De Curazao a Uzbekistán: los países más bizarros que van al Mundial

⚽ El nuevo formato del Mundial da para todo: Uzbekistán, Jordania, Cabo Verde, Curazao, Haití y Panamá. Y podrían sumarse, vía repechaje, Macedonia del Norte, Nueva Caledonia, República Democrática del Congo y Surinam. Y hasta la provincia serbia de Kosovo.
01/12/2025

El Mundial 2026 en Estados Unidos, México y Canadá será el más grande de la historia: 48 selecciones, 12 grupos, tres países sede y un mapa futbolero mucho más diverso que en cualquier edición anterior. La expansión de plazas abrió la puerta a selecciones que hasta hace poco parecían condenadas a mirar la Copa por TV. Y, de paso, llevó al escenario global a países pequeños, periféricos o directamente atravesados por crisis políticas profundas.

Entre los ya clasificados hay seis nombres que llaman la atención, ya sea por su tamaño, su historia o su situación política: Uzbekistán, Jordania, Cabo Verde, Curazao, Haití y Panamá. A ellos podrían sumarse, vía repechaje europeo e intercontinental, otros invitados “exóticos”: Macedonia del Norte, Nueva Caledonia, República Democrática del Congo y Surinam. Y hasta la provincia serbia de Kosovo.

El sorteo del Mundial, previsto para el viernes 5 de diciembre en Washington D. C., los mezclará en los bombos con gigantes como Brasil, Argentina, Francia o Alemania. Pero detrás de cada camiseta “rara” hay algo más que todo color de rosas: hay autoritarismos que buscan lavarse la cara, democracias pequeñas que reclaman visibilidad, territorios en disputa y países en guerra que, aun así, mandan un equipo a jugar el Mundial.

Uzbekistán: el debutante autoritario

Uzbekistán fue durante décadas uno de los regímenes más cerrados de Asia Central, heredero directo del autoritarismo soviético. Desde la llegada de Shavkat Mirziyoyev a la presidencia, el país emprendió un programa de reformas económicas y administrativas que busca atraer inversión y mejorar la imagen internacional, bajo la etiqueta de un “Nuevo Uzbekistán” para 2022-2026. Los analistas coinciden en que, pese a cierta liberalización, el sistema sigue siendo autoritario: se moderniza la economía, se flexibiliza algo la vida cotidiana, pero el control político permanece firme. En ese contexto, la primera clasificación mundialista de Uzbekistán funciona como una herramienta de “soft power”: el país ya no aparece solo asociado a prisiones y represión, sino también a jóvenes futbolistas celebrando su lugar en la élite. Para un gobierno que quiere venderse como modernizador y “abierto al mundo”, entrar a un Mundial es publicidad gratuita de la mejor calidad.

Jordania: un reino rodeado de conflictos que busca buenas noticias

Jordania es una monarquía constitucional en un barrio muy complicado. Sin petróleo, con recursos limitados y rodeada de conflictos –Palestina, Israel, Siria, Irak–, el país se ha convertido en un gran receptor de refugiados. El régimen hachemita, encabezado por el rey Abdalá II, se presenta como un aliado clave de Occidente y un polo de estabilidad en medio del caos regional. A la vez, enfrenta tensiones internas por desigualdad, desempleo y demandas de mayor apertura democrática. En ese contexto, el primer Mundial de Jordania es un guiño simbólico enorme: un pequeño reino permanentemente en modo “gestión de crisis” que se cuela en la fiesta global. También pone en escena a un país que suele aparecer en las noticias por la guerra de los otros y no por méritos propios.

Cabo Verde: la pequeña democracia modelo de África

Cabo Verde, archipiélago de algo más de medio millón de habitantes en el Atlántico, es uno de los casos más elogiados por los índices de calidad democrática en África: sistema multipartidista, alternancia en el poder y niveles relativamente altos de respeto por derechos y Estado de derecho. Su economía depende de la diáspora, el turismo y algunos servicios, con vulnerabilidades claras frente al cambio climático y la volatilidad global. Es un país pequeño, sin peso geopolítico, pero con una imagen de “buena democracia periférica”. Clasificar por primera vez a un Mundial le da un altavoz que sus dimensiones nunca le permitirían en otros foros. Si a menudo se lo cita en informes especializados como “caso de estudio” democrático, ahora tendrá 90 minutos en horario estelar para mostrarse a un público que jamás leyó nada sobre Cabo Verde, pero sí va a mirar sus partidos del Mundial.

Curazao: la colonia holandesa que rompió el récord

Curazao es un pequeño territorio caribeño de unos 150.000 habitantes, colonia del Reino de los Países Bajos: si bien gestiona su gobierno local, delega defensa y política exterior en el país europeo. Su economía se apoya en el turismo, los servicios financieros y una larga historia como enclave colonial neerlandés. En el plano futbolístico, la isla acaba de hacer historia: Curazao se clasificó por primera vez y se convirtió en la nación más pequeña que jamás haya llegado a un Mundial, tanto por población como por superficie, desbancando el récord que tenía Islandia desde 2018. Hay ahí un doble juego político: por un lado, una ex colonia que aprovecha el escenario para reafirmar una identidad propia, diferenciada de Holanda; por otro, un Reino que puede exhibir diversidad y éxito deportivo en sus territorios de ultramar. Cada gol de Curazao será, a la vez, un gol de la isla y una pequeña pieza más del rompecabezas post colonial neerlandés.

Haití: país en guerra, selección al Mundial

Si hay un caso donde la tensión entre fútbol y política es brutal, es Haití. El país vive una crisis de gobernabilidad extrema: una capital en gran parte controlada por pandillas armadas, un Consejo Presidencial de transición que intenta organizar elecciones para 2026 y un despliegue internacional encabezado por Kenia para intentar recuperar el control del territorio. Los indicadores hablan de miles de muertos, desplazamiento masivo y un Estado prácticamente colapsado. En ese contexto, la segunda clasificación mundialista de Haití (la primera desde Alemania 1974) es casi un acto de resistencia cultural. Mientras la comunidad internacional discute cómo restaurar mínimamente el orden, el país vuelve a aparecer en la agenda global por otra cosa que no es un terremoto, una epidemia o una masacre. El contraste será inevitable: una selección que se planta a cantar el himno mientras, a miles de kilómetros, su capital sigue bajo fuego.

Panamá: canal, papeles y revancha futbolística

Panamá repite participación tras su debut en Rusia 2018. Es una democracia joven, marcada por la invasión estadounidense de 1989 y por la centralidad geopolítica del Canal de Panamá. A ello se suman los escándalos de los “Panama Papers” y una larga discusión sobre corrupción y transparencia, que revelan las debilidades de sus instituciones. En los últimos años, además, creció el debate sobre la influencia del capital chino en el país y los riesgos de que ese dinero erosione aún más el control democrático. En ese marco, el fútbol funciona como una vitrina alternativa: Panamá vuelve al Mundial, ahora con un plantel más maduro y la experiencia de haber sido goleado por Inglaterra y compañía en 2018. Para un país cuya imagen global suele asociarse a cuentas opacas y a buques que cruzan de océano a océano, un buen papel en 2026 puede contribuir a reequilibrar el relato.

Los posibles “clasificados raros” del repechaje

Más allá de los 42 ya clasificados, el Mundial 2026 todavía tiene seis plazas pendientes de definición: cuatro vía repechaje europeo y dos a través del repechaje intercontinental, donde ya están anotados Irak, la República Democrática del Congo, Surinam, Jamaica, Bolivia y Nueva Caledonia. Desde la mirada política, varios de ellos son particularmente interesantes.

Irlanda del Norte es parte del Reino Unido y arrastra la memoria reciente de los Troubles y del Acuerdo de Viernes Santo, que montó un esquema de poder compartido entre unionistas y nacionalistas. El Brexit volvió a poner sobre la mesa la cuestión de la frontera con la República de Irlanda y la pertenencia al Reino Unido. Ver a Irlanda del Norte en un Mundial sería ver en la cancha a un territorio donde la identidad nacional sigue siendo una disputa viva.

La Provincia de Kosovo condensa el conflicto de la balcanización en tiempo presente: declaró su independencia en 2008, apoyado unilateralmente por la OTAN y la Unión Europea. Un eventual Mundial con Kosovo en el césped y Serbia en la tribuna condensaría, en 90 minutos, años de tensiones políticas y diplomáticas.

Macedonia del Norte es un caso casi de manual sobre cómo la política exterior puede moldear la identidad nacional: cambió de nombre en 2019 para resolver un larguísimo conflicto con Grecia y destrabar su ingreso a la OTAN y, eventualmente, a la UE. Un Mundial sería otro paso en ese camino de reconocimiento, pero también una forma de fijar en la cultura popular mundial el nuevo nombre de un país que durante años fue, literalmente, una disputa semántica.

Nueva Caledonia trae al Mundial la pregunta colonial en versión Pacífico: es un territorio francés y con un proceso de autodeterminación que ya tuvo tres referendos, todos con triunfo del “no” a la independencia, pero con un voto independentista fuerte entre la población kanak. Que una selección de Nueva Caledonia pegue el salto como representante de Oceanía implicaría ver en el torneo a un territorio que aún discute si quiere o no seguir siendo francés.

La República Democrática del Congo pondría en escena el contraste más duro: llega al repechaje intercontinental con el telón de fondo de un conflicto armado devastador en el este del país, con choques entre el gobierno y el movimiento rebelde M23, acusaciones de intervención de Ruanda y una crisis humanitaria con millones de desplazados. Un eventual Mundial con la RD del Congo en cancha haría imposible separar lo deportivo del drama humanitario.

Surinam, por su parte, sumaría otra pieza al rompecabezas post colonial neerlandés: ex colonia holandesa, con una economía muy vinculada a recursos naturales y una intensa mezcla étnica y lingüística donde el neerlandés sigue siendo lengua oficial. Si logra clasificarse, compartiría escenario con Curazao, otro fragmento del viejo imperio colonial, ahora reivindicados en clave futbolera y bajo la lupa global de la FIFA.

Un Mundial que dibuja un mapa político en movimiento

La tentación con estos países es contar la historia fácil del “equipo simpático”, el underdog, el más débil, al que todos apoyan cuando juega contra un gigante mientras no sea tu país. Pero el Mundial 2026, con su lista ampliada y sus nuevas geografías, ofrece algo más interesante: un mapa político en movimiento. Curazao y Surinam recuerdan que los imperios coloniales no desaparecieron, sino que se reconfiguraron; Cabo Verde muestra que hay democracias pequeñas y estables lejos de los focos; Uzbekistán ilustra cómo un autoritarismo puede modernizar su fachada mientras mantiene el control; Haití y la República Democrática del Congo exponen la obscenidad de jugar al fútbol en países que, en paralelo, atraviesan guerras y colapsos institucionales; e Irlanda, Irlanda del Norte, Kosovo, Macedonia del Norte y Nueva Caledonia ponen sobre la mesa los dilemas de soberanía, fronteras y pertenencias múltiples en el siglo XXI.

Cuando el árbitro marque el inicio del Mundial 2026, no solo comenzará un torneo: se encenderá un escenario gigantesco donde estos países pequeños, “raros” o periféricos podrán decirle al mundo quiénes son, qué los hiere y qué sueñan ser. Y, en ese sentido, el fútbol no será la escapatoria de la política, sino su espejo más global y sentimental.

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