El sionismo como proyecto no se agota en Palestina

🇮🇱 Benjamin Netanyahu ve a África como un laboratorio donde probar y comercializar las mismas tecnologías y lógicas represivas desarrolladas en Gaza y Cisjordania.
16/03/2026

«Herzl dijo: ‘Después de que liberemos la Tierra de Israel, nos ocuparemos de liberar África’» — Benjamín Netanyahu, Uganda, 2016.

Cuando el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu pronunció estas palabras durante la Cumbre de la Comunidad de África Oriental en Uganda, muchos analistas lo interpretaron como una anécdota histórica con fines diplomáticos. Sin embargo, no hablaba en código poético. Hablaba con la claridad de quien despliega una estrategia global. Lo que parecía una referencia histórica resultó ser una declaración de principios expansionistas: el sionismo como proyecto no se agota en Palestina. África es su “fase dos”.

Lo que Netanyahu planteó no fue una oferta de cooperación entre iguales, sino una reafirmación del proyecto sionista en clave global. No era Palestina únicamente: también África estaba inscrita en los mapas ideológicos de “liberación” del sionismo moderno.

En política, las palabras importan. Y más aún, las palabras pronunciadas en el corazón de África por el líder de un Estado que ha perfeccionado, modernizado y exportado técnicas de ocupación y control desde Palestina hasta el Sahel.

El regreso del “periphery doctrine”: África como campo de batalla

Según medios como +972 Magazine, este tipo de declaraciones deben leerse a la luz de la llamada “doctrina del periphery”: una estrategia israelí de aliarse con países no árabes o no alineados para romper el aislamiento diplomático causado por sus operaciones en Palestina. En lugar de enfrentar su historial de genocidio y de violaciones al derecho internacional, Israel diversifica sus vínculos estratégicos en África y América Latina, comprando silencio político a cambio de tecnología militar, entrenamiento policial y herramientas de vigilancia.

Un ejemplo alarmante: el software espía Pegasus, usado para rastrear activistas y opositores, ha sido ofrecido a gobiernos africanos bajo la retórica de “cooperación en seguridad”. Tal como denuncia The Electronic Intifada, Israel no exporta seguridad: exporta métodos de ocupación. Pegasus ha sido comercializado en países africanos —incluyendo regímenes autoritarios— para vigilar periodistas, activistas y opositores. 

África, así, se convierte en laboratorio y mercado. La represión aplicada en Cisjordania es probada, refinada y vendida a gobiernos del Sur Global con escasa rendición de cuentas.

África no es laboratorio de represión

Desde Black Agenda Report hasta Middle East Eye, la advertencia es clara: Netanyahu ve a África como un laboratorio donde probar y comercializar las mismas tecnologías y lógicas represivas desarrolladas en Gaza y Cisjordania. Empresas israelíes entrenan fuerzas policiales en Ruanda, Nigeria y Kenya con tácticas de contrainsurgencia, las mismas que han mantenido durante décadas una ocupación militar brutal en Palestina.

Como señala el documental de Al Jazeera “Israel’s Shadow War in Africa”, este modelo se reproduce sin escrúpulos: alianzas con gobiernos militares (como Sudán), normalización de relaciones a cambio de acceso a armas, minería y software, y presencia creciente de empresas israelíes vinculadas a violaciones de derechos humanos en sus propios territorios.

Por otro lado, la empresa israelí Mekorot —acusada de desviar recursos hídricos en Palestina— ha operado en Namibia y otros países, aplicando la misma lógica de privatización del agua en territorios africanos.

El BDS Movement ha documentado decenas de vínculos entre corporaciones israelíes y proyectos extractivistas en África. Su consigna no es ideológica, es factual: “El sionismo es un proyecto de desposesión global”, desde la ocupación de tierras palestinas hasta la entrada en minas de coltán en Congo.

Israel en la Unión Africana: ¿un observador o una grieta?

La incorporación de Israel como miembro observador de la Unión Africana (UA) en 2021 marcó un giro alarmante. Para muchos países, como Sudáfrica, Argelia o Nigeria, este paso fue una traición al espíritu panafricanista que dio origen a la organización. Pero más que una traición simbólica, es una amenaza concreta a la soberanía y cohesión continental.

El ingreso de Israel ha generado tensiones internas en la UA, debilitando su posición común en defensa de los derechos palestinos. Su presencia impone un juego de realpolitik en el que las alianzas económicas pesan más que los principios de autodeterminación, descolonización y justicia.

La sola presencia de Israel como observador es una forma de intimidación diplomática, diseñada para contener la crítica y captar aliados en un continente históricamente solidario con Palestina. Pero también expone una división peligrosa: entre Estados africanos dispuestos a ceder soberanía a cambio de tecnología, y aquellos que aún creen en una agenda anticolonial coherente.

República Dominicana: el aprendiz caribeño de Israel en materia de limpieza étnica

Este patrón no se limita al continente africano. En los últimos años, Israel ha estrechado lazos con la República Dominicana, brindando cooperación en materia de inteligencia, ciberseguridad y control fronterizo. Este apoyo se produce en el mismo contexto en que el Estado dominicano ha intensificado sus políticas de persecución, deportación ilegal y limpieza de personas dominicanas con ascendencia haitiana y/o afrodescendientes, prácticas que diversos organismos de derechos humanos han calificado como crímenes de lesa humanidad.

La lógica se repite: Israel ofrece tecnología, entrenamiento y legitimidad a cambio de apoyo diplomático, aún mejor si esto implica colaborar con gobiernos que implementan políticas de limpieza étnica o exclusión racial.

El neocolonialismo versus la liberación final

La declaración de Netanyahu en 2016 no fue un desliz. Fue la reafirmación de un viejo proyecto: la expansión del sionismo bajo nuevas formas, ya no territoriales, sino tecnológicas, diplomáticas y económicas. África, que aún carga las cicatrices del colonialismo europeo, no puede permitirse ser “liberada” por un Estado que practica un apartheid en su propio suelo.

La visión mesiánica del sionismo, como advierte la Red de Intelectuales Árabes (RIA), no es sólo teológica: es profundamente racializada. Se presenta como un proyecto “civilizador” frente a pueblos no blancos, encarnando el guión clásico del colonialismo europeo.

La frase sobre “liberar África” no fue un homenaje. Fue un programa. Lo que Herzl expresó en el siglo XIX, Netanyahu lo reactualiza en pleno siglo XXI. “Liberar” significa intervenir, controlar y reconfigurar territorios ajenos bajo lógicas de dominación.

Si los pueblos del Sur no articulan una resistencia conjunta, corremos el riesgo de ver consolidado un nuevo orden internacional: uno donde la ocupación se normaliza, la represión se comercializa y la desposesión se disfraza de cooperación.

África, América Latina y el Caribe no necesitan ser liberadas por el imperialismo occidental liderado por Estados Unidos e Israel. Lo que necesitan es soberanía, autodeterminación y ruptura con toda forma de colonialismo, antiguo o moderno.

La historia nos enseña que cuando un imperio ofrece ayuda, suele llevarla en un dron, no en una mano extendida.

¿No sería Somalilandia el primer paso de este proyecto imperialista de Israel en África?

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