La muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari obliga a una tarea incómoda. No alcanza con repasar discos, recitales o récords de convocatoria. Tampoco alcanza con enumerar canciones que ya forman parte del paisaje sentimental argentino. Hay algo más difícil de nombrar: el lugar político, cultural y afectivo que ocupó durante más de cuatro décadas.
Porque el Indio nunca fue solamente un músico. Fue una forma de mirar. Una forma de desconfiar. Una forma de pararse frente al poder.
Mientras buena parte de la cultura argentina discutía cómo ingresar a los circuitos de legitimación, Solari construyó una obra dirigida hacia otro lado. Hacia los márgenes. Hacia los desposeídos. Hacia quienes rara vez aparecían representados en las narrativas triunfales del país.
Por eso su muerte no puede pensarse únicamente como la desaparición de un artista. También marca la despedida de una voz que acompañó a varias generaciones en algunos de los momentos más difíciles de la vida argentina.

Solos y de noche
Durante años, periodistas, sociólogos improvisados y especialistas de ocasión intentaron explicar el fenómeno ricotero. Casi nunca lo lograron. Porque buscaban respuestas en lugares posiblemente equivocados.
La singularidad de Los Redondos no residía solamente en la música ni en la poesía de sus canciones. Tampoco en la mística que rodeaba cada presentación (o no exclusivamente allí). Lo verdaderamente excepcional era la comunidad que habían conseguido construir.
Las llamadas «misas ricoteras» eran mucho más que recitales. Miles de personas recorrían cientos de kilómetros para encontrarse con otras miles que hablaban un idioma parecido. Una lengua hecha de canciones, códigos y muecas, referencias compartidas y experiencias comunes.
La expresión «solos y de noche» condensaba buena parte de esa identidad. No describía únicamente una estética. Nombraba una condición. La experiencia de quienes atravesaban la vida con una mezcla de desamparo, rebeldía y búsqueda de pertenencia. La experiencia de quienes muchas veces no encontraban representación en ninguna otra parte.
Por algunas horas, aquellos recitales transformaban la soledad en multitud. Y esa transformación tenía una dimensión profundamente política. Porque en una sociedad crecientemente fragmentada, individualista y mercantilizada, los encuentros ricoteros producían algo cada vez más escaso: comunidad.
No una comunidad idealizada. Una comunidad real. Con sus contradicciones, sus excesos y sus conflictos. Pero una comunidad al fin.
Quizás por eso, miles de personas que nunca se conocieron siguen reconociéndose entre sí apenas escuchan algunas frases o algunas canciones.
No porque compartan gustos musicales. Porque compartieron una forma de habitar el mundo.

Antes y después de la muerte de Bulacio
Si existe un acontecimiento que divide la historia pública de Los Redondos, es la muerte de Walter Bulacio. La detención arbitraria, las torturas sufridas bajo custodia policial y la posterior muerte del joven de 17 años revelaron crudamente una práctica habitual de las fuerzas de seguridad argentinas: la criminalización de los jóvenes.
Mucho antes de que se hablara de gatillo fácil como fenómeno sistemático, el caso Bulacio expuso el funcionamiento cotidiano de una maquinaria represiva que encontraba en los pibes su blanco preferido. Su blanco preferido en los pibes negros.
El impacto fue enorme. No sólo para la banda. También para una generación completa.
A partir de entonces, la relación entre el mundo ricotero y las fuerzas de seguridad quedó atravesada por una desconfianza irreversible.
La salida progresiva de los recitales masivos de la Ciudad de Buenos Aires no puede comprenderse sin ese contexto. No fue únicamente una cuestión logística. Tampoco una decisión empresarial. Fue una respuesta a una forma de gestión estatal que parecía considerar a los jóvenes más como amenaza que como sujetos de derechos.
Durante décadas, los recitales de rock funcionaron como laboratorios privilegiados de control social. Requisas arbitrarias. Detenciones preventivas. Violencia policial. Estigmatización mediática. Los seguidores de Los Redondos conocieron de cerca esa realidad.
Y probablemente por eso, el caso Bulacio nunca fue percibido como un accidente aislado.
Fue entendido como una síntesis. Como la expresión más brutal de una relación desigual entre el poder y quienes siempre aparecen bajo sospecha.

La pobreza, los consumos, la voracidad del mercado
Una de las mayores virtudes de Solari fue haber logrado hablar de la Argentina neoliberal sin escribir consignas. Mientras los años noventa celebraban el consumo como horizonte de realización personal, muchas canciones del universo ricotero describían otra realidad. La de quienes quedaban afuera. La de quienes sólo podían participar como espectadores de una fiesta ajena. «Nike es la cultura» se convirtió con los años en una de las definiciones más precisas de aquella época. Porque condensaba una transformación profunda.
Ya no se trataba solamente de consumir productos. Se trataba de construir identidad a través del consumo. De medir el valor de las personas por su capacidad de compra. De reemplazar ciudadanía por mercado. Buena parte de la obra del Indio puede leerse como una crítica persistente a esa lógica. No desde el moralismo ni la nostalgia. Sino desde la observación de sus efectos concretos sobre las vidas reales. Las adicciones. La exclusión. La desesperación. La pérdida de horizontes colectivos. La sustitución del deseo por la mercancía.
Mucho antes de que estas discusiones ingresaran en la agenda pública, muchas de sus canciones ya registraban el avance de una subjetividad organizada alrededor del consumo permanente.

Los medios y los fines
La relación entre Solari y los grandes medios de comunicación fue conflictiva desde el comienzo. Y no por capricho. La distancia respondía a una comprensión bastante temprana del papel que desempeñaban los medios en la construcción de sentido.
«Divina TV Führer» sigue siendo una de las críticas más contundentes producidas por la cultura argentina contra el poder mediático. No porque denunciara operaciones puntuales. Sino porque señalaba algo más profundo. La capacidad de los medios para producir realidad. Para decidir quién existe y quién no. Quién merece atención y quién debe permanecer invisible.
Durante décadas, los grandes grupos mediáticos construyeron una imagen del fenómeno ricotero asociada al descontrol, la irracionalidad y la amenaza. La multitud era presentada como problema. Nunca como sujeto. Nunca como experiencia cultural legítima.
Solari respondió a esa mirada con una mezcla de ironía, distancia y confrontación. No buscó agradar. No buscó integrarse. No pidió permiso.
Y esa posición terminó convirtiéndose en una referencia para numerosos proyectos culturales y comunicacionales alternativos que encontraron en él un respaldo explícito cuando pocos estaban dispuestos a ofrecérselo.

¿Por qué hace a la salud mental?
La pregunta puede parecer extraña.
¿Qué tiene que ver el Indio con la salud mental? Mucho más de lo que suele suponerse.
Porque detrás de la estética oscura, del humor ácido y de la complejidad poética aparece una preocupación permanente por el sufrimiento humano.
La soledad. La exclusión. El amor. La locura. Las adicciones. La pérdida. La fragilidad.
Temas que atraviesan gran parte de su obra. Pero también de sus intervenciones públicas.
Su respaldo a organismos de derechos humanos, a medios alternativos, a luchas sociales y a espacios de memoria nunca fue decorativo. Respondía a una convicción profunda.
La de que una sociedad se define por el modo en que trata a quienes más sufren.
Por eso no sorprendió verlo acompañar a Madres y Abuelas. Ni respaldar iniciativas vinculadas a derechos humanos. Ni convocar públicamente a movilizaciones en defensa de la memoria colectiva. Ni recibir el reconocimiento de la Universidad de Buenos Aires.
Tampoco sorprendió que los pañuelos blancos acompañaran su despedida. Había una coherencia. Una línea ética que atravesó toda su vida.

Una ética y una política ante el sufrimiento
Quizás allí resida el núcleo más perdurable de su legado. No está en los récords ni en las convocatorias. Ni siquiera en las canciones. Sino en una sensibilidad.
La sensibilidad de los desangelados. De los inocentes. De los renegados.
De quienes aparecen una y otra vez en sus letras. La sensibilidad de quienes saben que el sufrimiento no es una falla individual sino una experiencia atravesada por relaciones sociales, económicas y políticas.
En tiempos donde casi todo parece reducirse al éxito personal, la obra del Indio insistió en otra dirección. Recordó la importancia de los vínculos. Del amor. De la solidaridad.
De las causas colectivas. De las resistencias compartidas.
Quizás por eso tanta gente siente hoy que no murió solamente un músico.
Murió alguien que durante décadas ayudó a nombrar dolores que no tenían nombre. Alguien que ofreció compañía cuando predominaba la intemperie. Alguien que construyó una patria improbable para quienes rara vez encontraban lugar en las patrias oficiales. La patria de los desangelados.
Y esa patria, aun sin él, probablemente siga existiendo. Esa patria que se nutrió de gente que caminaba abrazada y calma. Una marea humana que peregrinó, cual feligresía, hasta llegar al lugar en que descansaba el cuerpo de quien supo nombrar lo insoportable de la vida, para denunciarlo, para hacerlo colectivo. Para no matar el tiempo a lo bobo.
*Andrea Vázquez es Psicóloga. Doctora en Psicología. Profesora Adjunta de Salud Publica y Salud Mental II. Facultad de Psicología. Universidad de Buenos Aires. Integrante de la Asociación de Psicólogas y Psicólogos de Buenos Aires.






