Graciosos y valientes: el día que lloró el pueblo ricotero 

🧐 La despedida de Carlos Solari reunió a miles de seguidores en un ritual colectivo donde el dolor, la memoria y la pertenencia se confundieron en una misma emoción. Entre banderas, abrazos y recuerdos, una multitud atravesó el conurbano para darle el último adiós al hombre que marcó la vida de varias generaciones.
09/06/2026

Cinco chicas de entre 38 y 45 años se suben al tren Roca en Constitución. Ya habían estado en Plaza de Mayo el viernes y el sábado, pero nunca habían estado en Villa Domínico, donde se produciría el velorio de Carlos “el Indio” Alberto Solari, un Dios pagano. No sabían por dónde se entraba al estadio Gatica, dónde era la cola, ni cuánto iban a tardar, pero sabían intuitivamente que al bajarse iban a seguir a la muchedumbre. Eran las 18.30 y ya estaba oscuro, frío y a punto de llover.

La cuarta estación del Roca estaba colmada. A esa hora los emprendedores ya habían vendido mucha mercancía; otros estaban recargando, como el puesto de Fernet que tenía a un perrito con un pañuelo ricotero como protagonista. Muy lejos de los perros coquetos que hay en la Ciudad de Buenos Aires, los sin raza caminan sin correa en el conurbano bonaerense y son saludados por todos.

Entre las calles Bartolomé Mitre y Gral. Otero estaba la entrada: un embudo incómodo donde se encontraba Toto, un pibe de unos 27 años al que habían operado y puesto dos clavos hacía pocos días. «Yo me vine aunque esté así. Es una locura, pero voy a intentar entrar. Estoy desde el mediodía», dijo e iba a intentar conquistar a una de las chicas con las que iba a ranchear. 

Foto: Belén Del Huerto

«¡No empujen, viejo, hay pibes!», gritan desde el tumulto. Los trabajadores del municipio de Avellaneda van calmando a la gente y por altoparlante repiten: «Tranquilos, todos van a entrar. Hagamos de este momento un lugar amigable para las familias».

En el predio hay varias entradas: una es para los amigos de la familia, custodiada por una fila de efectivos. Algunos están cansados, tan cansados que a uno se le cae el escudo de plástico. Estaban listos por si la situación se desbordaba.

Comienza a llover a las 20 hs. Dentro del predio no hay efectivos: hay gente con pechera del Indio y trabajadores de Avellaneda que acompañaban a las familias con niños pequeños y los asisten en todo momento. «Familias por aquí», indican.

Entrar al féretro es como entrar a un portal oscuro en el que, a la distancia, se ve el cajón brillante y la pantalla que pasaba una decena de imágenes del Indio. Se desplegaron banderas adentro, pero en silencio, mientras los organizadores decían: «Prepará tu ofrenda y el celular», que ya ibas a pasar.

Pensé muchas veces en qué llevarle. Mi compañero se sacó el dije del padre Mario —un cura que acompaña a su familia— y yo saqué de mi mochila la remera blanca con las Islas Malvinas en celeste. Habíamos estado de la mano hasta ese momento. No llevamos cámara porque no queríamos trabajar: era el Día del Periodista. Llevamos una cámara analógica a la que le quedaban diez disparos, así que había que separarse para calcular bien la luz.

Foto: Nicolás Hernández

Cuando empezamos a caminar, me puse al lado de la valla; como mido 1,50 si no estaba al lado de la valla, no iba a verlo. El velorio es como un acto psicomágico de sanación y, por algo, es uno de los rituales de la muerte que antes duraba días y hoy —como todo en la mercantilización del tiempo y la vida— dura de seis a doce horas.

Comencé a filmar y a pechear: logré llevar el celular en una mano y la remera en la otra. Se la di a una de las chicas de la valla. La miró y la puso al lado de la bandera de Argentina. Ya habían pasado miles y miles de personas y las remeras eran meticulosamente acomodadas para que se vieran todas. Casi todas eran de clubes del ascenso, de la selección argentina, de Boca y de River.

Cuando pasé la puerta, comencé a llorar. Toda esa emocionalidad brotó aún más cuando vi a toda la gente llorando. Había personas que te abrazaban y decían «fuerza». La organización sabía que había que contener la tristeza.

Foto: Nicolás Hernádez

A la distancia vi a una chica con el pelo violeta. Se llamaba Venus y tenía 28 años. «Me crié con su música y me acompañó durante toda la vida. No puedo creer que ya no va a estar», señaló. Había hecho fila desde las 10 de la mañana. «La espera te quiebra aún más, pero ya lo saludé. Una vez que llegás acá todo mejora, pero en el medio pasan tantas cosas que te alejan un poco de lo que estás por ver, por vivir. Por un lado, lo bueno es que la gente canta, festeja, eso es lindo; y después, bueno, la gente que se pasa de rosca, los que empujan, los que putean», cuenta con la voz entrecortada. Venus vio al Indio en Tandil y en Olavarría. «Tengo la fortuna de poder decir eso. Él es un ídolo y una figura irrepetible. Nunca más va a haber alguien así. No se puede tomar dimensión aún de lo que fue, pero se puede seguir pasando su palabra», manifiesta de manera litúrgica.

En las afueras del predio, algunos se descomponen y son auxiliados por el personal médico. Paralelamente, muchos hombres están llorando y gritando «¡Hasta siempre, Indio!”. Cada dos minutos hay un grito de dolor y un aplauso.

Foto: Nicolás Hernádez

En medio de esa masculinidad que encuentra sus puntos de fuga aparece Carlos de Grand Bourg, un poco con olor a birra y un poco conmovido. Tiene 44 años y llegó con su familia a las 13 hs. Luego tendrá que ir a buscar a su señora y a su hijo, al que llama Patricio hace 21 años. “Con mi mujer estamos juntos hace 23 años. Nuestra familia empezó con un colchón y un grabador con los casetes de Los Redondos. Todo esto es muy difícil. Ya no nos queda nadie. El Indio, el viejo de todos nosotros. Se nos fue un padre hoy, un padre que nos enseñó, que nos habló al oído, y cada uno sabe lo que vivió, esté bien o no».

Quizás por eso, años después, hay quienes todavía volverán a ese recuerdo: el del Indio y los Redondos. No para quedarse allí, sino para recuperar por un instante aquello que hoy parece perdido: una época, una sensación, una poética, una forma distinta de mirar el mundo.

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