Hay una escena que se repite en miles de hogares argentinos. Un pibe que vuelve a la casa de sus padres porque el alquiler se volvió impagable. Una jubilada que saca un crédito para comprar remedios. Una familia que llega al día 15 del mes con la tarjeta al límite y la cuenta bancaria en rojo. Detrás de cada deuda hay una historia, pero también una realidad colectiva: cada vez más personas necesitan pedir prestado para sostener algo tan básico como la vida cotidiana.
En la Argentina de hoy, el endeudamiento dejó de ser una excepción para convertirse en una forma de supervivencia. No se trata de consumos extravagantes ni de gastos innecesarios. Se pide plata para llenar la heladera, pagar servicios, comprar medicamentos o afrontar un alquiler. Mientras los salarios pierden poder adquisitivo y las jubilaciones se deterioran, la deuda avanza como una sombra sobre millones de personas. Además, en los barrios populares se generan microcréditos informales, extorsiones y pactos de palabra que hacen peligrar la seguridad de las familias.
En este contexto, la senadora provincial por Fuerza Patria, Mónica Macha, presentó un proyecto de ley para regular las prácticas de cobranza extrajudicial y garantizar el trato digno, la privacidad y los derechos de las y los bonaerenses.

“Cada vez son más las familias, jubilados y jóvenes que tienen que tomar deuda para poder sobrevivir. Endeudarse para vivir no puede ser la regla. Es fundamental que construyamos herramientas legislativas que regulen esta situación”, sostuvo la legisladora. Y fue más allá al señalar que “la deuda no es un problema individual, es consecuencia de un modelo económico nacional que ajusta y promueve la individualidad como salida”.
Para Macha, la sociedad argentina alcanzó este nivel de deuda por varios factores: por un lado están los despidos, tanto en el Estado como en ámbitos privados; el cierre de empresas, de comercios, e industrias. Por otro lado, la pérdida de poder adquisitivo de quienes tienen trabajo formal y el aumento de la informalidad laboral. A su vez, la falta de una ley de alquileres genera que el aumento en la vivienda haya crecido exponencialmente.
“Considero que hay un acceso muy directo a poder endeudarse porque las plataformas así lo permiten, no son solamente aquellas instancias que necesitan de la mediación de un banco, sino tantas otras instancias que permiten adquirir dinero prontamente con niveles de intereses usureros”, asegura.
Los números respaldan ese diagnóstico. Según un informe del Banco Provincia, la morosidad entre jóvenes de 18 a 21 años se duplicó durante el último año. Son miles de personas que acumulan deudas incluso antes de acceder a su primer empleo formal. Al mismo tiempo, más del 44% de las y los jubilados mantiene deudas activas: casi cuatro millones de personas que, después de una vida de trabajo, deben recurrir al crédito para llegar a fin de mes.
En la provincia de Buenos Aires, la situación es igual de alarmante. La morosidad de los hogares alcanzó el 12,8% y más de 1,4 millones de bonaerenses se encuentran en situación de riesgo crediticio medio o alto. Detrás de esos porcentajes hay noches sin dormir, llamados insistentes de empresas de cobranza, así como ansiedad, angustia y una sensación cada vez más extendida de que el futuro se volvió una cuenta imposible de pagar.
“En la provincia de Buenos Aires, los más endeudados son los jóvenes. Estamos ante un cambio de época y también del mercado laboral. La pregunta es qué destino podemos construir si estamos endeudados, fragmentados y sin tiempo para vivir”, aseguró Macha. Respecto a los jóvenes, Mónica advierte sobre la consecuencia de las apuestas online y la ciberludopatía en jóvenes. “Los pibes tienen la necesidad de contribuir con ese dinero en la casa o poder bancar algunas cuestiones de su vida cotidiana. Lo que yo escucho también en jóvenes, inclusive casi adolescentes, es un ideal puesto en el dinero y el éxito”, planteó.
Pero la deuda no sólo vacía los bolsillos: también coloniza el tiempo, los vínculos y los proyectos. Obliga a multiplicar jornadas laborales, posterga estudios, limita el descanso y transforma derechos básicos en privilegios. El endeudamiento aparece así como una de las formas más silenciosas de disciplinamiento social: una maquinaria que convierte necesidades en negocios y que empuja a millones de personas a correr detrás de cuotas que nunca terminan.
“La presión de no llegar a fin de mes se convirtió en un padecimiento cotidiano. El endeudamiento no es solo económico, también es psicológico y afecta directamente nuestras vidas y nuestros cuerpos. Cada vez más familias necesitan más de un trabajo para vivir, lo que reduce el derecho al tiempo propio, ya sea para el cuidado, el estudio o el ocio”, expresó la senadora.

Frente a este escenario, el proyecto propone poner límites a quienes hacen de la desesperación ajena una oportunidad de negocio. La iniciativa establece un marco regulatorio para empresas, entidades financieras, billeteras virtuales y agencias de cobranza que gestionan deudas de consumo. Entre otros puntos, prohíbe prácticas intimidatorias o engañosas, restringe el hostigamiento telefónico, impide la difusión de la deuda a terceros y garantiza que toda persona reciba información clara y verificable antes de cualquier reclamo.
También protege la privacidad de las personas endeudadas, evita que se contacte a familiares o lugares de trabajo y establece un plazo máximo de 90 días para las gestiones extrajudiciales antes de recurrir a las vías legales correspondientes.
La discusión de fondo, sin embargo, va más allá de los mecanismos de cobranza. Interpela a una época en la que endeudarse parece haberse convertido en una condición para existir.
“Frente a esta situación que estamos describiendo, angustiante, desbordante, caótica, es importante que desde el Poder Legislativo pensemos en marcos que regulen esta situación, que permitan llevar un poco de alivio a las familias. Porque la situación de las familias argentinas es una consecuencia directa de la política económica del gobierno de Milei”, enfatizó la entrevistada.
Cuando una sociedad entera necesita crédito para comer, estudiar o alquilar, el problema deja de ser individual. Se vuelve político. Y la deuda deja de ser solo un número en la pantalla para convertirse en una disputa sobre qué sociedad queremos construir: una donde la vida esté al servicio de los bancos, o una donde la economía esté al servicio de la vida.






