No estamos locas, estamos agotadas: salud mental y feminismo

🫨 Ansiedad, depresión, trastornos alimentarios y sobrecarga emocional atraviesan con mayor fuerza a mujeres y adolescentes. Historias de maternidad, estigma y violencia en un sistema que todavía minimiza el sufrimiento psíquico.
02/06/2026

P. es agente de propaganda médica, tiene 38 años y un hijo. Sus padecimientos de salud mental comenzaron a los 11 años con un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA), pero la problemática se profundizó en la adultez, cuando se deprimió luego del abandono de su expareja y padre de su hijo de dos meses. Al hablar de transitar la depresión siendo mujer, es tajante: el mundo te subestima.

“Siempre se tiende a invalidar. Hay un sinfín de frases hechas que hacen que una pierda el norte. Una está mal y encima tiene que lidiar contra el entorno que no está entendiendo el padecimiento”, revela.

Un estudio de The Lancet, difundido por la Agencia de Noticias de la Universidad Nacional de Quilmes, estima que cerca de 1200 millones de personas —un 14 por ciento de la población mundial— sufren problemas de salud mental. La cifra representa casi el doble de lo registrado en 1990. Entre los sectores más afectados, aparecen los adolescentes de entre 15 y 19 años y las mujeres de todas las edades.

«Mi vida empezó a ser un descontrol entre el puerperio, las hormonas y no poder hacer un proceso de duelo tranquila. Estaba tan angustiada que tenía dificultad para sonreírle a un bebito recién nacido por estar inmersa en ese terrible dolor», continúa.

La Organización Mundial de la Salud advierte que la depresión es aproximadamente una vez y media más frecuente entre mujeres que entre varones. Además, más del 10 por ciento de las mujeres embarazadas o que acaban de dar a luz experimentan depresión a nivel global. Mientras intentaba sostener la crianza de un bebé, P. debía sostenerse a sí misma. “Todo el mundo te exige que estés mejor por tu hijo, te exigen excelencia y que te metas los miedos por el orto”.

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Como muchas personas, V. comenzó con problemas de salud mental durante la adolescencia. Entre los 14 y 15 años aparecieron los primeros síntomas: una fobia social que la llevó a aislarse y a evitar reuniones o vínculos. Más tarde comenzaron los síntomas de un TCA, que derivaron en una anorexia nerviosa severa y explotaron a los 18 años.

“Nadie lo sospechaba antes porque casi no salía de mi casa, hasta que se dio cuenta mi mamá porque se me fue de las manos”, recuerda. En 2019 sufrió una convulsión a causa del TCA y comenzó un tratamiento intensivo en un hospital de día, al que asistió tres años. Durante ese período empezó a fumar para aliviar la incomodidad que le generaba comer. “Le decía el pucho digestivo”, relata. La práctica terminó convirtiéndose en una adicción que sostiene hasta hoy.

En 2021, V. tuvo un intento de suicidio que derivó en una internación psiquiátrica y en un diagnóstico de bipolaridad. “Tuve algunos intentos más después de eso. En 2024 decidí internarme voluntariamente para evitar llegar al filo, ya que tenía pensamientos muy malos”, explica. Actualmente continúa en tratamiento y asegura sentirse más estable, aunque todavía atraviesa desbalances emocionales.

“En una mujer que va a buscar atención en salud mental, los objetivos terapéuticos se dibujan en torno a los estereotipos”, explica Sara Del Valle, licenciada en Psicología (UBA), docente universitaria y tallerista. “Para las mujeres, sigue siendo mucho más difícil hablar de un diagnóstico de salud mental o contar que están atravesando algún problema”.

Según el estudio citado, los padecimientos de salud mental que más crecieron en las últimas décadas fueron la ansiedad, en un 65 por ciento, y la depresión, en un 41 por ciento. También aumentaron los trastornos de la conducta alimentaria entre 17 y 22 por ciento. La prevalencia de ansiedad y depresión es mayor entre mujeres, especialmente a partir de los 15 años.

El miedo al estigma atraviesa el ámbito laboral. V. cuenta que, durante el psicotécnico y el preocupacional, decidió no mencionar ni su historia clínica ni los medicamentos que toma por temor a no ser contratada. Tampoco habla sobre el tema con sus compañeros. 

“Tengo compañeros que tuvieron que pedir licencia psiquiátrica y muchas personas hablan de eso como si fuera algo malo, como si estuvieran locos. Eso me hace sentir menos segura de contar mis temas porque van a juzgarme”, enfatiza V., de 26 años. “No importa lo bien que uno trabaje, te van a juzgar por atrás solamente por tener una patología de salud mental”.

“Muchas no hablan porque sienten que puede costarles el trabajo. Todavía no existe una comprensión real de la salud mental: cuesta entender que una persona puede tener ataques de pánico y, al mismo tiempo, trabajar, sostener una rutina y llevar adelante su vida”, aclara Del Valle. Para ella, ese silencio también termina enfermando. “Las mujeres que atraviesan estos padecimientos tienen que ponerse una careta para moverse en el mundo, esconder lo que les pasa para no ser juzgadas. Mientras eso siga ocurriendo, la salud mental va a seguir ocupando un lugar de tabú”, reflexiona.

Según P., la depresión trae aparejada estereotipos que confunden y desinforman. “La depresión está vista como estar tirado en la cama triste, pero yo al mismo tiempo tenía que hacer un montón de cosas, es decir, todo lo que implica criar a una persona”, describe. “Pasaba por muchos vaivenes emocionales: ira, enojo, bronca e incapacidad de autorregularse, que es algo que se aprende de otro”.

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L. tiene 40 años, es documentalista y migrante desde hace casi una década. De niña sufrió un abuso sexual por parte de un conocido de la familia. Tenía 6 años y en ese momento algo se rompió: le empezó a costar relacionarse con varones, explorar su sexualidad y generar vínculos. A los 19 comenzó a tener pensamientos intrusivos, sensación de no querer vivir más, le costaba dormir y tuvo un intento de suicidio con pastillas. “Terminé en una guardia con lavado de estómago. Pasé dos días durmiendo. Son recuerdos muy vagos, pero sé que me desperté y nunca más se habló de eso en mi familia”.     

Después de la pandemia, todo lo que parecía apenas contenido volvió a desbordarse. Regresaron la ansiedad, la frustración y una cadena de vínculos fallidos que, cuenta, la dejaron emocionalmente exhausta. Los pensamientos empezaron a oscurecerse y a repetirse con intensidad. “Pensaba en tirarme por una ventana, desde un lugar alto, desde el río”, recuerda.

Los días comenzaron a mezclarse entre el insomnio, la ansiedad y la automedicación. Fumaba cada vez más. Dormir era imposible. Estaba sola en otro país, lejos de su familia, sin trabajo y sin esa rutina laboral que —dice ahora— durante mucho tiempo le había servido para “parar la cabeza”. El silencio, la incertidumbre y la sensación de estar suspendida en una vida que ya no reconocía terminaron por derrumbarla. En medio de ese espiral, fueron sus amigas las que intervinieron. Las que insistieron, acompañaron y pusieron en palabras lo que ella todavía no podía nombrar. 

Para la psicóloga entrevistada, el vínculo entre mujeres y medicación es como la metáfora del huevo y la gallina: no sé sabe si las mujeres toman más antidepresivos o el comportamiento de las mujeres está más patologizado. “Si una mujer está alterada o nerviosa, la medicación surge como el primer recurso”, asegura.

Al mismo tiempo, se les pide a las mujeres y feminidades que conserven el temple en medio de una época donde la moneda de cambio es el pluriempleo, la precarización y las dificultades de la vida cotidiana. “No tiene que ver con que afecten sólo a las mujeres estas vivencias, tiene que ver con que se popularizaron un montón de diagnósticos estereotipados. Se usa la medicación porque la mujer tiene que seguir funcionando en un sentido capitalista, machista, teniendo que parar la olla, cuidar a sus hijos o cuidar al familiar enfermo”, continúa del Valle.

Las entrevistadas sostienen que el malestar no puede pensarse separado de las condiciones materiales en que viven muchas mujeres. Hablan del cansancio como algo que se acumula en el cuerpo, pero también en la cabeza: jornadas interminables, trabajos precarizados y la sensación permanente de no llegar nunca. Ese esfuerzo constante —tener varios trabajos, sostener tareas de cuidado, administrar lo que no alcanza— termina produciendo desgaste. Agotamiento, ansiedad, angustia. Y también una vulnerabilidad más profunda, menos visible. “Yo pude hacer todo el tratamiento porque el psiquiatra me proveía la medicación, sino no hubiera podido costearlo”, revela la migrante.

“La charla sobre salud mental está cada vez más habilitada entre mujeres, pero también porque la imagen es que el macho no necesita nada”, reflexiona P. y asegura que una mujer que tiene que cuidar a toda su familia, muchas veces no tiene tiempo para esparcirse o generar estrategias de cuidado para su salud mental. En ese sentido, los mandatos de género también moldean las formas en las que el sufrimiento es leído y tratado. Mientras históricamente a los varones se les habilitaron formas de descarga física —incluso violentas—, muchas mujeres terminan medicalizadas, estigmatizadas o etiquetadas como “locas”.

“Vas a un psiquiatra y, en vez de decirte que estás estallada de responsabilidades, te dan un clonazepam y un antidepresivo”, cuestiona P. “Yo, de haber tenido ese momento de escape, tal vez no hubiese llegado a todo lo que llegué”, asegura. Además de estas violencias estructurales, la joven sufrió abuso sexual por parte de un psiquiatra, experiencia que hasta hoy le resulta difícil poner en palabras.

“Algo que para mí no cambió es la sobrecarga de trabajo», enfatiza Del Valle. «En épocas de crisis económica, los varones se deprimen mucho más porque sienten que están perdiendo algo de lugar de macho proveedor, del privilegio, del control de un montón de situaciones. Entonces, las mujeres -además del trabajo que están teniendo y la sobrecarga de tareas de cuidado- tienen que acompañar al hombre. Es mucho para soportar”, asegura. “Lo interesante sería que ese enojo se pueda canalizar en algún tipo de acción política, más allá del malestar individual. Revertir esta situación de una manera activa”, finaliza.

Hablar de salud mental implica mucho más que nombrar diagnósticos. También supone discutir las condiciones de vida, las desigualdades, los mandatos y las violencias que atraviesan especialmente a las mujeres. Detrás de cada historia, hay personas que intentan sobrevivir mientras cargan con el peso de ser juzgadas, minimizadas o silenciadas. Y aunque cada vez más voces se animan a contar lo que antes quedaba oculto, todavía persiste una pregunta incómoda: cuánto sufrimiento debe soportar alguien antes de que su dolor sea tomado en serio.

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