobre discapacidad estaba llena de palabras huecas, de campañas cursis y de relatos que no se animaban a nombrar lo incómodo. Yo venía escribiendo textos sueltos, reflexiones, anécdotas, pequeñas batallas cotidianas… y empecé a notar que todo tenía un hilo en común: la búsqueda de sentido en un mundo que a veces nos trata como error de sistema. Ahí apareció el título: el famoso request timeout. Ese momento en el que la página no carga, el mundo te exige una respuesta y vos necesitás un segundo más para existir.

El tono irónico-intimista salió solo, porque es lo único que me sale honesto. La ironía me permite decir verdades duras sin transformarlas en sermón; la intimidad, en cambio, me obliga a escribir sin caretas, mostrando lo que duele, lo que pienso y lo que me contradice.

El libro surge de ahí: de querer contar mi vida sin maquillaje, pero con humor. Porque si no me río, me pudro. Y si no soy sincero, no tiene sentido escribir.

Actualmente estás llevando adelante una gira nacional. ¿Cómo es la recepción del público?

La recepción del público en la gira nacional es una mezcla hermosa entre sorpresa, ternura bien ubicada y un “che, qué necesario era esto”. La gente llega pensando que va a encontrarse con un escritor “serio”, o con un tipo que viene a dar una charla solemne sobre discapacidad, y se termina encontrando conmigo: un mudo con humor ácido, anécdotas de microdiscriminaciones, y una biblioteca entera de textos que te hacen reír y doler al mismo tiempo.

En cada ciudad pasa lo mismo: primero la risa tímida, después la risa fuerte, y finalmente ese silencio que aparece cuando entienden que no estoy contando historias para victimizarme ni para inspirar a nadie, sino para incomodar un poco y abrir conversaciones que casi nadie abre.

Me sorprende la cantidad de gente que se acerca después, llorando o riéndose, o las dos cosas juntas, para contarme sus historias. Familias, docentes, pibes, abuelos. Y siempre me dicen lo mismo: “gracias por decir lo que nadie dice”. Esa es la magia de la gira: descubrir que mis palabras encuentran casa en lugares que yo ni imaginaba.

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Hablás de tu novia y de que la gente no puede creer que estés con una persona sin discapacidad. ¿Qué pasa con la sexualidad de las personas con discapacidad?

Pasa algo bastante ridículo: la sociedad cree que somos o angelitos sin deseo, o criaturas frágiles a las que hay que proteger de cualquier cosa que parezca placer. Y cuando aparecemos con novia, con pareja, con vínculo, enseguida miran a la otra persona como si estuviera haciendo una obra de caridad. Me pasa todo el tiempo: “¿en serio estás con alguien sin discapacidad?”. Como si fuera un sorteo, un milagro o un experimento social.

La sexualidad de las personas con discapacidad existe, y mucho más de lo que la sociedad se anima a asumir. Hay deseo, decisiones, límites, búsquedas, parejas, vínculos reales. Lo que pasa es que estamos atrapados entre dos prejuicios gigantes: la infantilización —que nos deja eternamente en “modo nene”— y la mirada morbosa —que trata el deseo como algo extraño, casi exótico.

La sexualidad empieza en poder decidir. En tener autonomía para elegir quién te gusta, qué querés, qué no querés, cómo y cuándo.

No somos seres asexuados ni “milagros románticos”. Somos personas. El resto es prejuicio con envoltorio amable.

“Con buenas intenciones también se discrimina, se infantiliza, se hacen campañas horribles y se elige al mudo para que entregue el micrófono”, decís en el libro. ¿Quiénes son los que “con buena intención” toman la palabra por las personas con discapacidad?

Son esos que te hablan bajito, como si fueras de porcelana. Los que creen que están ayudando, pero en nombre de la ayuda te tapan, te traducen, te editan. Son los que dicen “yo te explico por él”, “yo sé lo que necesita”, “yo cuento su historia porque él no puede”. Y ahí empieza el problema: nadie les pidió hacerlo.

Son directivos de instituciones, funcionarios, docentes, comunicadores, familiares, militantes del “pobrecito” y del “angelito especial”. Personas que creen que la inclusión es un acto de bondad y no un derecho. Organizan campañas tiernas, hacen videos lacrimógenos, eligen al mudo para entregar el micrófono —literal— y se aplauden entre ellos como si la discapacidad fuera un espectáculo de beneficencia.

El paternalismo es eso: gente que te quiere mucho, pero mal. Que confunde proteger con silenciar y ayudar con decidir por vos. El problema no es la intención. El problema es el resultado: si tu voz aparece solo cuando otro la filtra, no es inclusión, es ventriloquía emocional. Y ya tenemos demasiados ventrílocuos en este país.

Escribiste que la discapacidad no se resuelve con una rampa. ¿Cuáles son las medidas que se deben tomar -desde el Estado hasta la sociedad- para generar los apoyos necesarios?

Lo primero es entender que la rampa es el piso, no el techo. Es lo mínimo para no quedar afuera físicamente, pero la exclusión sigue igual si la escuela no acepta a tu comunicador, si en el laburo no te dan ajustes razonables, o si en el hospital no saben cómo atenderte.

El Estado tiene que garantizar apoyos reales: acceso a CAA, asistentes personales, intérpretes, formación seria para docentes y profesionales de la salud, transporte accesible, turnos médicos que no te hagan peregrinar meses, políticas laborales que entiendan que algunos vamos a necesitar pausas, tiempos extendidos o adaptaciones. Y todo eso —aunque parezca una obviedad— con presupuesto. Sin plata, los derechos son un PowerPoint precioso.

La sociedad también tiene tarea: dejar de mirar la discapacidad como tragedia o inspiración. Empezar a escuchar, a preguntar, a correrse del paternalismo. Entender que pedir un apoyo no es pedir un privilegio.

La discapacidad no se resuelve con una rampa. Se resuelve construyendo un país donde nadie necesite heroísmo para vivir un día normal.

Hablás del “modelo social” para pensar la discapacidad y cómo pasa de ser una tragedia individual a un problema colectivo. ¿Podrías explicarme un poco más?

El modelo social es, básicamente, la revolución más silenciosa y más necesaria en la conversación sobre discapacidad. Cambia la pregunta. Antes todo era: “¿qué te pasa a vos?”. Ahí la discapacidad era un drama personal, una falla, una tragedia que había que aceptar con valentía o llorar en silencio.

El modelo social dice otra cosa: que la discapacidad aparece cuando el entorno no se adapta. Que el problema no es que yo no hable, sino que en la escuela no me dejaron usar mi comunicador. Que no es trágico que alguien use silla de ruedas; trágico es que no haya ascensores, rampas o veredas decentes.

Desplaza la culpa del cuerpo al sistema. Y eso es enorme, porque deja de patologizar personas y empieza a revisar estructuras. Te obliga a pensar políticas públicas, accesibilidad, apoyos, cambios culturales.

No te salva de la discapacidad —nadie te vende humo acá—, pero sí te permite entender que la injusticia no está en uno, sino afuera. El modelo social no es teoría académica. Es la manera más honesta de leer el mundo sin hacerle el juego al capacitismo.

Decís que el cambio real no es la inclusión, sino dejar de construir un mundo que excluye. ¿Por dónde se puede empezar?

Se puede empezar por dejar de pensar la inclusión como un gesto de buena voluntad. La inclusión, tal como se usa hoy, es medio una estampita: “te dejo entrar si tengo ganas, si me sobra tiempo, si no molestás demasiado”. Es el mundo tal cual está, con un banquito al costado para que te sientes y agradezcas.

El cambio real aparece antes: en revisar por qué el mundo está armado para unos pocos y qué hace que siempre los mismos queden afuera. Hay que diseñar entornos que no expulsen. Escuelas donde la comunicación multimodal sea parte del equipamiento básico, no una excepción. Espacios públicos pensados para distintos cuerpos, ritmos y formas de entender. Trabajo con apoyos, no con prejuicios.

Y, sobre todo, escuchar a quienes viven la discapacidad. No a los expertos sin experiencia vivida, no a los que hablan en nuestro nombre, sino a quienes cargamos estas barreras todos los días.

Se empieza ahí: desarmando la arquitectura del privilegio.

Después, recién después, podemos hablar de inclusión sin que suene a limosna.

¿Cómo ves el panorama de las personas con discapacidad en la era Milei, pensando en el desguace de Andis y los recortes en salud?

Lo veo muy mal. Sin vueltas. El 3 de diciembre llega con actos simbólicos, posteos institucionales y sonrisas para la foto, pero mientras tanto miles de personas están viviendo un ajuste que les desarma la vida. La ANDIS  vaciada, mientras se descubren escándalos de corrupción. Prestaciones que directamente no se pagan. Familias endeudadas para sostener terapias que deberían estar garantizadas. Profesionales agotados. Y un Estado que se corre justo donde más hace falta.

La narrativa oficial habla de libertad, pero la realidad es que sin apoyos no hay libertad posible. No podés estudiar, trabajar, comunicarte, trasladarte o vivir con dignidad si los recursos que te corresponden por derecho desaparecen en nombre del “orden fiscal”. Eso no es eficiencia: es abandono.

Ser una persona con discapacidad hoy en Argentina significa vivir con incertidumbre permanente, inventando soluciones que no deberían depender ni de la buena voluntad ni del esfuerzo individual.

El panorama es duro, injusto, preocupante. Pero también estamos más organizados, más atentos y dispuestos a no aceptar que nos traten como variable de ajuste. No queremos caridad. Queremos derechos.

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