Competir contra el cuerpo perfecto: violencia estética en el deporte

👥 Un estudio de Dove revela que la mitad de las adolescentes abandona el deporte a los 14 años por vergüenza corporal. Especialistas advierten sobre las consecuencias psicológicas de esta presión. Mientras los varones suelen ser valorados por sus resultados deportivos, muchas mujeres continúan siendo evaluadas por su apariencia física.
10/06/2026

¿Qué cuerpos son considerados aptos para el deporte? ¿Quiénes pueden correr, competir, transpirar, ganar y ser admirados? Para millones de niñas y mujeres en todo el mundo, el deporte sigue siendo un espacio atravesado por desigualdades de género que limitan su participación desde edades tempranas.

Según un estudio de Dove, a los 14 años la mitad de las adolescentes abandona la actividad física debido a la vergüenza corporal. No dejan el deporte por falta de talento, disciplina o pasión: lo abandonan porque una cultura que vigila y juzga permanentemente los cuerpos femeninos les hace sentir que no pertenecen a esos espacios. Seis de cada diez chicas no se sienten cómodas con su cuerpo y casi la mitad recibió comentarios que cuestionaban si su físico era «adecuado» para determinada disciplina.

A los cuatro años, Gabriela Parigi (40) se inició en el mundo de la gimnasia artística. A los seis ya estaba federada y desde los ocho hasta los diecinueve años integró la Selección Argentina. Dejó la gimnasia en el 2004, cuando el movimiento feminista aún no tenía tanta visibilidad en la Argentina y la flacura acérrima no estaba cuestionada.

Aún tiene recuerdos traumáticos de esa época. Desde competir en malla hasta pesarse todos los días, la presión sobre su cuerpo empezó a generarle consecuencias en su comportamiento. Se obsesionó con la comida, medía cada plato que comía y se cortaba las uñas antes de cada pesaje para que la balanza indicara algunos gramos menos. 

“Era insoportable. Yo iba a los cumpleaños y comía torta escondida con culpa”, asegura la deportista que convirtió su experiencia en la obra de teatro “Consagrada. El fracaso del éxito”, que actualmente se presenta en el teatro Timbre4. “Pienso cuánto tiempo le dediqué al tema del cuerpo, del peso, a hacer cuentas de calorías, a caminar por la calle y mirarme en cada reflejo de un vidrio o una vidriera para ver si estaba gorda y todavía me angustia”, explica.

Gabriela Parigi

“La violencia estética produce efectos que van mucho más allá de la apariencia física”, explica a El Grito del Sur Andrea Vázquez, psicóloga y coordinadora del Departamento de Psicología, Deportes y Salud Mental de la Asociación de Psicólogas y Psicólogos de Buenos Aires (APBA). Ella asegura que cuando una deportista recibe comentarios permanentes sobre su peso, su figura o su aspecto corporal, entiende que su cuerpo es observado y evaluado no solamente por lo que puede hacer, sino por cómo se ve. Esto puede generar ansiedad, vergüenza, disminución de la autoestima, alteraciones de la imagen corporal e incluso favorecer Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). 

“En el deporte existe una tensión permanente entre el cuerpo como herramienta de rendimiento y el cuerpo como objeto de observación social», enfatiza. «Muchas mujeres deportistas deben responder simultáneamente a las exigencias de la competencia y a mandatos estéticos que poco tienen que ver con su desempeño deportivo. En esos casos, el sufrimiento no proviene únicamente de la práctica deportiva sino también de las condiciones culturales de la época”, aclara.

La presión estética sobre las mujeres en el deporte revela una contradicción profunda: incluso en espacios donde el cuerpo es valorado por su fuerza, resistencia y capacidad, las mujeres siguen siendo juzgadas por su apariencia. Mientras a los varones se les reconoce principalmente por su rendimiento, las deportistas suelen enfrentar una evaluación constante sobre su peso, su figura, su vestimenta o su nivel de feminidad. Sus cuerpos no solo deben competir: también deben responder a expectativas sociales que les exigen ser delgadas, atractivas y «adecuadas» para los estándares de belleza dominantes. 

«Me acuerdo que cuando dejé gimnasia y empecé a hacer terapia, le decía a mi psicóloga: ‘Necesito dejar de pensar en mi cuerpo, si estoy gorda, si estoy flaca, porque no estoy políticamente de acuerdo con pensar tanto en mi cuerpo’», continúa Parigi.

Según Vázquez, aunque hubo avances importantes en las últimas décadas, todavía existen cuerpos que aparecen socialmente más legitimados para ocupar los espacios deportivos: jóvenes, delgados, atléticos, masculinos o asociados a determinados modelos de belleza. En cambio, las mujeres, las personas mayores, las personas con discapacidad, las diversidades o quienes poseen corporalidades alejadas de los ideales dominantes suelen encontrar mayores barreras simbólicas para participar.

“La violencia estética que se ejerce sobre los cuerpos de las deportistas implica su sexualización permanente, los comentarios sobre sus cuerpos y la crítica no por sus desempeños deportivos sino sobre su apariencia. Es similar a la que reciben las mujeres en cualquier ámbito, salvo que, en el deporte, el cuerpo de las mujeres está más expuesto, y es juzgado más abiertamente por el público”, explica Lala Pasquinelli, escritora, artivista y fundadora de Mujeres Que No Fueron Tapa, un espacio que intenta hackear los estereotipos de belleza y cuestionar los mandatos de feminidad.

Pasquinelli asegura que, como la violencia de género, la violencia estética tiene una consecuencia negativa sobre el autoestima, lo que puede además incidir en el desempeño deportivo. “Si vas a competir preocupada por tu apariencia, ya estás afectada”, continúa.

Andrea Vázquez

*

Cuando Gabriela empezó a competir de manera internacional y se abrió la posibilidad de representar al país, la presión estética comenzó a aumentar. La consigna era simple y brutal: bajar 100 gramos por día. No había acompañamiento nutricional ni explicaciones sobre el impacto que esa exigencia podía tener en los cuerpos. Solo una regla: si la balanza no marcaba esos 100 gramos menos, no había entrenamiento. Quienes no cumplían eran enviadas a correr a la pista de atletismo, mientras el resto continuaba con la práctica. La escena se repetía cada mañana y cargaba un fuerte componente de exposición: primero todo el equipo se pesaba y luego el grupo se dividía. Algunas regresaban al gimnasio; otras caminaban hacia la pista. No volver con las demás era una marca visible, una señal de fracaso que se vivía con vergüenza frente a las compañeras.

Fue en ese contexto donde comenzaron las estrategias para engañar al hambre y a la balanza. “Mi papá me preparaba el desayuno todas las mañanas y yo fingía que me lo comía”, recuerda. En realidad, lo escondía. Después del pesaje, realizado en una balanza ubicada junto al gimnasio, se escabullía hacia un baño cercano donde desayunaba a escondidas lo que había guardado horas antes. Era una forma de sobrevivir a una rutina que había convertido la comida en un problema y el peso corporal en una condición para pertenecer. En 2 meses bajó 9 kilos. En ese momento fue cuando su madre la interceptó para preguntar qué le sucedía. “Mamá, me siento mal, necesito ayuda, no quiero vivir más así, no me gusta esto», fue la respuesta. 

“El cuerpo deportivo es un cuerpo ¨masculinizado¨, no se identifica con la feminidad; la violencia que se ejerce sobre esos cuerpos a través de la crítica se sostiene en la idea de que la fuerza, la potencia y la habilidad física son masculinas», argumenta Lala y explica que al entrar al deporte las mujeres están irrumpiendo en un terreno que, según se cree, no les pertenece. «Quebrarnos la autoestima, humillarnos, es la forma de expulsarnos”, agrega.

Para la abogada y fundadora de Mujeres Que No Fueron Tapa, la violencia estética en el deporte tiene mucho que ver con la industria de la dieta, ya que la delgadez es una exigencia de belleza en la feminidad. En torno a los deportes, distingue un discurso gordoodiante y un gran solapamiento de Trastornos de la Conducta Alimentaria en las dietas restrictivas que se le imponen a las deportistas. Además, asegura que hay una idea de que el cuerpo de las deportistas se masculiniza y que eso genera que pierdan la belleza. 

Lala Pasquinelli

“Sigue pasando que las niñas dejan de hacer deportes que les permiten ganar fuerza, vincularse con otras y conocer su potencia porque ellas o sus familias creen que las masculiniza o porque ellas mismas priorizan consumos como uñas semipermanentes o pestañas postizas, que se arruinarían en esas prácticas”, concluye Pasquinelli.

Incluso cuando las mujeres alcanzan niveles extraordinarios de fuerza, velocidad o resistencia, continúan enfrentándose a normas que les indican cómo deberían lucir. Los cuerpos musculosos son cuestionados por ser considerados «demasiado masculinos»; los cuerpos más grandes son señalados por no responder a los ideales de delgadez; y los cuerpos que se alejan de los estándares tradicionales suelen convertirse en blanco de burlas, discriminación o sospechas. De esta manera, muchas deportistas viven una tensión constante entre desarrollar al máximo sus capacidades físicas y cumplir con mandatos estéticos que poco tienen que ver con el deporte.

“El problema no es que algunas mujeres abandonen el deporte si lo eligen, el problema es que muchas veces son expulsadas silenciosamente de él por una cultura que sigue mirando sus cuerpos antes que sus trayectorias, sus esfuerzos o sus deseos”, finaliza Andrea Vázquez.

Compartí