Cuba: resistiendo en la oscuridad

🇨🇺 En marzo de este año se escribieron más de 285 mil artículos sobre Cuba. La cifra fue la más alta, para un mes, en los últimos cinco años. La prensa internacional abocó sus redacciones a cubrir cómo la Mayor de las Antillas se quedaba sin luz.
23/04/2026

La mayoría de las crónicas y reportajes cuentan la vida de los cubanos arreglándoselas con cuatro horas discontinuas de electricidad al día. Las imágenes y los relatos zigzaguean entre el morbo y la lástima: siluetas de pobres, cocinas con carbón, calles vacías y — ¿cómo no? — prostitutas sin clientes, entre otros temas.

No tengo nada personal contra quienes escriben este tipo de trabajos; al igual que ellos, yo (mal) vivo del periodismo y sé que las historias que se mueven en ese eje son las que “venden”. Como venezolano he leído cualquier cantidad de análisis advenedizos sobre mi país, unas cuantas tormentas de opiniones que terminan -tarde o temprano- por pasar, pero a su paso van deformando la identidad de un pueblo, de su gobierno, hasta hacerlos merecedores de un bombazo.

Tomando en cuenta lo anterior, armé una expedición a Cuba mezclando la típica curiosidad de ver de primera mano qué pasa en una ciudad y la esperanza de poder vender alguna cobertura.

Al llegar a La Habana ya había entrado el Anatoly Kolodkin, un petrolero ruso con 730 mil barriles que disipó buena parte de las nubes negras. El clima mediático no dejó mucho para inforapiñar, lo que me permitió ver a Cuba desde la calma, sin desespero por la noticia, con los ojos de las segundas veces.

Ya había estado un mes en Cuba el año pasado, y ahora estoy seguro de que La Habana no es para principiantes. Las primeras impresiones suelen estar marcadas por el destello de lo vintage. El brillo nostálgico, los autos de los años 30, el casco colonial, sus casonas catalanas desvencijadas y los guiños soviéticos generan un espejismo, un marco raro, que hace creer que las historias de los cubanos pobres son excepcionales.

Pero pobres coloridos hay en toda capital sudaca: lo que suscita el interés del público extranjero es que a Cuba se le exige que no los tenga. La pobreza aquí no solo despierta morbo afuera, sino que también es un tema de debate a lo interno. Como es regla en las sociedades polarizadas, se usan dos indicadores para medirla: el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, que funciona después de haber recibido dos millones de dólares de la USAID, calcula este fenómeno por ingresos; mientras que el gobierno cubano estima a su población vulnerable según el Índice de Desarrollo Humano (IDH), metodología de las Naciones Unidas.

Bajo el prisma de cualquiera de los dos indicadores, la situación actual es de excepción. Aunque Cuba mantuvo a su población con un mejor IDH que potencias regionales como México durante 5 de las últimas 6,5 décadas, en la actualidad acusa el desgaste de una desacertada reforma fiscal y de la llegada de una administración de orates a la Casa Blanca.

Hoy en Cuba se consolida una tendencia que inició con la caída del muro de Berlín. Desde los 90, Cuba se ha venido sudamericanizando: la desigualdad, inseguridad y marginalización irrumpieron con fuerza en el llamado “período especial”, más allá de que el Estado cubano se esfuerce en mantener los avances en salud y educación. Pero a diferencia de los otros países del continente, la lucha contra la pobreza no solo pasa por mantener o conquistar políticas de inclusión, sino también por la resistencia ante un largo asedio.

La oscuridad y el «sunshine state»

“Toda la vida hemos sabido apretarnos la correa, pero ahora estamos en el último huequito”. La frase — que resume esta nueva crisis a la perfección— me quedó de las múltiples conversaciones informales que tuve a bordo de un triciclo eléctrico en La Habana. El vehículo, tan efectivo como ridículo, es una de las formas que han encontrado los cubanos para no detenerse ante la escasez de gasolina.

El Anatoly Kolodkin ha sido el único barco que llegó con combustible en los últimos cuatro meses. La razón por la que no entran cargueros con crudo a la isla es sencilla: a los Estados Unidos no le parece que un país de casi 10 millones de habitantes pueda abastecerse del petróleo necesario para tener energía.

La aversión de la Casa Blanca a la Revolución Cubana es vieja, ya que el asedio se puso en marcha casi desde que Fidel entró triunfante en La Habana. En 1960 Lester Mallory, por entonces vicesecretario de Estado para los Asuntos Interamericanos, escribió un memorándum secreto en el que sentó las bases para la política de bloqueo económico, comercial y financiero, impuesto de forma unilateral contra Cuba.

La presión de los gringos ha variado de acuerdo a la administración de turno, pero siempre oscilando dentro del memorándum Mallory. Con el segundo arribo de Trump a la Oficina Oval, ha emergido la figura de un hijo de cubanos como responsable de la política exterior estadounidense: Marco Rubio.

Ex nihilo nihil fit (nada viene de la nada), Rubio hizo carrera política desde el anticastrismo: en palabras del periodista cubano Hedelberto López Blanch, “es un engendro de la política de asfixia a Cuba”. El ahora secretario de Estado fue financiado por un entorno que tiene raíces en el macartismo que cundió en la región bajo el amparo de la CIA.

Es incomprensible la actual oscuridad en Cuba sin pensar el «sunshine state». En los 60, el sur de la Florida fue sede de la JM/Wave, la mayor base de espionaje de la CIA durante la Guerra Fría. El despliegue de la inteligencia yankee en ese estado no fue casual. La operación bandera de la agencia en esa época era conocida como «Operation Mangoose», dedicada a terminar con la Revolución Cubana después del fracaso de la administración Kennedy con la invasión mercenaria de Playa Girón.

La Operación Mangosta apuntaló a la oposición cubana en Miami. En los días que funcionaba la base de JM/Wave, la CIA se convirtió en uno de los principales empleadores del sur de la Florida. La agencia fundó más de 50 empresas fachada que sirvieron para legalizar migrantes cubanos y dar organicidad al anticastrismo. La contrarrevolución cubana pasó a manejar 50 millones de dólares al año para acabar con Fidel, a como diera lugar.

Montados en el caballito del anticomunismo, el autodenominado exilio cubano ha logrado constituirse en un lobby de peso en un estado que a veces es clave en las elecciones indirectas de EE.UU., y otras veces no. Rubio y los republicanos saben que -después de soltar el ICE contra los latinos- la forma de hacerle un cariñito a sus votantes del sur de la Florida es ir tras de Venezuela (bloqueada, bombardeada y coaccionada) y de Cuba.

Con Venezuela había una excusa geopolítica: sacar a China de la más grande reserva de petróleo del mundo. Con Cuba se persigue a un símbolo.

«Vacíos de sentido»

Rubio ha instalado en la administración Trump la idea de cortarle todo tipo de ingresos al gobierno cubano. Ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, declaró que «el embargo está codificado en la ley y exige un cambio de régimen para ser levantado». Él mismo aclara que esto no significa necesariamente una invasión, pero sí una presión absoluta.

La prensa más progre llama a las políticas de Trump y el exsenador Rubio, «bloqueo energético». Hay gente con más sentido común, que califica a este tipo de acciones como crímenes de guerra; para el cubano de a pie -o de triciclo- esto es simplemente «una pinga».

El escritor y analista venezolano, Diego Sequera, sostiene que el impacto de este tipo de medidas de asedio a las que se ha sometido a Venezuela -y que ahora arrecian en Cuba- producen «vacíos de sentido», lo que hace que a las poblaciones de los países agredidos les cueste ubicar quién es el responsable de lo que está pasando.

«A pesar de que el impacto viene directamente, tú vas a ubicarlo en otro lado», sostuvo Sequera (De aquí en adelante Diego; hay confianza), hablando sobre las sanciones en una entrevista de esta semana para el canal de noticias Globovisión.

Lo que sostiene Diego, lo viví en Venezuela, y ahora en Cuba me vienen reminiscencias de guerra. En mi país se necesitó la pedagogía de las bombas termobáricas para llenar el vacío de sentido de buena parte de la población. Hasta que los gringos no desintegraron a cerca de 100 personas en Caracas, la gente no terminó de ubicar quién era el que los ahorcaba.

32 cubanos figuran entre los fallecidos durante el ataque, lo que ha servido para rellenar vacíos de sentido también en la isla. La manifestación que se dio cuando llegaron los restos de los caídos en Venezuela, aquí en La Habana la recuerdan como una movilización con la mística de cuando estaba Fidel. Trump y su administración de loquitos también han hecho lo propio para que en el caso de los apagones buena parte de la culpa sea de los gringos.

Trump ha dicho que al terminar con Irán pasará a tomar Cuba. Lejos de crear una zozobra «vendible» a los medios, aquí, en esta ciudad donde Hemingway fue feliz, la gente toma esas declaraciones con humor; a ritmo de músicos sobrecapacitados los cubanos se ocupan de resolver el día a día, muchas veces sin saber que haciéndole paso a la vida, están resistiendo en y a la oscuridad.

Compartí
Foto del avatar

Único hincha del Globo en Caracas. Trabajó en medios como la Radio del Sur, TeleSUR e HispanTV. Fue corresponsal de la Agencia Anadolu y dirigió Venezuela News La Revista. Actualmente juega de cinco en un equipo de veteranos y en los ratos libres asesora proyectos comunicacionales. Chavista, como cualquier venezolano de bien.