Las mentiras que contamos para que nos quieran: Nunca fui de esas chicas con suerte

En su primera novela, Malena Saito construye una protagonista tan frágil como feroz: una mujer que inventa un embarazo para retener el amor y la atención de quienes la rodean. Entre amistades rotas, deseo, maternidad y miedo a la soledad, Nunca fui de esas chicas con suerte explora las ficciones que inventamos para sentirnos elegidas.
22/05/2026
Foto: Paz Elduayen

Vale se siente insulsa como una galleta de agua olvidada en el fondo de un paquete, aburrida como un reloj sin pila, como si siempre fuera a habitar el margen de las cosas. Lo suficientemente luminosa para estar rodeada de gente pero lo bastante oscura para dejar huella por dónde pasa. Una novia de repuesto. Una amiga descartable. Una de esas chicas que, sospecha, nunca son las elegidas. Ni por los hombres, ni por la historia, ni por la fantasía doméstica de convertirse en madre.

A sus treinta y pico, mientras fuma un pucho en una terraza calurosa y toma cerveza con sus amigos de la secundaria —esos que se aman y se soportan como cicatriz vieja—, Vale siente que algo en ella empieza a marchitarse. Entonces aparece la mentira. O quizás el deseo. O el miedo feroz a quedarse sola. Y lo que inventa primero como un gesto desesperado termina creciendo como un organismo vivo: un embarazo falso que poco a poco adquiere nombre, cuerpo, cariño, expectativa. Una ficción capaz de producir un efecto real.

Así comienza Nunca fui de esas chicas con suerte, la primera novela de Malena Saito, poeta, tallerista y periodista cultural, que abandona momentáneamente el verso para sumergirse en una prosa tan filosa como divertida. Una trama que aborda la amistad, la maternidad, el deseo y el terror secreto de no ser suficiente para nadie. “La ficción es mi pileta, en este verano que se alarga y se alarga, yo entro y me zambullo”, escribe Vale como si narrar fuera la única manera posible de no hundirse en ese pantano que es la realidad.

El libro surgió en la pandemia cuando Malena y muchas de sus amigas atravesaron la pregunta por la maternidad. En ese momento, Saito se encontró fascinada por las posibilidades del cuerpo femenino de de alojar otra persona, esa capacidad latente que roza lo siniestro. 

“Me parecía una forma hermosa de hablar sobre la maternidad, esa pregunta que tarde o temprano toca a todas las mujeres. Quería correrla del lugar solemne, volverla más salvaje, más divertida, más intensa; arrancarle un poco el peso trágico con el que suele aparecer en las conversaciones. Porque, en el fondo, lo que sobrevuela siempre es otra cosa: el miedo silencioso a quedarse afuera de una vida que parece avanzar para todos los demás. Qué pasa cuando los amigos empiezan a casarse, a tener hijos, a armar escenas familiares, y una todavía permanece del otro lado, mirando cómo las cosas cambian de forma alrededor suyo”, cuenta la escritora criada en los 90’ con series como Friends y Seinfeld, entre roomies, estereotipos de género, tiros bajos y estrategias fingidas para retener a los hombres.

Foto: Paz Elduayen

Valeria quiere ser escritora y trabaja en una editorial hasta que el mundo empieza a derrumbarse: pierde el empleo, pierde la casa y queda suspendida en el aire de su propia invención con olor a podrido. Mientras sostiene la mentira del embarazo, hace malabares consigo misma. En ese recorrido vuelve a la adolescencia, a los vínculos rotos, a las amigas que quedaron atrás, a la necesidad infantil de ser mirada. Porque en el fondo la novela parece preguntar algo más incómodo: si el deseo de maternar no es, a veces, también el deseo desesperado de recibir cuidado.

Vale habla con todos y, sobre todo, consigo misma. Con Juli, la amiga que sí está embarazada. Con Cami, convertida ya en un recuerdo borroso. Con Toto y esa figura fantasmal de su pareja, “La Jefa”, que nunca aparece del todo pero pesa como una yugo cuando la tilda de borracha y de puta. Pero especialmente habla con Bruno, el amor adolescente que emigró a Dinamarca para construir una vida lejos, una familia lejos, una adultez. Él quiere romper su matrimonio; Vale quiere escapar del país. Ambos parecen moverse dentro de esa clase de naufragio silencioso que empieza mucho antes de que alguien lo nombre. La difícil contienda contemporánea de hacerse cargo de una vida con más frentes de los que se puede atajar a los treinta años.

“Me interesaba plantear que las relaciones entre las personas están llenas de sombras, intensidades, luces y grises y que muchas veces, cuando uno se entrega a un vínculo de forma profunda -no sólo a un vínculo amoroso, porque eso es algo que también me siempre me interesó trabajar, como más allá del vínculo amoroso, en las amistades uno se entrega- eso acarrea muchas complicaciones y complejidades”, continúa la autora que habla de un océano vincular donde todos se desdibujan y remarcan a la vez.

En medio de todo, Vale traduce un libro del danés, busca dinero, inventa excusas, encadena mentiras sobre otras mentiras. El mundo alrededor empieza a agrietarse y ella queda ahí, haciendo equilibrio sobre el borde fino entre la cordura y el delirio, aferrada a una juventud que se escurre y a esa ilusión universal —y profundamente triste— de no envejecer sola.

Sobre la posibilidad de leer el libro en clave de género, Malena dice que intentó construir una feminista sucia, llena de contradicciones, lejos de cualquier versión pulida o ejemplar. Como si, en algún momento, se hubiera instalado una especie de manual invisible sobre cómo debe comportarse una buena feminista, una buena amiga, una buena novia: una coreografía correcta de gestos y discursos que, muchas veces, termina convirtiéndose en otro mandato más. Pero la vida —parece insinuar— ocurre en otro lado, en las zonas incómodas, en las tensiones entre lo que aprendimos, lo que deseamos y aquello que apenas logramos sostener mientras avanzamos a tientas por el mundo. 

“Creo que es una protagonista que no cambia profundamente ni aprende todas las lecciones, pero a lo largo de la novela puede ir encontrando una posición propia de más alivio, de más sentido. Puede, de alguna manera, cortar con ciertas fantasías que le contaron”.

Como señala Mora Monteleone en la contratapa, “mientras mantiene la mentira, la narradora busca las verdaderas razones del fracaso”. Y quizás ahí esté el corazón de la novela: en esa locura suave, casi poética, que aparece y desaparece como una sombra sobre el vientre de Vale, siempre vacío y, sin embargo, cada vez más real.

Foto: Paz Elduayen

Sobre el engaño, Saito asegura que, mientras se inventan ficciones y se levantan mundos con palabras, la mentira empieza a mostrar otro rostro: ya no el de aquello que destruye o traiciona, sino el de una fuerza extraña y creadora, capaz de mover las cosas de lugar. Una mentira que abre puertas, enciende aventuras, fabrica realidades paralelas y hasta vuelve más amable aquello que, dicho de frente, tal vez sería demasiado áspero de soportar. En la escritura, parece decir, también se miente para sobrevivir un poco mejor. 

“Me gustaría mucho que la lean varones”, dice la autora hacia el final, mientras  cuenta que quiso acercarse a ciertos temas que también los atraviesan a ellos, pero sin señalar desde la humillación, sino desde una incomodidad capaz de abrir preguntas. Porque, explica, existe un aprendizaje profundamente patriarcal que les enseñó a muchos hombres a sospechar de las mujeres como si fueran las únicas dueñas de la mentira y la manipulación, mientras ellos construyen buena parte de sus vínculos cotidianos sobre otra forma más aceptada del engaño: el chamuyo. Y en esa zona gris la novela intenta iluminar algo incómodo: cómo ciertas formas del chamuyo masculino termina consagrándose, también, como una mentira.   

Malena Saito consigue jugar con el lenguaje sin volverlo hermético. Escribe al borde del abismo pero sin caer nunca en el exceso; acerca al lector al precipicio justo lo suficiente para sentir el vértigo. Construye una voz narradora en primera persona que vira entre el monólogo interno y el diálogo. 

Nunca fui de esas chicas con suerte tiene algo del mejor bombón de una caja de chocolates: breve, inesperado, intenso. Un libro que termina rápido pero deja un dulzor melancólico en la boca.

El 24 de mayo a las 19:00 tendrá lugar la presentación en Espacio Simona, Avenida Álvarez Thomas 661, CABA con intervenciones de Gabo Cuman, Daniela Massanet, Ivo Colonna y Luca Tombari.

Compartí