Una mirada desde el Sur, desde un país que también sabe lo que es ser víctima del imperialismo
Cuando un argentino escucha hablar de «intervenciones humanitarias», «defensa de la democracia» o «lucha contra las armas de destrucción masiva», algo se le remueve adentro. Porque nosotros sabemos, porque lo vivimos en carne propia, lo que significa ser víctima de las potencias que se arrogan el derecho de decidir qué países merecen soberanía y cuáles no.
Lo aprendimos en 1982, cuando la OTAN, con Gran Bretaña a la cabeza, nos enseñó que el derecho internacional se respeta solo cuando conviene a los poderosos. Lo vimos después, cuando los mismos que nos condenaban por defender nuestras Malvinas aplaudían todas y cada una de las agresiones contra los pueblos que se animaban a desafiar el orden unipolar.
Por eso, cuando analizo lo que está ocurriendo hoy en Irán, no lo hago como un analista geopolítico neutral. Lo hago desde la herida abierta de un país al que también le usurparon territorio, al que también le impusieron bloqueos y al que también intentaron doblegar con la fuerza de las armas. Hablo como latinoamericano, como alguien que sabe que el «eje del mal» no lo componen los pueblos que resisten, sino aquellos que siembran muerte y destrucción para mantener su dominio.
Guerra por otros medios: La larga campaña contra Irán
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque conjunto contra Irán. La operación, iniciada en la madrugada, no fue un ataque quirúrgico contra instalaciones militares, sino una serie de bombardeos indiscriminados que a la fecha ya lleva más de 1000 muertos. Entre las primeras víctimas, más de 100 eran niñas de una escuela primaria en Minab, provincia de Hormozgan. Mas de 100 niñas que fueron al colegio esa mañana pero que nunca volvieron a casa.
Este ataque no fue un hecho aislado. Israel y Estados Unidos llevan décadas en guerra contra Irán, combinando agresiones militares directas con una guerra híbrida que incluye sanciones unilaterales desde 1996, asesinatos selectivos y operaciones de desestabilización. Todo ello en flagrante violación del artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas, que ambas potencias han pisoteado sistemáticamente sin enfrentar jamás una condena del Consejo de Seguridad.
La campaña militar actual puede rastrearse al menos hasta enero de 2020, cuando Estados Unidos asesinó en Bagdad al general Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Soleimani era el arquitecto del «eje de resistencia», la red de aliados regionales que constituía el primer círculo de defensa de Irán: Hezbolá en el Líbano, Hamás en Palestina, Ansar Allah en Yemen, y facciones en Siria e Irak. Su asesinato fue un golpe, pero no el definitivo.
El verdadero desmantelamiento del eje vino después. El genocidio israelí en Gaza devastó a Hamás. La guerra en el Líbano, coronada con el asesinato de Hassan Nasrallah en septiembre de 2024, quebró a Hezbolá. La imposición de Ahmed al-Charaa, un ex miembro de Al Qaeda, como presidente de Siria en enero de 2025, significó la expulsión de todas las facciones pro-palestinas de ese país. Con el primer círculo de defensa roto, Israel y Estados Unidos se sintieron libres para atacar Irán directamente en junio de 2025.
Lo que sigue es un patrón que conocemos bien: se demoniza al adversario, se le imponen sanciones ilegales, se financia a su oposición, se le acusa de poseer armas que no tiene o de buscar objetivos que no persigue. En el caso de Irán, la excusa siempre ha sido el programa nuclear. Pero los hechos muestran otra cosa.
Tras el ataque de junio de 2025 contra las instalaciones de energía nuclear de Irán, Israel y Estados Unidos afirmaron que habían destruido la capacidad de Irán para fabricar armas nucleares. Si este fue el caso, ¿por qué Estados Unidos no llegó a un acuerdo con Irán y retiró las sanciones?
Después de todo, el presidente iraní Masoud Pezeshkian llegó al poder en 2024 con un programa de “reformas”, formó un gabinete que incluía a un ministro de Economía neoliberal (Ali Madanizadeh) y, por lo tanto, demostró que estaba dispuesto a hacer concesiones a instituciones controladas por Occidente, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Sin embargo, en respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel en junio de 2025, Irán puso fin a los acuerdos de inspección que había firmado con el OIEA. El FMI señaló las débiles perspectivas para Irán, pero consideró que esto se debía en gran medida a las sanciones impuestas por Estados Unidos y, desde su perspectiva, al régimen de subvenciones en Irán.
Madanizadeh logró calmar al FMI impulsando un presupuesto de austeridad. Esto generó malestar social, que se agravó cuando Estados Unidos intervino para desestabilizar el rial iraní y profundizar la crisis económica en el país.
Sectores de los bazaaris o pequeños comerciantes de Irán, la base de la República Islámica, que sintieron el impacto de la inflación, se volvieron contra el Gobierno, pero no necesariamente contra el sistema en sí. Estados Unidos e Israel, así como los medios de comunicación extranjeros, interpretaron mal la situación a propósito, proclamando erróneamente que el pueblo de Irán estaba en contra de su república. A pesar del intento del Gobierno de Pezeshkian de satisfacer las condiciones de Estados Unidos, este país e Israel presionaron para lograr un resultado maximalista poco realista, a saber, el derrocamiento de la República Islámica.
Horas antes del ataque del 28 de febrero de 2026, las negociaciones entre Irán y Estados Unidos estaban a punto de llegar a un acuerdo. El ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Sayyid Badr bin Hamad al-Busaidi, declaró que «el acuerdo de paz está a nuestro alcance» y que Irán había aceptado reducir a cero sus reservas. Es decir, Teherán estaba dispuesto a aceptar todas las exigencias occidentales sobre su programa nuclear. Y aún así, bombardearon.
Esto demuestra que el programa nuclear nunca fue el problema real para Washington y Tel Aviv. El objetivo siempre ha sido el cambio de régimen. La destrucción de la República Islámica. El sometimiento de un país que se niega a arrodillarse ante los dictados del imperio.
El presidente estadounidense, Donald Trump, busca victorias rápidas que alimenten su ego y llenen titulares. Lo intentó con el secuestro de Nicolás Maduro en enero de 2026. Lo intentó con nuevas sanciones a Cuba. Esperaba un resultado similar en Irán: eliminar al líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, o al presidente Masoud Pezeshkian, y provocar el colapso del sistema. Jamenei murió en el ataque. Pero la República Islámica no se ha derrumbado.
Y no lo hará. Porque lo que Washington no entiende es que hay casi 100 millones de iraníes, y una gran parte de ellos defenderá su patria hasta la muerte. El asesinato de Jamenei no desmoralizó a sus partidarios; más bien generó el efecto contrario, Jamenei fue elevado a la categoría de mártir y esto por ahora no ha hecho más que galvanizar no solo al pueblo iraní sino al resto de los pueblos árabes (incluso los sunnitas) en su lucha contra el invasor sionista y su aliado norteamericano.
La estrategia de Estados Unidos e Israel no tiene una salida realista. Pueden matar a miles de personas, pueden destruir infraestructura, pueden asesinar líderes. Pero no pueden quebrantar la voluntad de un pueblo que ha hecho de la resistencia una forma de vida. Como Irán ha demostrado durante más de cuatro décadas de agresiones, sanciones y hostigamiento, la dignidad de los pueblos no se negocia y la soberanía no se rinde.
Llevamos cinco días de guerra y la formidable respuesta militar iraní ha dejado asombrados a sus enemigos. La retórica de guerra aumenta en el lado occidental, o cómo algunos gustan de llamar, la coalición Epstein, pero Irán no solo resiste sino que ha asestado golpes fuertes a toda la infraestructura militar norteamericana e israelí en toda la región.
Desde el Sur, desde nuestras propias heridas coloniales, desde nuestros propios territorios usurpados, esta historia nos resulta dolorosamente familiar. No se trata de tomar partido en conflictos lejanos, sino de reconocer un patrón que se repite una y otra vez: las potencias que se arrogan el derecho de intervenir, bombardear y sancionar a quienes no se pliegan a sus designios.
Cuando las bombas caen sobre escuelas en Irán, cuando se imponen sanciones que matan de hambre, cuando se secuestran presidentes, no estamos ante defensa de la democracia ni del derecho internacional. Estamos ante la misma lógica imperial que ha marcado nuestra propia historia. Por eso, la cuestión no es estar «del lado de Irán» o de cualquier otro país, sino del lado de los pueblos que resisten la dominación, del lado del derecho internacional pisoteado, del lado de la paz que se construye con justicia y no con bombas.





