Ni Una Menos: no queremos acostumbrarnos a contar muertas

💜 A once años del primer Ni Una Menos, familiares de víctimas de femicidio compartieron historias atravesadas por el dolor, la impunidad y la búsqueda de justicia. Una crónica sobre la memoria colectiva que sostiene uno de los movimientos más importantes de la Argentina contemporánea.
04/06/2026
Foto: Nicolás Hernández

Once años después de aquel primer grito, desencadenado por el femicidio de Chiara Páez en Rufino, Santa Fe, Ni Una Menos sigue siendo mucho más que una consigna. Es la memoria de quienes ya no están y la voz de quienes se negaron a aceptar el silencio como destino. Es el nombre de una herida colectiva, pero también de una fuerza capaz de transformar el dolor en organización, la bronca en lucha y el miedo en comunidad.

Cada femicidio nos recuerda que detrás de las cifras hay vidas truncadas, proyectos interrumpidos, familias atravesadas por una ausencia imposible de reparar. Pero Ni Una Menos también nos recuerda que ninguna muerte ocurre en el vacío: detrás de cada caso hay desigualdades, violencias naturalizadas y un entramado social que todavía debe ser cuestionado.

Fotografía: Nicolás Hernández

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Manuel Iglesias lleva una boina marrón y un sweater azul tejido, tapado por una pechera blanca. En ella está la cara de su hermana, Laura Iglesias, trabajadora social del Patronato de Liberados Bonaerenses de Miramar. Laura fue asesinada el 29 de mayo de 2013. Pocos días antes de marchar, la familia conmemoró los 13 años. 

El día de su muerte, Laura iba a trabajar en su vehículo. Como había llovido el día anterior y vivía en las afueras, en una calle de tierra, su auto quedó encajado. Se fue a trabajar y en la tarde volvió a recuperar su auto. Fue la última vez que la vieron. “A partir de ahí no sabemos más, hasta que al día siguiente ya se encuentra el cuerpo sin vida”, relata Miguel. Laura fue golpeada y violada. Si bien hay un responsable preso, la familia sospecha que estaría implicada la policía de Miramar, ya que el modus operandi fue similar al caso de Natalia Melmann, violada y asesinada en esta misma ciudad en el año 2001.

“No investigaron la posible complicidad, ni los antecedentes del grupo al que pertenecía el acusado. Un chico de la banda se suicidó, otro se mudó. Nosotros le marcamos a la fiscal un montón de cosas raras y ella miraba por otro lado, siempre apuntando a este muchacho y no se quería mover de ahí”, relata.

Ante la inactividad de la fiscal, la familia recurrió al superior inmediato, el fiscal general Fabián Uriel Fernández Garelo. Cuando Miguel lo investigó, descubrió que se trataba de un ex policía con acusaciones de la Comisión Provincial por la Memoria de secuestrar gente durante la dictadura. 

Actualmente Miguel milita en la organización “Atravesados por el femicidio” buscando interpelar a otros varones, para lo cual realiza videos con referentes como Adolfo Pérez Esquivel y León Gieco, entre otros. 

“A través de sus tutelados y sus compañeros fui conociendo aspectos de mi hermana y del ser súper humilde y extraordinario que era”, relata. Y agrega: “el detalle es que era un ser de luz”.

Fotografía: Nicolás Hernández

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Según el documento oficial, entre el 3 de junio de 2015 y el 24 de mayo de 2026 se registraron al menos 3205 casos de víctimas letales de violencia de género: 3144 femicidios directos y vinculados, 46 transfemicidios y travesticidios, y 15 instigaciones al suicidio. 

Uno de esos femicidios fue el de Alicia Beatriz Soledad Vallejos, hermana de Daniela, asesinada el 14 de agosto de 2016 por su pareja de ocho años, Rubén Fernández Noguera. Habían tenido una discusión previa y ella, asustada porque él estaba armado, se metió debajo de la cama. Él la sacó de los pelos y a muy poca distancia le disparó a la nuca. El 17 de noviembre de 2021 se le otorgó cadena perpetua, pero todavía no tiene una condena firme. “La condena no me la va a devolver”, explica Daniela.

La hermana de Alicia denuncia que el femicida tiene redes sociales y le permiten utilizar el celular dentro de la cárcel, desde donde sube historias destinadas a Alicia todos los días 14. Además, tiene visitas higiénicas y una nueva pareja. “Yo tengo que estar acá marchando, mientras él sube historias dedicadas a Ali. Yo cada mes le tengo que llevar una florcita. Me siento en un banco a contarle ‘tu sobrina va para los 22 años, tu sobrina va para los 20, tu sobrina favorita cumplió 16’. ¿Y él? Dos veces por semana tiene visita, tiene nueva mujer y usa TikTok”, declara Daniela.

“A Ali me la mató él, o sea me la arrebató”, explica. Sin embargo, lo que quiebra a Daniela es relatar cómo los recuerdos se desdibujan en su mente con el paso de los meses. “Me estoy olvidando de su risa. Me estoy olvidando de que me cargaba porque ella era fanática de Racing y yo de Boca. Me estoy olvidando de cómo era que me mandaba un mensaje. Yo tengo que venir acá a decir «Alicia, presente» porque la mató 29 días antes de cumplir 24”.

“Nadie me la devuelve, ni siquiera la perpetua. Él se baña, respira, él ve el sol, él juega, él sube historias a su Instagram y yo me estoy olvidando todo”, lamenta.

Fotografía: Nicolás Hernández

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El triple femicidio de Florencio Varela conmocionó al país por la brutalidad del crimen y la corta edad de las víctimas. Brenda del Castillo y Morena Verdi, ambas de 20 años, y Lara Gutiérrez, de 15, desaparecieron en septiembre de 2025 y fueron halladas días después asesinadas y enterradas en una vivienda de esa localidad bonaerense. La investigación judicial sostiene que los crímenes estuvieron vinculados a una represalia narco y derivaron en la detención de varios sospechosos. 

El caso también abrió un debate sobre la relación entre violencia de género y narcocriminalidad: las mujeres suelen quedar expuestas a múltiples formas de violencia en entornos atravesados por redes delictivas, ya sea como víctimas directas, familiares o integrantes de comunidades donde el Estado tiene una presencia limitada. En ese sentido, los feminismos exigieron la necesidad de analizar estos crímenes no solo desde la lógica del delito organizado, sino también desde una perspectiva de género.

“Se siente como que retrocedimos al 20 de septiembre, cuando pasó lo de mis nietas”, explica Antonio, abuelo de Brenda y Morena, primas entre sí. “Si nos callamos nos van a pasar por arriba y los chicos no se merecen tener una muerte tan cruel”. 

Sobre los recortes en materia de géneros que está implementando el Gobierno, Antonio asegura que no le entra en la cabeza lo que está sucediendo en el país: “Yo soy jubilado, cobro la mínima, mi familia vive con custodia, y me tuve que mudar de provincia acá para poder trabajar a partir de mi jubilación. Espero que este apoyo de toda la sociedad sirva para que recapaciten un poco”. 

La mamá de Lara, Estela, está al lado de Antonio. Lleva un pañuelo violeta sobre la frente y glitter en composé en los pómulos. Cuando se le consulta, explica que el femicidio de Agostina removió todo lo que le había sucedido, ya que Lara tenía apenas un año más que la niña. 

Estela asegura que es su segunda marcha, pero le hubiera gustado estar ahí desde hace años, atravesada por la marea. “Me hubiese gustado venir antes, pero me tuvo que tocar a mí para poder estar hoy apoyando, tanto a las que no están como a las que estamos presentes para darles voz. Uno nunca se espera estar de este lado, ¿no?”, pregunta sabiendo que no hay respuesta correcta.

¿Cómo te gustaría que la recuerden a Lara?, pregunta esta cronista. “Que la recuerden de la mejor manera porque ella está presente siempre, con una linda sonrisa y con el pedido de justicia en su boca”, responde.

Fotografía: Nicolás Hernández

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Los familiares se juntan, se saludan, se sacan una foto. No saben bien qué mueca corresponde hacer con la cara, pero algunos esbozan una sonrisa. Otros mantienen el rictus serio. Entre ellos destaca Paula Ortiz. Lleva un conjunto gris jaspeado y anteojos de marco rojo.

Paula es la tía de Micaela Rascovski, quien tenía 26 años, vivía en el barrio porteño de Villa Ortúzar y estudiaba Medicina al momento de su muerte. Fue víctima de femicidio el 13 de abril de 2021 en manos de quien era su pareja, con quien convivía. “Lo absolvieron en un juicio bochornoso, donde nos dijeron que no había pruebas suficientes para condenarlo como abandono de persona y mucho menos como femicidio”, explica.

En el caso de Micaela, la Justicia accionó mal desde un principio: se ocultaron pruebas, no le tomaron la denuncia a la familia hasta pasados los 28 días y nunca se analizó el segundo de los ADN que se encontró debajo de las uñas de Micaela.

“Nos tomaron la denuncia en la fiscalía de Patricio Lugones después de que casi tuviéramos que ir con las fotos del cuerpo de Micaela toda golpeada dentro del cajón”, relata Ortiz. Micaela no había hecho denuncias previas, pero antes de ser asesinada le dijo a su familia: “si me pasa algo ya saben quién fue’. Su cuerpo tenía golpes de larga y reciente data al morir. En la Cámara de Casación tuvieron la misma postura que en el juicio. Sin embargo, su tía asegura que no descartan la posibilidad de recurrir a organismos internacionales. 

“Yo misma en el velatorio le acomodé los nudillos porque Micaela se defendió con uñas y dientes. En sus uñas hay ADN de dos masculinos que la Justicia no vio ni quiere ver. Dejó libre al femicida y nunca buscó el segundo”, asegura Paula.

“Micaela está toda golpeada, tiene 13 golpes en el cuerpo. Lo digo en presente porque Micaela está dentro de un cajón con los nudillos pelados, con los tobillos hinchados, con una mirada de tristeza porque ella vio a la persona que amaba matarla, porque ella lo amaba, pero no podía con las adicciones ni su violencia”, continúa narrando Paula. 

 “Cada vez que hay un femicidio, cada vez que hay un asesinato, una muerte en sí, me atraviesa”, explica sobre el femicidio de Agostina Vega. “Me sentí totalmente identificada con el tío, con su dolor. Vivimos viéndolas crecer a ellas y que arrebaten a nuestras sobrinas nos destruye totalmente”, asegura.

“Cuando quedás tan vacío, no tenés miedo. Perdés totalmente el miedo. Le perdés miedo al femicida, a los cómplices, al Poder Judicial y a todos los que están involucrados. No les tenés miedo. Te pueden venir como lobos y nosotros vamos a seguir defendiéndolas”, concluye.

Fotografía: Nicolás Hernández

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“Este gobierno ejerce un antifeminismo de Estado que nos ataca mientras fomenta la violencia y la crueldad como único vínculo social. Nuestros feminismos hacen comunidad en cada barrio, escuela y sala de salud. Hacemos redes para construir las vidas que queremos vivir para todas, todes y todos”, se escuchó alrededor de las seis de la tarde en el documento leído por la cantante jujeña Cazzu, la actriz feminista Thelma Fardín y la locutora Liliana Daunes, todas paradas sobre un escenario de tablones montado al frente del Congreso. 

A lo largo de estos años, millones de mujeres y diversidades ocuparon las calles para decir que sus vidas importan, que la violencia no es un asunto privado y que la indiferencia también tiene consecuencias. Gracias a esa lucha, temas que durante décadas fueron ocultados o minimizados comenzaron a discutirse públicamente. Lo que antes se callaba hoy se nombra; lo que antes se soportaba hoy se denuncia.

Sin embargo, la existencia misma de Ni Una Menos sigue siendo una evidencia dolorosa de que la tarea está lejos de terminar. Mientras haya una mujer que viva con miedo, una niña que crezca aprendiendo a cuidarse más de lo que puede soñar, una víctima a la que se le pida explicaciones por la violencia que sufrió, el reclamo seguirá vigente.

Ni Una Menos no es solamente recordar a las que faltan. Es defender a las que están. Es construir un mundo donde vivir no sea un privilegio ni una apuesta. Es sostener la convicción de que ninguna vida vale menos por ser mujer. Y es seguir repitiendo, con la misma urgencia que el primer día, que no queremos acostumbrarnos a contar muertas cuando lo que merecemos es celebrar vidas.

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