Hay verdades que no nacen de los hechos, sino del orden de lo que se dice. En el habla periodística, el primer enunciado suele volverse ley. Lo que aparece primero organiza la lectura, fija sentidos, clausura preguntas. Pero basta correrse apenas de lo que circula para advertir que las historias no son tan cerradas como parecen: en sus pliegues aparecen dudas, contradicciones y la sospecha de que lo sólido no son los hechos, sino las palabras que los nombran.
Y, sin embargo, qué peso tienen esas palabras. No solo describen: construyen realidades, ordenan discursos y delimitan lo verdadero y lo falso. En ese gesto, los medios no solo narran el mundo: lo administran. Ahí es donde la responsabilidad de comunicar deja de ser una consigna indefinida para volverse urgente. Porque detrás de cada pantalla —de un televisor, de un celular— no hay una audiencia abstracta: hay personas. Con historia. Con cuerpo. Con dolor.
Cuando lo hacen sin perspectiva de género, lo que administran —y muchas veces legitiman— es la violencia. Porque las palabras no son inocentes. Nunca lo fueron.

Decir que la perspectiva de género “no sirve”, es no querer entender, o peor, es entender demasiado bien que se pierde cuando se la incorpora. Porque no adorna el discurso sino que lo desarma. Obliga a incomodar, a romper esa economía narrativa que vuelve consumible la tragedia, que transforma la violencia en espectáculo y a las víctimas en personajes.
No todas las historias se cuentan igual. No todos los cuerpos importan lo mismo. Hay muertes que se investigan y muertes que se narran. Hay violencias que se nombran y otras que se maquillan. Y hay algo particularmente obsceno en cómo se cuentan los femicidios: se los dulcifica, se los romantiza, se los vuelve historias de amor fallidas, de “excesos”, de “errores”. Como si la violencia fuera un accidente y no una estructura.
En el autoritarismo del habla mediática no hay lugar para la duda, pero sí para la distorsión. Los enunciados se legitiman por repetición. Así, una mujer asesinada por su pareja puede convertirse en “una historia de amantes que decidieron morir juntos”. No hace falta probarlo: alcanza con decirlo, repetirlo, instalarlo. El lenguaje no solo nombra: también encubre. Y ese encubrimiento no es ingenuo: es político. Por eso, llamar a las cosas por su nombre también es una forma de disputar sentido.
A mi prima la mataron. La mató su novio, Valentín Alcida. Y aún muerto, su palabra pesó más que los hechos. La carta que dejó circuló como verdad incuestionable. Se le creyó más a un femicida que a la evidencia.

Los medios hicieron el resto: titularon antes de investigar, cerraron antes de preguntar, afirmaron antes de saber. Incluso nosotros, su familia, fuimos expulsados del derecho más básico: saber. Mi tía se enteró de la muerte de su hija por un titular que hablaba de suicidio. No hubo cuidado. No hubo responsabilidad. Hubo primicia.
Horas más tarde, la causa fue caratulada como femicidio. Pero para entonces, la operación ya estaba hecha: la historia de los “amantes trágicos” ya circulaba, ya había sido consumida, ya había producido sentido. Y lo que viene después —la corrección, la complejidad, la verdad— llega siempre tarde como la justicia. Porque, como tantas veces, el daño ya está hecho.
Concordando con lo que dice Orlandi Eni (1999), el discurso nunca es neutro. No es un simple vehículo de información, sino un campo de disputa donde se producen sentidos entre sujetos atravesados por contextos sociales e históricos. En esa producción intervienen ideologías, pero también historias personales: quién escribe, desde dónde, para quién. Y también, aunque muchas veces se oculte, sobre quién se escribe.

Por eso, incorporar perspectiva de género en los medios no es un gesto académico ni una moda: es urgencia política. Es negarse a que la violencia siga siendo contada en términos que la justifican, la suavizan o la vuelven tolerable. Porque no, no es lo mismo decir “crimen pasional” que decir femicidio, no es lo mismo hablar de “amantes” que de víctima y victimario. No es lo mismo. Y esa diferencia que algunos insisten en minimizar, es en realidad una línea de disputa.
Entonces la pregunta ya no es cómo se cuenta una historia. Es quién tiene el poder de contarla y a quién deja afuera. Llegue a la conclusión de que el mundo no perdió la empatía, sino que aprendió a elegir donde ponerla. Y donde no llega, no es ausencia: es decisión.
En ese recorte, también se mata. No con armas, sino con palabras. No en los cuerpos, sino en el sentido. Por eso me pregunto: ¿qué hacemos con el dolor cuando lo volvemos noticia? ¿Perdimos la humanidad al narrarlo? ¿O es, precisamente, en la forma de contarlo donde todavía se juega la posibilidad de recuperarla?








