Doctor en Ciencias Sociales y rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), Germán Pinazo carga contra la deriva autocrática del Gobierno, pide más impuestos para los ricos y defiende el sistema universitario argentino. «Tenemos que radicalizar nuestro discurso para que la experiencia estatal vuelva a ser satisfactoria», señala.
Milei quiere que las universidades cierren sus puertas y, al mismo tiempo, la única herramienta de lucha que tienen los trabajadores hoy en día es el paro. ¿Cómo ves esta contradicción y qué crees que debería hacer la comunidad universitaria?
Tu pregunta está obviando a dos actores muy importantes: el Congreso y el Poder Judicial. No es casual, ya que una porción muy grande de la sociedad tiene pocas expectativas en esos dos poderes del Estado. Toda la comunidad argentina se movilizó durante dos años para conseguir una Ley de Financiamiento Universitario, tenemos una ley vigente y una medida cautelar que obliga al Ejecutivo a cumplir la ley vigente. Pero hace cuatro o cinco meses que el Gobierno no cumple la ley y hace tres meses que tampoco cumple una medida judicial. Entonces, si nosotros circunscribimos el conflicto solo a qué pueden hacer los trabajadores o autoridades de las universidades, estamos naturalizando el hecho de que el Ejecutivo se ha transformado en una especie de autocracia. Es una complicidad enorme de toda la dirigencia política, porque el Gobierno va acumulando causales de juicio político y de juicio penal en términos personales para quienes no cumplen la ley. Y el laburo de una gran parte de la dirigencia, de los comunicadores, es tratar de poner eso en evidencia. Entonces lo que está pasando con las universidades es la expresión más clara de la deriva autocrática del Gobierno. Y si la dirigencia política y los formadores de opinión se hacen los boludos, después cuando este gobierno avance en ser cada vez más autoritario, no nos sorprendamos.

¿Qué hay detrás del bagaje ideológico que sostiene la ofensiva contra las universidades? Porque hay una coherencia de la derecha a nivel regional en ese embate, desde Trump hasta Bolsonaro.
En las universidades se produce un tipo de articulación discursiva que está vinculada a la lógica y la evidencia. Tanto Trump como Milei y otros dirigentes de extrema derecha son personas que se caracterizan por decir absolutamente cualquier cosa y operar con eso. Milei puede decir un día que sacó a nueve millones de personas de la pobreza y al otro día que sacó a quince. Puede decir que la inflación fue del 17.000% anual o que él va a ser el goleador del Mundial. En Argentina, el ataque tiene que ver con la especificidad de la universidad pública. Gran parte del contexto político que hizo posible a Milei es que hemos hablado mucho del Estado, pero una parte importante de las instituciones y dispositivos estatales se volvieron insatisfactorios para gran parte de la población. Pero no sucedió así con la universidad. La universidad en Argentina es gratuita, es de acceso irrestricto y universal y es una experiencia estatal satisfactoria. Y esa legitimidad que tiene la universidad pública está en las antípodas de lo que propugna esta gente. La universidad argentina no es gratuita solo para que los dos millones de estudiantes que cursan no paguen. La universidad pública es gratuita desde 1949 porque es un recurso para tener la mayor cantidad de profesionales posibles. Es un dispositivo de producción de comunidad. Aunque nunca vayas a una universidad pública, te vas a ver beneficiado de que haya mejores ingenieras o mejores médicas que construyen un mejor país. En ese sentido, para un tipo que dice que los impuestos son un robo porque nadie tiene que esperar ninguna cosa de su vecino, la universidad pública es un especial enemigo. Sobre todo cuando esa universidad puede producir un tipo de conocimiento que le diga «capo, vos no sos doctor». Un conocimiento que ve que el tipo está parado arriba de un banquito y se maquilla la papada. La universidad pública ve la evidencia y se la pone enfrente.

Yo vengo con la idea de que estos tipos tienen capacidad de soñar futuros distópicos y de este lado nos quedamos un poco cortos de utopías. Cuando hay que pensar un horizonte, ¿qué te imaginas de la universidad? ¿Hacia dónde tendría que ir la Argentina?
Desde la universidad tenemos que pensar que Milei es posible porque hubo una experiencia estatal que se volvió insatisfactoria para una parte importante de la población. Porque es un Estado cuya recaudación impositiva recae sobre los que menos tienen. Argentina recauda menos impuestos a las ganancias que Chile y que Mozambique, es de los países que menos impuestos progresivos recauda. Tenemos que pensar cómo radicalizar nuestros discursos y nuestro programa para intentar que la experiencia estatal vuelva a ser satisfactoria. Para eso tenemos que pensar una política mucho más radical de la que estamos acostumbrados. Si algún proyecto popular vuelve al poder en Argentina, esa radicalidad va a ser casi pragmatismo elemental. Nadie puede pensar que Argentina va a volver a ser un país con dirigentes que quieran quedar bien con todo el mundo. Milei va a dejar tierra arrasada: la reforma laboral, el RIGI, la deuda, etc. Es imposible pensar que el Estado va a volver a funcionar sin un programa con un fuerte contenido de radicalidad política. ¿Cuáles son las cuestiones específicas? Es difícil saberlo de antemano. Uno puede pensar en el control de las divisas o en una discusión de progresividad tributaria. Siempre el «realismo político» nos dijo que era imposible, pero si es imposible dedíquemonos a otra cosa. Si Argentina no puede aumentar los impuestos patrimoniales a niveles de los de Chile -no te digo de Suecia, Noruega o Dinamarca-, entonces no hagamos más política. Y hay mucho de ese saber que se produce en las universidades. Y los que ocupamos algún lugar de visibilidad pública tenemos que hablar de eso. Pero la clave para disputarle a esta ultra-derecha no es el centro centrado, sino la radicalidad política. Y la radicalidad política hoy es pragmatismo puro: si nosotros no podemos asumir que nuestro discurso tiene que ser radical en términos políticos, estamos condenados al fracaso. Va a volver Milei o va a venir otro peor. La experiencia de Alberto nos marca eso: asumió diciendo que entre los bancos y los jubilados se quedaba con los jubilados y lo primero que hizo, en febrero y antes de la pandemia, fue aprobar una ley jubilatoria peor que la que habíamos combatido en diciembre de 2017 contra Macri. Ahí la sociedad se desilusiona. Si nosotros no podemos cumplir nuestro compromiso, estamos fritos.

Quiero terminar con una reflexión tuya sobre la especificidad de las universidades del conurbano, estás en la General Sarmiento. ¿Qué rol juega una institución de este tipo en su respectivo territorio?
Estas universidades, algunas creadas a principios de los ´90, y otras llamadas del Bicentenario, ocuparon varios roles. Han contribuido a multiplicar la tasa de matriculación de las personas del Gran Buenos Aires y a triplicar el número absoluto de egresados de los últimos 20 años. Ese crecimiento de matrícula, sobre todo en los deciles más bajos, se puede ver en la Encuesta Permanente de Hogares. El crecimiento aún mayor de las tasas de graduación en estos deciles es una experiencia incontrastable. El impacto en la formación es solo uno, pero decisivo e incuestionable. El otro tiene que ver con la formación de conocimiento que ocurre en las universidades del conurbano. En nuestra universidad tenemos estudios que van a políticas públicas específicas, hasta el desarrollo del primer censo industrial con la Municipalidad de Malvinas Argentinas. Y a partir de ese censo industrial diseñamos una carrera específica que vincula logística con tecnologías ligadas a la informática para formar profesionales que van a trabajar en el Polo Logístico, que está en la intersección entre las rutas 8 y 9. Pero también hacemos análisis químicos o de microplásticos en alimentos, que son muy escasos en el sistema universitario nacional y aportan un gran diferencial al país.





