Con “La Virgen de la Tosquera”, estrenada en la competencia internacional de Sundance 2025, Laura Casabé (Los que vuelven y La hora marcada) lleva por primera vez los relatos de Mariana Enriquez -reconocida escritora, periodista y cuentista- a la pantalla grande. Inspirada en cuentos como “La virgen de la tosquera” y “El carrito”, publicados dentro del exitoso volumen “Los peligros de fumar en la cama”, Casabé explora el terror y lo fantástico, lo sobrenatural estampado en vidas mediocres y mundanas.
“La adaptación fue, ante todo, un gesto de escucha. Los cuentos de Mariana no funcionan como relatos ¨argumentales¨ clásicos, sino como climas, como zonas de inquietud. Desde el comienzo entendí que no se trataba de trasladarlos literalmente, sino de dejar que el cine encontrara su propia forma dentro de ese universo. Con Mariana hubo diálogo desde el inicio: compartimos versiones de guión, hablamos mucho del tono, de lo que estaba en juego emocional y políticamente. Ella fue muy generosa y respetuosa del proceso cinematográfico, y eso fue clave para animarnos a tomar decisiones propias”, explica Casabé.
La trama se desarrolla en plena crisis del año 2001 entre carritos de cartoneros, llamadas a Susana Giménez y la aparición de los primeros chats como el ICQ. En ese contexto, Natalia (Dolores Oliverio), una adolescente abandonada por sus padres que vive junto a su detestable abuela Rita en el conurbano, desarrolla su sexualidad. A medida que se sucede el film, Natalia -acompañada de sus dos mejores amigas, Mariela y Josefina- intenta tener su primera vez, explorar el mundo del trabajo sexual masculino, sobrevivir a un contexto social dramático y enamorar a Diego (Agustín Sosa), su amigo de toda la vida y el chico que le gusta.

Sin embargo, la llegada de Silvia (Fernanda Echevarría), una joven adulta que seduce a Diego e introduce a Natalia y a sus amigas en el mundo de la droga y los boliches, altera la tranquilidad de un conurbano caluroso, apesadumbrado y agobiante. Un telón de fondo carcomido por la mediocridad, la falta de posibilidades a futuro y las ganas de explorar el deseo, muestra cómo las crisis económicas pueden influir en la subjetividad, forjando la realidad de una generación y su pasaje a la adultez. Cuatro chicos que, frente a la incertidumbre social, responden con excesos, intensidad y violencia. “El 2001 no es solo un contexto histórico: es un estado emocional. Es un momento donde lo social, lo económico y lo íntimo estaban completamente desbordados. Esa sensación de intemperie, de violencia latente, de reglas que se rompen, dialoga directamente con el universo de los cuentos y con el recorrido de los personajes. La crisis no es decorado: es parte del terror”, cuenta la directora.

El clima de tensión y celos se va acrecentando, filtrándose entre las rendijas de la trama de manera casi invisible hasta llegar a un final salvaje. Cuerpos en desarrollo, despertar sexual, amistades deseantes y peleas se imprimen en el sudor de las pieles sedientas y acaloradas que capta la fotografía de Diego Tenorio. En ese sentido, la cineasta aclara que su búsqueda era explorar la sexualidad en la adolescencia no desde la mirada adulta que juzga o explica, sino desde la vivencia propia. “El deseo aparece como algo confuso, contradictorio, incluso peligroso, pero también como una fuerza vital. No queríamos romantizar ni castigar esa exploración, sino acompañarla”.
El terror que se genera es totalmente opuesto al de zombies y fantasmas. Sin embargo, no pierde la capacidad de atacar las fibras sensibles del espectador, en estado de alerta de comienzo al fin. Así, la directora logra nutrirse del estilo cotidiano del terror elaborado por Enriquez y llevarlo al set. “El terror explícito suele agotarse rápido; en cambio, la sugerencia, el fuera de campo, el sonido, generan una incomodidad más profunda. En ese sentido, el cine dialoga muy bien con la literatura de Mariana. La tensión no está solo en lo que pasa, sino en lo que parece que puede pasar en cualquier momento. El sonido, el montaje y la actuación contenida fueron fundamentales para sostener esa sensación de amenaza constante”.

Ante la angustia de perder el amor de Diego, Natalia recurre a la ayuda de su abuela, quien la introduce en el reino de los hechizos y la magia negra para separar a la pareja. Allí aparecen los credos populares como respuestas desesperadas frente al abandono y la falta de horizonte. Los santos y los gualichos tiñen la trama de la película. “Son formas de intentar recuperar algún tipo de control sobre lo incontrolable. La Virgen de la Tosquera, en particular, funciona como una figura ambigua: protectora y perturbadora a la vez. No hay fe pura ni magia redentora, sino prácticas atravesadas por la necesidad”, argumenta Casabé.
La película se estrenará en los cines argentinos el próximo 15 de enero con guión de Benjamín Naishtat y como resultado de una coproducción entre Argentina, México y España. “Trabajé el guión pensando ya en el encuadre, en el fuera de campo, en los silencios. La dirección vino a profundizar eso: a veces quitando información, a veces desplazando el foco”, cuenta Laura y hace énfasis en que le interesa mucho que no esté todo dicho, que haya zonas opacas que el espectador tenga que habitar.
El largometraje ya acumula galardones, como el premio a la Mejor Fotografía en el Festival de Sitges 2025 y cuatro premios en el BAFICI 26, entre ellos el Gran Premio del Jurado. Por parte de la crítica, Letterboxd la incluyó en la lista de las “Top 25 Highest Rated Horror Films of 2025 (so far)” y The Hollywood Reporter la seleccionó dentro de “Las 10 mejores películas en español de 2025”.

La película tiene un trabajo minucioso con el que se construye la atmósfera densa de un conurbano desmoronándose -que por momentos recuerda al costumbrismo de las películas de Lucrecia Martel-, pero también un manejo de la violencia que no es inocente ni inocuo, como se puede ver en escenas como la que retrata el asesinato de un cartonero. “Esa escena condensa muchas capas de violencia: la social, la simbólica y la literal. No queríamos espectacularizarla ni convertirla en un golpe de efecto. Está ahí casi como un rumor, como algo que irrumpe y deja marca. Me interesaba que el horror no viniera sólo de lo sobrenatural, sino de aquello que como sociedad preferimos no mirar”.

Con una estructura fragmentaria, Laura cuenta que tomó de la literatura el punto de vista, la ambigüedad, la importancia de lo no dicho. También la idea de que el terror no siempre tiene una explicación clara. “Me influyeron cineastas que trabajan el terror desde lo atmosférico y lo político, y películas que entienden la adaptación como una traducción libre, no como una ilustración. Para mí, adaptar es dialogar con un texto, no reproducirlo. Intenté que la película conserve esa sensación de lectura incómoda, donde algo se desliza y no termina de cerrarse. El punto de vista, la ambigüedad, la importancia de lo no dicho”. En un contexto de merecida ansiedad, las y los lectores de Enriquez esperan su llegada a las salas.








