En los últimos años, la microdosificación de hongos psicodélicos empezó a filtrarse, casi sin hacer ruido, en conversaciones que antes parecían ajenas: bienestar, salud mental, formas posibles de sostener el ánimo en la vida cotidiana. Lo que durante décadas estuvo asociado a experiencias intensas, a lo extraordinario o a lo recreativo, comenzó a correrse hacia otro registro. Uno más íntimo, más discreto. Dosis mínimas, casi imperceptibles, que se integran a la rutina diaria para producir cambios sutiles, pero persistentes.
Así, la práctica fue encontrando su lugar. Primero en pequeños círculos ligados al desarrollo personal, después en espacios más amplios donde se buscan alternativas terapéuticas. No irrumpió: se fue instalando.
Gisela Morelli conoce ese recorrido desde adentro. Es consultora psicológica y acompaña procesos de microdosificación. Fundó Madre Micelia —un equipo interdisciplinario dedicado al trabajo con microdosis y medicina natural— después de atravesar, durante décadas, su propia depresión. Nació en 1975 y recibió el diagnóstico a los 16 años, en una época en la que ir al psicólogo no era habitual y el peso del estigma caía con fuerza sobre la salud mental.
Durante años siguió tratamientos con psicofármacos. Funcionaron, en parte. Pero, según cuenta, nunca alcanzaron a desarmar el problema de fondo. “Las pastillas son útiles en momentos extremos, pero no resuelven el síntoma: lo tapan”, dice.

Habla de una época —la actual— atravesada por la sobremedicación. “Es muy fácil acceder a una receta, o automedicarse. Vas al médico, te dicen que tenés estrés, y salís con un ansiolítico”. Lo que, según advierte, queda fuera de escena son los efectos adversos a largo plazo.
Antonio Catsigyanis es psiquiatra de la UBA y divulgador. Si bien realizó una formación más tradicional, ligada a la residencia en el hospital, llegó al estudio sobre microdosis a través del cannabis medicinal. “Dentro del estudio de la planta de cannabis aparecieron los psicodélicos como una especie de continuación o de paralelismo”, asegura sobre estos dos frutos de la naturaleza que actúan sobre el sistema nervioso central. “Es una cuestión psicodinámica. Preguntarse qué le pasa a las personas con las plantas”.
La historia de los psicodélicos no empieza hoy. Décadas atrás, entre los años 40 y 60, psiquiatras e investigadores ya trabajaban con estas sustancias en contextos clínicos. Fue en los años 60 cuando figuras de la contracultura, como Timothy Leary, las sacaron de los laboratorios y las empujaron hacia la cultura popular. El crecimiento del uso recreativo fue tan rápido como la reacción estatal: hacia fines de esa década y principios de los 70, leyes como la Controlled Substances Act en Estados Unidos clausuraron casi por completo la investigación científica durante años.
Actualmente, la microdosificación se ubica en otro lugar. Se distancia deliberadamente de la idea del “viaje”. No busca visiones ni alteraciones sensoriales intensas. El objetivo es más difícil de medir, pero también más cotidiano: una mejora leve en el ánimo, una mayor claridad mental, la sensación de estar un poco más presente.

Gisela lo explica en términos simples: muchas de las personas que acompaña describen menos ansiedad, más equilibrio, mayor capacidad de concentración. “Lo que no conocemos de nosotros es porque el cerebro, como mecanismo de defensa, lo archiva”, dice. Y agrega: “El hongo, a través de la neuroplasticidad, te pone el síntoma enfrente. Y ahí es donde entra el trabajo terapéutico”.
La sustancia clave es la psilocibina, que el organismo convierte en psilocina. Esa molécula interactúa con receptores de serotonina, un neurotransmisor central en la regulación del estado de ánimo, el sueño y las emociones. A diferencia de las dosis recreativas, la microdosificación trabaja con cantidades subperceptivas: no hay alucinaciones ni cambios evidentes en la percepción. Quienes la practican suelen seguir esquemas que alternan días de ingesta con pausas, buscando evitar la tolerancia y favorecer efectos acumulativos.
“Muchos de los pacientes que llegan se automedicaron durante años y nunca tuvieron una experiencia así”, señala. Y vuelve sobre una idea: los psicofármacos pueden generar alivio, pero no necesariamente transformación. “La clave está en poder romper la rumia mental, ese bucle en el que uno queda atrapado”.

La evidencia científica todavía es limitada. No hay consensos firmes sobre cómo actúa la microdosificación en el cerebro humano. Pero, en la experiencia de Morelli, los procesos se despliegan de manera gradual, a lo largo de semanas o meses, con respuestas distintas en cada persona.
Durante décadas, el tratamiento de la depresión se apoyó en medicamentos como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, entre ellos la fluoxetina o el escitalopram. La aparición de la microdosificación no busca reemplazarlos, pero sí abre una pregunta incómoda: qué otras herramientas pueden existir dentro de un campo que parecía bastante definido.
Desde lo farmacológico, hay puntos de contacto. Tanto los antidepresivos como los psicodélicos actúan sobre el sistema serotoninérgico, aunque lo hacen de formas distintas. Estudios del Imperial College London muestran que la psilocibina puede alterar la actividad de la red neuronal por defecto —vinculada a la autorreferencia y la rumiación—, reduciendo su cohesión y favoreciendo estados mentales más flexibles. Sin embargo, la mayor parte de esta evidencia proviene de dosis completas, y los efectos específicos de la microdosificación aún no cuentan con consensos científicos firmes.
En ese sentido, el psiquiatra advierte que, en nuestro país, la sustancia es ilegal y no está regularizada. “Por ahora son experiencias exploratorias donde no hay evidencia científica, como sí lo hay con los antidepresivos. Esto no quiere decir que una persona con un acompañamiento adecuado, una formación al respecto y contenida en un espacio donde se anime a hacerlo por sus propios medios, no pueda sentir determinada mejoría o encontrar cierta efectividad en su uso”.
“La diferencia es la apertura”, dice Gisela. Habla de la neuroplasticidad y de cómo modificar un sistema cerebral vinculado a la autorreferencia y a pensamientos que se repiten. “Cuando esa red se modifica, cambia la forma de procesar. Ya no estás atrapado en la misma narrativa”.
Pero insiste: el proceso requiere acompañamiento, trabajo terapéutico. “Cuando cambian las conexiones neuronales, el trabajo es de la persona”. Por eso, espacios como Madre Micelia acompañan, orientan, dan seguimiento, pero también investigan cómo funcionan estas prácticas en otros países, donde el marco regulatorio contempla estas prácticas, como Uruguay.
Para Antonio, la interacción entre salud mental y microdosis debe ser mutua, ya que se necesita contención terapéutica y retroalimentación profesional. “Es importante entender que los hongos vienen a dar preguntas a la salud mental y que la salud mental tiene la capacidad de contener, de evaluar cuándo y qué riesgos hay, si es el momento, etc.”.

“La salud mental tiene la posibilidad de dar ese tipo de respuestas y sobre todo de integrar. De lograr que esa persona pueda hacer una exploración de forma segura, contenida, que se tome una pausa si le hace falta, que pueda decir: ‘Bueno, tengo un espacio donde dialogar con otro y poder transmitir lo que le está sucediendo’ «.
El psiquiatra no duda cuando habla: dice que hace falta un marco legal que ordene, que regule, que abra la puerta a un acceso seguro y cuidado. Imagina un escenario donde la psilocibina no circule en la penumbra sino bajo control, con investigación, protocolos y la posibilidad real de expandirse sin riesgos innecesarios. Para él, se trata de reconocer un derecho, en una línea similar a la que trazó el cannabis. Y en ese gesto —sugiere— también se puede leer algo más amplio: una época en la que la búsqueda de bienestar se vuelve urgente, donde la necesidad de sentirse a resguardo, acompañado y contenido empieza a ocupar un lugar central en la vida de las personas.
“El primer mes es como entender de qué se trata. El segundo, empezar a trabajar”, describe Gisela, que habla de alrededor de tres meses de acompañamiento en los cuales hay procesos que se destraban y tratamientos que parecían estancados y encuentran un nuevo movimiento.
«HONGOS MÁGICOS»: la CIENCIA detrás de la TERAPIA con PSILOCIBINA | Filo Docs
Sobre si la comunidad psi está interesada en el tema, Antonio asegura que en base a su experiencia en congresos y charlas, se está buscando evidencia a futuro respecto a la posibilidad terapéutica. «Creo que es una posibilidad terapéutica y hay cada vez más gente curiosa, pero está bueno tener ciertos recaudos», asegura. «Está bueno que se acerquen más personas y no se queden solas haciéndolo porque eso puede ser riesgoso».
Entre la curiosidad, las experiencias individuales y la necesidad de evidencia científica, la microdosificación se mantiene como un territorio en construcción. Tal vez por eso genera tanto interés: porque, en algún punto, todavía se está escribiendo. Y lo que llegue a ser dependerá no solo de la ciencia, sino también de cómo una sociedad decide entender —y cuidar— su salud mental.







