En 2023, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a la soledad no deseada como una amenaza crítica para la salud pública. Pero mucho antes de convertirse en estadística, la soledad ya venía creciendo en silencio, como una grieta íntima que atraviesa cuerpos, vínculos y ciudades. Hoy, uno de cada cuatro adultos jóvenes experimenta aislamiento social y la propia OMS estimó que, para 2025, una de cada seis personas atravesaría situaciones significativas de soledad no deseada. La pandemia terminó de profundizar esa herida: el encierro, el derrumbe de la vida comunitaria y la ausencia de contacto físico dejaron marcas en la autoestima y en la psiquis colectiva. Un estudio epidemiológico incluso comparó los efectos de la soledad crónica con fumar quince cigarrillos por día.
De esas ausencias, de los modos de habitar el aislamiento y también de las pequeñas formas de resistencia afectiva, habla “Mosaicos. Formas de soledad en el Siglo XXI”, el nuevo libro de Victoria O’Donnell editado por El Gato y la Caja. Entre crónicas, entrevistas y ensayos, la autora arma un mapa sensible de esta época hiperconectada, donde las pantallas prometen cercanía mientras muchas veces agrandan la distancia entre las personas.

¿Cómo se hace para estudiar la soledad?
Yo vengo de la epidemiología y suelo pensar en términos de porcentajes y estadísticas. El libro me obligó a hacer un cambio de registro hacia la crónica, que me llevó a pensarla de otra forma. Considero que una forma de estudiar la soledad es escuchando. Escuchando mucho porque el libro habla sobre las nuevas formas de soledad, en plural. Existen un montón de formas de soledad nuevas, existen un montón de formas de padecerlas, existen un montón de formas de resolverlas. Así que principalmente fue escucha, mapeo y definiciones nuevas, porque vamos a tener que incorporar un montón de herramientas teóricas y de palabras diferentes. Probablemente las personas que se están dando cuenta de su soledad se sienten atravesadas de una manera u otra por la vergüenza, la culpa o la sensación de falla e insuficiencia, así que también implica una forma de estudio bastante sensible.
Distinguís que en inglés hay dos términos para nombrar la soledad: soledad-desolación (loneliness) y soledad-solitud (solitude). ¿Cuál es la diferencia? ¿Existen otros tipos de soledades?
Sí, en inglés hay dos términos y en japonés hay tres. Una es la soledad positiva, que tiene que ver con el silencio, el aburrimiento, el arte y la capacidad de crear cosas. Otra es la soledad no deseada, que se descompone a su vez en otras: puede ser aislamiento, sensación de soledad, en ser más introvertida, etc. Por último, está el hambre de piel o de contacto, que no es un tipo de soledad, pero sí es alguna dimensión de ella. Hay estudios que evidencian que cuando las personas nos tocan, nos abrazan y nos dan un beso, nos sentimos mejor. Tiene impacto en los biomarcadores, te baja el estrés hormonal y te sube la felicidad. Más allá de eso, hay soledades que tienen que ver no solo con las personas, sino con las instituciones. Ahí hay un concepto que es desamparo, desolación y sucede cuando sentís que nada te contiene políticamente ni tenés horizonte de eso. Eso es más común en las clases populares y en los chicos.
¿La soledad afecta igual a todas las clases sociales y a todas las edades?
No. La soledad para las personas mayores tiene que ver con que no las ciuden y en los jóvenes tiene que ver con que no tienen amigos o que sienten que la profundidad de sus vínculos es tan superficial, que nadie llega a entenderlos por completo. Después en las mujeres pasa algo particular, que es la soledad post parto o la soledad dentro de las parejas.
En las clases bajas también hay más sensación de soledad porque por un lado tenés vínculos muy densos, pero a la vez esos vínculos tan densos no son de amistad, no son los de tener un tiempo de conocerte o desarrollar una identidad como en un espacio propio. Además, la compañía o la capacidad de tener amigos y vínculos sexo-afectivos tiene que ver con las condiciones de posibilidad: que tengas tiempo, plata, energía. Eso en las clases más bajas no está.

Algunas de las tramas de supervivencia que generamos en la pandemia tienen que ver con la soledad y perviven hasta hoy (pienso en el home office o el Zoom). ¿Cambió la forma de relacionarnos?
Si, se modificó. Ahora existen encuentros por Meet que en otro momento hubieran sido cafés. Si bien es más cómodo y a veces posibilita encuentros que no podríamos tener de otro modo, perdimos toda una dimensión del entendimiento del otro que tiene que ver con el lenguaje no verbal. Antes te mirabas a los ojos y ahora no sabés si mirás la cámara o la pantalla. También el home office modificó nuestras relaciones. Antes el trabajo era un ordenador de la existencia y ahora con la informalidad laboral y las plataformas, dejó de serlo. Al tener menos terceros espacios como clubes, centros culturales e iglesias que te hagan salir de tu casa a cierta edad, tus vínculos están mediados por el trabajo, que era el último resquicio de la sociabilidad.
Hablás de cómo la IA empieza a reemplazar a las parejas. ¿Cómo se desenvuelven los vínculos amorosos en este contexto de apps de citas, noviazgos con IAs y sexting?
En todo este contexto que hablábamos antes, de repente tenés una inteligencia artificial que podes armar a tu medida: siempre está disponible, siempre tenés el control de la conversación, siempre te dice que sos genio. Además no implica poner nada en riesgo, ya que podes hablar de manera ilimitada de tus temas, no va a tener una agenda propia, no se enferma, no tenés que cuidarlo, no tenés que hacer nada más que desplegar tu show, etc. Respecto a las apps, creo que fue cambiando en el tiempo: hubo un momento en que las apps realmente resolvían un problema que era salir del círculo de siempre, pero fueron mutando y ahora son otra cosa.

En diferentes países como el Reino Unido y Japón ya existen Ministerios de la Soledad, pero también hubo propuestas o áreas similares en otros países como Alemania, Canadá o Australia. ¿Qué pensás de esas experiencias?
Me parecen experiencias muy positivas, en el sentido que son países que ya tienen mapeado el problema y las formas de abordarlo. Permite entender que cómo convivimos entre nosotros es tan importante que merece un ministerio. Yo no creo que sea un problema que se resuelva solo desde la política pública. Me parece que son muchos los niveles que tienen que estar involucrados, incluida la reforma del sistema sanitario, lo comunitario y cuestiones más personales. Hay muchas cosas que no se abarcan solo con un ministerio de la soledad.
Me interesa cómo abordás la salud mental de manera transversal en todo el libro, pero quería enfocarme en el capítulo 9 dónde relatás los lazos que se forman en el aislamiento de una internación psiquiátrica. ¿Por qué elegiste ese tema? ¿Crees que dentro de este tipo de aislamiento también pueden haber vínculos y estrategias para paliar la soledad?
Elegí ese tema porque trabajo en salud mental. Creo que las internaciones son como la cárcel en el sentido de que el castigo es el confinamiento solitario, es la forma de lidiar con ese emergente sintomático. Otra cosa que me pareció muy interesante es que en general el estereotipo de loco es el que está hablando con otros. También venía pensando esto de la psicosis y esas voces que se escuchan.
Este relato tiene algo que ver con que a través del dolor se puede construir comunidad: por ejemplo, personas con consumos problemáticos que de repente encuentran en un grupo un nivel de vínculo que no habían tenido nunca. Eso funciona entre las personas internadas pero también entre los médicos, médicas y profesionales de la salud mental que participan, que se ven en situaciones tan extremas que forjan vínculos muy zarpados. Esos vínculos son muy profundos porque lo que atravesaron otros no lo van a entender. Haberlos necesitado hacen que no se den por sentado.






