El 10 y 11 de junio, mientras México afinaba los preparativos para recibir el evento deportivo más importante del planeta, las madres buscadoras realizaron una vigilia y concentración para recordarle al mundo que en el país hay más de 134 mil personas desaparecidas. Querían llegar hasta el Estadio Azteca —rebautizado como Estadio Ciudad de México para la Copa del Mundo— y hacer visible una consigna tan simple como incómoda: no puede haber fiesta si miles de familias siguen buscando a sus seres queridos. Pese a que las actividades eran completamente pacíficas, no las dejaron llegar.
Allí donde el fútbol promete fiesta global, ellas sostienen otra escena: la de la ausencia.

Para las madres buscadoras de México, no hay un Mundial que distraiga. Las atraviesa el vacío. En un país donde la violencia dejó de ser excepción para convertirse en paisaje, encarnan una forma radical de resistencia: buscar cuando el Estado no busca, preguntar cuando las respuestas no llegan, insistir cuando todo empuja al olvido.
Son mujeres —principalmente madres, pero también hermanas, esposas, hijas— que salieron a los caminos para buscar a sus desaparecidxs. Frente a la inacción institucional, se organizaron en colectivos que recorren campos, desiertos y periferias urbanas. Levantan piedras, excavan tierra, revisan registros, interrogan pistas fragmentarias.
Buscan restos en fosas clandestinas, pero también buscan en vida: en cárceles, hospitales, centros de rehabilitación, cualquier lugar donde todavía pueda haber un indicio, una respiración, una historia interrumpida. La búsqueda es, al mismo tiempo, duelo y militancia.
El marco legal existe, al menos en el papel. En 2017 se aprobó en México la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas y Desaparición Cometida por Particulares, una normativa que prometía fortalecer los mecanismos de búsqueda e investigación. Sin embargo, los números cuentan otra historia: entre 2006 y 2019, la Comisión Nacional de Búsqueda registró más de 61 mil casos de personas desaparecidas, y las cifras actuales superan las 134 mil personas no localizadas.
El Grito del Sur dialogó con Tranquilina Hernández Lagunas, mamá de Mireya Montiel Hernández -desaparecida el 13 de septiembre del 2014- y fundadora del colectivo universitario de Familias Resilientes.

¿Cómo surgieron las madres buscadoras?
Más que madres, son familias buscadoras. Surgen a partir de la necesidad de salir a buscar a nuestros familiares porque las autoridades no responden y solo mandan oficios a las instituciones como la Cruz Roja, hospitales, etc. Al tener respuestas negativas, no se genera una búsqueda inmediata. Por eso las familias decidimos unirnos, empezamos a tomar talleres de leyes, de cómo identificar cuerpos, también empezamos a trabajar con la Ley General de Víctimas, con el protocolo homologado. Todo surge de la necesidad de buscarlos, de saber qué pasó con ellos desde el amor que tenemos a nuestras familias.
¿Cómo es la situación de las madres buscadoras con el nuevo gobierno de Claudia Sheinbaum?
La verdad es que yo no he visto ningún cambio. Yo ya no sé con cuál estamos peor, con cuál estamos mejor, si con Peña Nieto, con AMLO o ahora con Claudia. Pensábamos que con Claudia íbamos a estar mejor, pero realmente no fue así, ya que minimiza las desapariciones, la cantidad de desaparecidos, la violencia. Ahora con el Mundial quiere reflejar un México seguro y armonioso cerrando calles. Quiere que las personas que vienen de otros países no se den cuenta de la realidad que estamos viviendo y vengan a divertirse, mientras todos los demás estamos mal.
¿Creen que la Copa de Fútbol funciona como pantalla para ocultar el conflicto social y político del narcotráfico y la desaparición de personas?
Claro que el Mundial es una pantalla porque están dando a ver otra cara de México. Al estar de festejo, con esta euforia del juego, obviamente logran tapar lo que sucede. Me recuerda al 2 de octubre de 1968, cuando fue la matanza de Tlatelolco, justamente durante el Mundial. Los estudiantes estaban protestando mientras se llevaba a cabo el campeonato y los granaderos hicieron una matanza de inocentes. Ahora también nos han rodeado los granaderos en las marchas y por supuesto da miedo, pero siento que el miedo no me debe paralizar porque más miedo tuvo mi hija cuando se la llevaron y más miedo debe estar pasando ahora porque no sabe qué va a suceder con su futuro.

De acuerdo con los datos recopilados hasta el 16 de mayo, entre los desaparecidos hay 104.833 hombres y 29.027 mujeres. ¿Por qué existe esta diferencia?
Sobre las cifras de desapariciones y cuál es la diferencia entre las mujeres y hombres, hay que reconocer que en estos momentos desaparecen más hombres, porque se los lleva el narco. El narco se los lleva para sus trabajos, los recluta. A las mujeres sabemos que se las llevan para la prostitución y también para el trabajo. A los niños para venderlos, a la gente que no puede tener hijos también se los venden. Ahí tenemos la venta ilegal de órganos, que compra la gente pudiente. Además, esa es una cifra oficial, hay mucha gente que no hace la denuncia, ya sea por miedo o por ignorancia. A esas cifras las multiplicamos por dos o tres porque consideramos que hay muchas más familias en el abandono.

¿Qué violencias sufren ustedes como madres por buscar?
Como madres buscadoras, siempre sufrimos que nos juzguen. Nos dicen que seguramente no habíamos educado bien a nuestros hijos, que somos unas viejas revoltosas. Piensan que nosotras hacemos visibles los rostros de nuestros hijos por gusto, porque no tenemos nada que hacer en nuestras casas. Sufrimos mucha revictimización tanto de la población como de los gobiernos. Nuestro dolor para ellos no es legítimo, nuestro dolor para ellos es cualquier cosa. Hasta que no lo vivan, no van a sentir lo que nosotras sufrimos. No van a saber lo que es que nos digan: «ay, pues seguramente se fue con el novio”, “seguramente andaba en malos pasos». Este tipo de críticas que no nos llevan a nada, aunque tu hijo sea el peor del mundo, merece ser buscado.
¿Los feminismos se hacen eco del reclamo de las buscadoras?
Cuando desaparecen a una mujer, ya sea para extorsionar a alguien, para prostituirla o porque les caía mal, casi siempre se convierte en un homicidio, porque finalmente las matan. Entonces sí, hay muchas feministas que se unen a nuestro dolor, porque a final de cuentas yo pienso que si encuentro a mi hija sin vida, también se convierte en un feminicidio.






