Durante años, las lesbianas no pudimos nombrarnos. Los medios de comunicación, la televisión y los programas de ficción se encargaron de ocultarnos o estigmatizarnos bajo una supuesta «mala reputación»: solitarias, conflictivas, histéricas o confinadas al clóset. Así fueron —y fuimos— retratadas.
Sin embargo, las existencias lésbicas son mucho más que “mujeres que aman a otras mujeres”. Nos atraviesa la militancia y el transfeminismo; leímos a Monique Wittig y nos convertimos en fugitivas de nuestra “propia clase” (la mujer) para cuestionar un sistema que nos limita, hostiga y discrimina. Pero estas identidades no se agotan en un paradigma escrito desde Occidente que no contempla las opresiones de las lesbianas sudakas en los barrios. No es lo mismo ser una lesbiana blanca y universitaria de clase media, que ser una torta, chonga, negra y pobre del conurbano.

El pensamiento como fuga
En su libro El pensamiento heterosexual, Wittig define a la heterosexualidad no como una orientación del deseo, sino como un régimen político basado en la sumisión y la apropiación de las mujeres. Dentro de este sistema, las lesbianas eligen ser desertoras, renegociando diariamente el contrato social. Al retomar a Simone de Beauvoir y su máxima «no se nace mujer», Wittig lleva la lógica al extremo: “Las lesbianas no son mujeres”, en tanto pertenecen a un grupo que no es asimilable dentro del régimen heterosexual. Somos esclavas fugitivas de una construcción política e ideológica.
Este texto, que nos invita a inventar nuevas formas de nombrarnos, llegó formalmente al español recién en 2006, aunque a fines de los 90 ya circulaba en manos de activistas como Lesbianas a la Vista gracias a las traducciones de Alejandra Sardá. Esa circulación subterránea fue la que permitió construir la identidad como una forma de ver el mundo, deseando uno más libre y justo.

Poner el cuerpo: de la Pepa a Barracas
Nuestra memoria es un ejercicio de resistencia. Mantenemos viva la historia de la Pepa Gaitán, asesinada en 2010 por el padrastro de su novia. Exigimos la absolución de Higui por sobrevivir a una violación correctiva; marchamos por Marian Gómez, condenada por besar a su compañera, y acompañamos a Pierina Nochetti, criminalizada por preguntar en una pared: “¿Dónde está Tehuel?”.
Muchxs creen que ser lesbiana hoy es fácil, que la discriminación es cosa del pasado. Pero el lesbo-odio no cesa. El 9 de mayo de 2024, en una pensión de Barracas, Justo Fernando Barrientos atacó a sus vecinas Pamela, Roxana, Andrea y Sofía. Las prendió fuego por lesbianas. El atacante las hostigaba y amenazaba desde hacía tiempo; finalmente, arrojó un explosivo casero en su habitación. Pamela, Roxana y Andrea murieron tras días de agonía. Sofía, la única sobreviviente, hoy es sostenida por una red de activistas.
Este triple lesbicidio fue un crimen brutal que el silencio mediático intentó sepultar por tratarse de lesbianas y pobres. Como escribió la activista y escritora val flores:
“Usar lesbiana para nombrar el motivo del atentado no es hacer de este crimen un asunto de lesbianas, es hacer justicia con un nombre que fue saqueado de existencia vital. Es reparar una historia de invisibilidad, soledad y violencia. Cuatro historias no contadas. Es reconocer que la comunidad de lesbianas y lesbianes y toda la comunidad disidente sufrió una herida, una pérdida, una más, y que precisamos rituales de duelo, de justicia, de sensibilidad”.
La precariedad como forma de disciplina
No se puede hablar de visibilidad lésbica sin hablar de justicia económica. El triple lesbicidio de Barracas desnudó una realidad estructural: la expulsión de las lesbianas de sus hogares de origen y la dificultad sistemática para acceder a empleos formales o a una vivienda digna.
La precariedad no es un accidente, es un mecanismo de disciplinamiento. Cuando el Estado se retira y los discursos de odio se oficializan, las que quedan en la primera línea de la vulnerabilidad son las identidades que no cumplen con el mandato de la familia tradicional. Ser una «fuga del sistema» tiene un costo material que las redes de autogestión y las cajas de ahorro comunitario intentan paliar donde el mercado y el sector público miran para otro lado.
El 7 de marzo como bandera
El ataque en Barracas no fue un hecho aislado; es consecuencia directa de los discursos deshumanizantes que promueven el gobierno de Javier Milei y los referentes de extrema derecha, quienes estigmatizan y justifican la violencia hacia el colectivo LGTBIQ+.
La Pepa Gaitán era una torta masculina. Su «fusilamiento» —como lo llamó fabi tron— expuso los niveles de lesbofobia estructural de nuestra sociedad. Ella falleció la madrugada del 7 de marzo, y en su memoria invocamos este día como el de la Visibilidad Lésbica, reivindicando el orgullo y el goce como actos políticos.

El goce como trinchera política
Sin embargo, nuestra respuesta nunca es sólo el duelo; es, sobre todo, la invención de una vida que valga la pena ser vivida. Frente al intento de devolvernos al clóset o a la marginalidad, las lesbianas oponemos el goce y la construcción de parentescos disidentes. Armamos familias que no comparten sangre pero sí cuidados, compartimos el plato de comida, la crianza de lxs hijxs y el baile en la fiesta tortillera. Esa alegría compartida, esa «manada» que mencionamos, es lo que nos permite no solo sobrevivir, sino desear. Nuestra visibilidad hoy es un acto de insistencia: estamos aquí, nos amamos a plena luz del día y no vamos a pedir permiso para existir.
Hoy, como cada año, lesbianes, transtortas y transbianas andamos en manada. Nos sostienen las amistades tortilleras y la convicción de que nuestra identidad es una herramienta de lucha. Somos visibles para que nuestra existencia deje de ser un estigma y se convierta, definitivamente, en un horizonte de libertad.





