«La selección nacional de fútbol de Irán es bienvenida al Mundial, pero realmente no creo que sea apropiado que estén allí, por su propia seguridad». La reciente frase es de Donald Trump. La provocación del otrora visitante de la isla de Jeffrey Epstein deviene de una situación conocida: la avanzada belicista del gobierno de Estados Unidos y el de Israel sobre Irán pone en crisis la participación de este último en el Mundial de Fútbol, no sólo por razones logísticas y políticas, sino también porque ese certamen se juega en el país imperialista atacante.
Resulta insólito que un presidente deje una chicana de esa forma, mientras que la situación de Irán, en caso de no participar de la tertulia, no tiene casi antecedentes. No obstante, el fútbol y los conflictos bélicos han cruzado sus fronteras a lo largo de este siglo y del anterior. Campo de batalla, fútbol de trinchera.
Cuatro balones
La batalla de Somme es una de las más sangrientas y relevantes de la Primera Guerra Mundial. Empezó el 1° de julio de 1916 y se extendió por aproximadamente cuatro meses: se calculan un millón de bajas en el campo de batalla. El enfrentamiento se dio en territorio francés, en un trabajo conjunto de los galos con los británicos. Wilfred Nevill, en uno de los batallones ingleses, tomó una particular estrategia de avance: los soldados tenían que tirar cuatro balones de fútbol hacia el lado alemán para avanzar. Encontraba en el fútbol una motivación, a tal punto que uno escribió en el cuero la leyenda “sin árbitro”, como si la batalla fuera un partido de fútbol sin referí ni reglas. Nevill, igualmente, murió en el primer combate de un disparo.
No es el único vínculo entre la “Gran Guerra” y el fútbol. Todavía no existía una competición continental en territorio europeo: a diferencia de Sudamérica, que tiene certámenes desde 1916, la actual “Eurocopa” recién iba a nacer en la segunda parte del siglo XX. Tampoco había todavía mundiales: el primero fue en 1930. La liga inglesa, una de las pioneras del mundo, se jugaría con normalidad entre 1914 y 1915; luego pasaría a dividirse en torneos regionales para recién retomar la competición nacional en 1919. También se interrumpió el campeonato alemán. La liga francesa recién tuvo sustentabilidad desde la década del 30 y el fútbol italiano tuvo su unificación de liga nacional recién en 1921.
Hubo un partido de fútbol histórico en la contienda bélica. La famosa “tregua de Navidad”, el 25 de diciembre de 1914, donde los soldados franceses y británicos acordaron un alto al fuego en la frontera franco-belga. Cuenta la leyenda que las tropas disputaron un partido de fútbol que los alemanes ganaron 3 a 2. Algunos otros dicen que el encuentro fue informal, jugado con latas de conserva. Otros, que nunca existió. En 2014, a cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, la UEFA inauguró una estatua en conmemoración, en la que dos soldados se dan la mano arriba de un balón de fútbol.
También existió un grupo conocido como el “Batallón de fútbol”. Fue el nombre popular que recibió el Batallón McCrae de Edimburgo, formado en noviembre de 1914 por 16 jugadores y 500 aficionados del Heart of Midlothian, al que luego se sumarían más jugadores y deportistas oriundos del rugby, el atletismo y otras disciplinas. La presión sobre la población masculina adulta joven era brutal y los futbolistas que no se enlistan se ganaban el rótulo de “traidores” en la opinión pública ligada al poder.

El Chaco y la República
El llamado período de entreguerras también dejó historias vinculadas al fútbol y los conflictos bélicos. Hay dos contiendas que dispararon fuertes historias futboleras.
El club The Strongest de Bolivia mandó a buena parte de sus jugadores a combatir en la Guerra del Chaco (1932-2935) contra Paraguay, la más sangrienta del siglo XX en territorio americano: 100.000 muertos aproximadamente. Así lo contó el periodista Lucas Jiménez en una nota del portal Lástima a Nadie, Maestro. “Víctor Zalles, quien en la guerra perdería a dos de sus tres hermanos, firmó una nota dirigida al Jefe del Estado Mayor General en la que afirmaba: ´Tengo el honor de dirigirme a Usted para llevar a su conocimiento que el Directorio que presido ha resuelto ofrecer todo el contingente de reservistas que militan en el Club The Strongest (…) Juzgo que el ofrecimiento que formulo en nombre de centenares de socios del Club, dispuestos todos ellos al sacrificio de sus vidas en aras de la defensa del hogar patrio, ha de merecer una acogida favorable´”. Una pelea de la contienda es conocida como Batalla de Cañada Strongest, por la participación de los jugadores.
Del lado paraguayo también existieron los vínculos con el fútbol. Los primeros soldados reclutados se reunieron en el estadio de Puerto Sajonia. Los clubes también aportaron a sus tropas: estuvo cerca de ser parte Arsenio Erico, quien luego sería, junto a Ángel Labruna, el mayor goleador de la historia de nuestro fútbol. Pero el balompié jugó un papel en la pacificación: se organizó, entre 1957 y 2011, la Copa de la Paz del Chaco. En 2018, por iniciativa de las embajadas de Bolivia y de Paraguay en Argentina, los campeones de ambos países, Bolívar y Olimpia, jugaron un amistoso en cancha de Huracán de Parque Patricios.
La guerra civil española también dejó sus huellas en el fútbol. La selección española, por ejemplo, suspendió su actividad oficial hasta 1941. Los pocos amistosos disputados y los partidos posteriores los jugó de azul y blanco, dado que el rojo tradicional de “la furia” equivale a una metáfora procomunista, imposible de asumir y soportar por el franquismo falangista. Es conocida la historia en la que, en marzo de 1942, España juega contra la Francia ocupada en Sevilla y los jugadores hacen el saludo fascista, levantando la mano hacia adelante con la palma abierta. Los mitos dicen que en la tregua de Navidad de 1936, en la zona de Málaga, también se jugó al fútbol y que la cancha del Real Oviedo fue parte del “cerco” entre los republicanos que sitiaban la ciudad y las tropas del general Aranda en esa ciudad. “La Liga” se suspendió entre 1936 y 1939 y los clubes se dedicaron a otras cuestiones: el Barcelona se fue de gira; equipos como el Valencia, el Levante, el Espanyol y Girona jugaron la “Copa de la España Libre”. Posiblemente, la historia más emblemática sea la del club Júpiter, catalán, integrado por anarquistas, que tuvo su esplendor en los años 20 y 30 y que sirvió como un bastión de resistencia frente a Franco. La leyenda también cuenta que, como las pelotas no eran cerradas como ahora, sino atadas con cordones, los revolucionarios guardaban allí el armamento para ir a pelear.

Mapuches y nazis
La Segunda Guerra Mundial afectó a todo el fútbol europeo y planetario, empezando por lo más básico: se interrumpieron las celebraciones de la Copa del Mundo, cuyo consenso sugería jugar la contienda cada cuatro años: de la tríada Uruguay 1930 – Italia 1934 – Francia 1938 a Brasil 1950, sin escalas. Los certámenes de selecciones europeas, como ya ha sido mencionado, todavía no eran habituales. El “Campeonato Sudamericano” (antecesor de la actual Copa América) se disputó con normalidad: 1941, 1942, antes del tricampeonato argentino de 1945 a 1947.
El fascismo veía en el fútbol un tendal a (des)organizar. Benito Mussolini buscó durante cuatro años organizar el Mundial 1934, lo hizo, amenazando explícitamente con el posterior asesinato al entrenador y a los jugadores si no ganaban la final, que iba 0 a 0 en el entretiempo, en la que Checoslovaquia se puso en ventaja e Italia empató a 10 minutos del final y terminó ganando en tiempo suplementario. Joseph Goebbels escribió en su diario, luego de una derrota de la selección alemana contra Noruega en agosto de 1936: “100.000 personas abandonan el estadio deprimidas. Ganar un partido puede ser más importante que conquistar ciudades en el este”. Esa consideración sobre el fútbol es la misma que llevó al régimen a apartar de su cargo a Kurt Landauer, presidente del Bayern Munich (que terminaría en segunda división), por su condición de judío, previo a una estancia en los campos de concentración y un posterior exilio en Zúrich. Es conocida la historia de Mathias Sindelar, el “Mozart del fútbol”, crack del Austria Viena que terminó entre los mejores 30 jugadores del mundo según la FIFA y cuya leyenda indica que se negó hacer el saludo nazi frente a Hitler en un partido de fútbol luego de la ocupación. Otros dicen que Hitler ni siquiera estaba en el palco.
Hay dos historias que posiblemente sean las más emblemáticas: una, conocida, y otra no.
La primera hace alusión al “partido de la muerte” que inspiró el film “Escape a la victoria”, de Sylvester Stallone y Pelé. Es el partido del FC Start, equipo conformado por exjugadores del Dinamo de Kiev, disuelto por la invasión de la Alemania nazi a la zona de Ucrania, contra el Flakelf alemán. El primero fue formado por el panadero Josef Kordik, hincha del viejo Dinamo, que se encontró al arquero de su club pidiendo en la calle; le dio trabajo y lo ayudó a buscar al resto de los jugadores para seguir haciendo de las suyas en el deporte de sus amores. Armaron el FC Start y empezaron a inspirar al resto del pueblo invadido, lo que despertó el temor de los jerarcas nazis. Pusieron en pie un equipo para ganarles, el Flakelf, pero la victoria del Start fue contundente: 5 a 1. Desde allí, las historias son disímiles: algunos hablan de fusilamiento inmediato, otros de persecución con distintos destinos. Lo cierto es que la represalia existió, por parte de los jefes de un equipo que dijo “Heil Hitler” antes de arrancar, y que escuchó cómo los jugadores del Start respondían “FizcultHura!” (“¡Viva el deporte!”).

La otra historia es menos conocida por una razón sencilla: nunca existió. “El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia, pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas”. El autor de la frase es Osvaldo Soriano, la dice en su célebre cuento “El hijo de Butch Cassidy”. Una historia ficticia, lógicamente. Pero, en 2011, los cineastas Filippo Macelloni y Lorenzo Garzella realizaron un documental sobre el tema. En aquella oportunidad, según los citados, la final disputada permitió la victoria de los mapuches al equipo que representaba a la Alemania nazi, en tiempos álgidos de Hitler y compañía.
En su texto, “el Gordo” nos engalana, entre tantas otras cosas, con una pequeña reivindicación oculta a la Revolución Rusa: “El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas”.

Resto de siglo y actualidad
Una infinidad de relatos sobre fútbol y guerra acontecen en el resto del siglo XX. La selección de fútbol masculina de Vietnam, para el caso, no estuvo unificada hasta 1991 y la femenina compite con un nivel futbolístico importante desde 1999. La Copa Africana de Naciones empezó a finales de los 50, pero llegó a doce equipos participantes recién en 1992. Pero hay dos hechos que marcaron con puntualidad el cruce entre estos dos tópicos.
La primera: Malvinas. “Los pibes que jamás olvidaré” se hizo trapo, camiseta, bandera y vincha, porque antes existió un Diego Armando Maradona que sacó a pasear a la Reina, al Big Ben y a la sonrisa de Thatcher. Pero Malvinas dejó una infinidad de lazos con el fútbol. El Mundial 82, que tuvo el debut de la Argentina como campeona del mundo, comenzó a disputarse con la guerra todavía en pie. Los soldados argentinos, cerca de Puerto Argentino, escuchaban el Bélgica 1, Argentina 0 aquel 13 de junio, con una contienda bélica que culminaría recién al día siguiente. Mientras Osvaldo Ardiles era jugador del Tottenham inglés y parte del equipo de Menotti, su primo José Leónicas fallecía en combate. Ese mismo domingo de apertura mundialista se jugaron las semifinales del Nacional 82, que terminaría ganando el Ferro de Griguol, en un fútbol que no frenó jamás por las Malvinas, más allá de los rumores sobre jugar un superclásico en las islas, algo que jamás se llevaría adelante. Quedará en la historia la clase 62 por ser esos pibes que jamás olvidaré, que en sus filas, entre muchos otros, tuvieron a Omar De Felippe, que en 2024 ganó la Copa Argentina y en 2025 derrotó a Flamengo en el Maracaná con Central Córdoba (SE).
Yugoslavia es otro caso emblemático. Sin ser una potencia, entró a la década del 90 con un poderío futbolístico y deportivo importante. Llegó a cuartos de final del Mundial de Italia, perdiendo con Argentina por penales (el día que erró Maradona), y en 1991 el Estrella Roja de Belgrado conquistó la única Copa de Europa (hoy Champions League) que tiene la región surgida de la división. «El fútbol más o menos se mantuvo igual”, le dice a El Grito del Sur el periodista y escritor Juan Pablo Gatti, autor del libro Hermandad, Unidad y Jogo Bonito. La historia del fútbol en Yugoslavia. “Una vez que fallece Tito, en el 80, los clubes se politizan más. Había marcas nacionalistas, pero salieron cosas que estaban guardadas. Los representantes de los clubes eran también personas de peso en las futuras naciones. En 1987 sale campeón la sub 20. En Italia 90 tenés una camada renovada, que llega hasta los cuartos de final contra Argentina». La separación dio lugar a una fragmentación de selecciones de fútbol. “Croacia fue la heredera”, dice Gatti, sobre la selección que llegó al tercer lugar del mundo en 1998 y al segundo en 2018. La mayoría de la vieja Yugoslavia se fue desintegrando en selecciones distintas, pero la rojiblanca a cuadros siempre fue la mejor.
Ya entrado el siglo XXI, el ataque de Estados Unidos a Afganistán e Irak suspendió un Mundial: el sub 20 2003, en Emiratos Árabes, que terminaría jugándose a finales de ese año, cuando tendría que haber acontecido en la primera parte del mismo. Lo mismo que la Finalísima de este año entre Argentina y España o las ligas de aquellos sectores, mientras Trump continúa empantanado en sus intenciones guerreristas: recibió a manos de Gianni Infantino el Premio FIFA de la Paz en el sorteo de la Copa del Mundo. Un caso de distinta vara frente a Rusia, a quien la FIFA suspendió de todas las competiciones luego del inicio de la guerra con Ucrania en 2022.

Entre Israel y Palestina no hay una guerra. Hay un genocidio. Pero la relación con el fútbol vale: 256 instituciones deportivas dañadas o destruidas en Franja de Gaza, 582 atletas muertos. En 2025, a pesar de todo lo visible, la selección de fútbol de Palestina estuvo a un minuto de pasar a la cuarta ronda de clasificación al Mundial 2026, en un empate a uno con Omán. En febrero de este año, volvió el fútbol a Gaza, con torneos amateurs y canchas en ruinas.
El director técnico de Palestina, Ehab Abu Jazar, hizo un viaje a Chile en 2025 para buscar talentos y configurar allí un nuevo centro de operaciones para su selección, en la comunidad palestina más grande por fuera del mundo árabe. En el fútbol esa relación quedó establecida: el equipo Palestino de Chile, en Primera y compitiendo en torneos continentales, así lo demuestra. Su lema es: “Más que un equipo, todo un pueblo”.






