39 días y 500 noches: salud mental y Mundial

Durante décadas el mercado prometió reemplazar las experiencias colectivas por consumos individuales. Sin embargo, cada Mundial demuestra que todavía existen experiencias cuyo sentido depende precisamente de ser compartidas.
23/07/2026

I. Un país 

Durante treinta y nueve días Argentina volvió a parecerse a un solo país. No porque hubieran desaparecido las desigualdades, las discusiones políticas o las preocupaciones cotidianas. Tampoco porque el fútbol tenga la capacidad mágica de resolver aquello que la economía o la justicia no consiguen. Lo que ocurrió fue otra cosa, acaso más modesta y al mismo tiempo más profunda: durante poco más de un mes millones de personas compartieron una misma conversación.

En tiempos en que los algoritmos organizan nuestras experiencias en burbujas cada vez más pequeñas, donde cada teléfono construye una realidad distinta y cada red social administra públicos segmentados, el Mundial produjo un acontecimiento casi excepcional. Volvimos a mirar lo mismo al mismo tiempo. Las diferencias no desaparecieron, pero quedaron atravesadas por un relato común.

No deja de resultar llamativo que ese fenómeno ocurriera precisamente en Estados Unidos, el país que mejor expresa la expansión global de una cultura organizada alrededor del consumo, la competencia y el rendimiento individual. Allí donde el deporte suele convertirse en espectáculo, negocio y entretenimiento permanente, la selección argentina volvió a recordar que el fútbol también puede ser otra cosa: una experiencia afectiva, una forma de pertenencia y un lenguaje compartido. Quizá por eso el Mundial nunca sea únicamente fútbol. 

Durante décadas el mercado prometió reemplazar las experiencias colectivas por consumos individuales. Sin embargo, cada Mundial demuestra que todavía existen experiencias cuyo sentido depende precisamente de ser compartidas.

Quizá por eso las celebraciones argentinas vuelven a producir cierta incomodidad fuera del país. Porque muestran una forma de felicidad que no pasa exclusivamente por consumir sino por encontrarse. Una alegría  desordenada, ruidosa, popular, difícil de administrar desde los dispositivos habituales del entretenimiento.

En esa escena también se juega una disputa por la salud mental. Porque el sufrimiento contemporáneo no se explica sólo por procesos individuales. También tiene que ver con el debilitamiento de los lazos sociales, con la creciente soledad y con la dificultad para construir experiencias compartidas. 

Durante treinta y nueve días millones de personas volvieron a sentir que formaban parte de una historia común. Y en un tiempo donde casi todo parece empujarnos hacia la fragmentación, eso ya constituye un acontecimiento político.

II. Ganar y perder

Asistimos a una época obsesionada con el rendimiento. La lógica del éxito se ha extendido mucho más allá del deporte hasta convertirse en una forma general de organizar la vida. Hay que producir más, entrenar más, estudiar más, emprender más, descansar mejor para volver a rendir mejor. Las redes sociales transforman cada experiencia en una oportunidad para exhibir resultados y el fracaso adquiere cada vez menos derecho a existir.

En ese contexto resulta particularmente interesante observar qué fue lo que la selección argentina decidió mostrar de sí misma durante este Mundial.

Porque, aun cuando el resultado acompañó, el relato nunca quedó reducido al triunfo. Desde el comienzo apareció otra narrativa. La del grupo. La de los afectos. La del disfrute. La de los vínculos.

Durante años el deporte profesional quedó atrapado entre dos modelos igualmente insuficientes. Por un lado, el romanticismo, que suponía que alcanzar el máximo nivel dependía solamente del talento. Por otro, una visión extremadamente utilitarista donde cada jugador aparecía reducido a un recurso destinado a maximizar resultados.

La experiencia reciente de la selección parece proponer un camino distinto.

No niega la exigencia. No desconoce la competencia. Pero recuerda algo que muchas veces queda olvidado: las personas juegan mejor cuando también pueden habitar espacios de confianza.

Ese punto resulta especialmente relevante para el campo de la salud mental. No porque desaparezcan los conflictos, sino porque existen condiciones para tramitarlos colectivamente.

Quizá allí resida uno de los mayores aprendizajes que deja este equipo.

La grupalidad no se decreta. Se construye.

Y se construye mucho antes del partido.

III. El DT

Durante años el fútbol argentino creyó que dirigir consistía, sobre todo, en ejercer autoridad. El entrenador aparecía como el dueño de la verdad, el conductor infalible, el que hablaba poco y ordenaba mucho. En ese paisaje cultural, Lionel Scaloni introdujo algo bastante más profundo que un cambio táctico. No es casual que, cuando se le pregunta por las razones del éxito, rara vez responda hablando de sistemas de juego. Habla del grupo. Del respeto. Del compromiso. De la confianza. De la posibilidad de equivocarse sin que eso implique una condena definitiva. En un deporte donde el error suele pagarse con humillación pública, esa diferencia no es menor.

Quizás por eso resulte más interesante pensar en una ideología Scaloni que en un método Scaloni. Porque lo que ha construido excede ampliamente los resultados deportivos. 

En tiempos donde buena parte del management empresarial insiste en convertir el liderazgo en una colección de recetas motivacionales, este entrenador ofrece una enseñanza bastante más sencilla. Cada vez que Scaloni habla del fútbol infantil o de los clubes de barrio, lo hace desde una preocupación que excede la formación de futuros profesionales. Más de una vez insistió en que los chicos deben jugar para divertirse. Parece una frase obvia. Sin embargo, en el contexto actual adquiere un carácter profundamente político. Porque hoy la infancia deportiva está sometida a presiones que hace apenas dos décadas resultaban impensables. Padres que filman cada entrenamiento para subirlo a redes sociales. Representantes que detectan talentos cada vez más pequeños. Plataformas que convierten cualquier partido en contenido. Empresas que buscan patrocinadores antes que deportistas. Casas de apuestas que esperan consumidores futuros. El juego comienza a ser observado desde muy temprano como inversión.

Frente a ese escenario, recordar que un chico juega para disfrutar constituye casi un acto de resistencia cultural.

No sorprende, entonces, que la selección haya incorporado profesionales de distintas disciplinas, entre ellos psicólogos deportivos. La presencia de la psicología aparece integrada al funcionamiento cotidiano, despojada de espectacularidad. No se trata de intervenir únicamente cuando alguien entra en crisis. Se trata de comprender que los equipos también necesitan espacios para elaborar presiones, frustraciones y conflictos antes de que se transformen en padecimientos.

Tal vez allí resida una de las enseñanzas más importantes de este proceso. La salud mental no consiste solamente en reparar lo que se rompe. Consiste también en construir condiciones para que muchas cosas no lleguen a romperse.

En una época donde el rendimiento parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, el modo Scaloni recuerda que incluso en la competencia más exigente sigue existiendo lugar para el cuidado. 

IV. El juego y jugar

Si este Mundial deja alguna enseñanza que excede largamente el resultado deportivo, probablemente tenga que ver con una pregunta bastante sencilla: ¿qué significa jugar? La pregunta parece infantil. Sin embargo, pocas cuestiones resultan hoy más urgentes.

Vivimos en una época donde casi todo aquello que antes pertenecía al tiempo libre comienza a ser colonizado por la lógica del rendimiento. El juego tampoco escapó a esa transformación. 

En ese contexto, la selección argentina pareció ofrecer un relato inesperado. Mientras alrededor del Mundial crecían las apuestas online, los algoritmos multiplicaban contenidos personalizados y hasta una versión creada con inteligencia artificial de Maradona era utilizada para promover plataformas de juego, dentro del campo aparecía otra escena. Un grupo de jugadores celebrando como chicos. 

Quizás por eso millones de personas volvieron a sentirse representadas. No únicamente porque Argentina llegó otra vez hasta el final. También porque durante varias semanas el fútbol recuperó algo que parecía estar perdiendo: la posibilidad de construir comunidad. No conviene idealizar. El fútbol sigue atravesado por desigualdades, intereses económicos, violencia y disputas políticas. 

Desde la perspectiva de la salud mental, el problema nunca fue el fútbol. El problema aparece cuando el mercado consigue transformar cada aspecto de esa experiencia en una mercancía. Allí el juego deja de ser juego. Y cuando eso ocurre no solamente cambia una industria. Cambia también la forma en que aprendemos a desear.

Quizás el mayor legado de esta selección consista en haber recordado, en medio de un tiempo obsesionado con monetizarlo todo, que todavía existen experiencias cuyo valor no puede medirse en dinero.

Y que un chico que hoy patea una pelota en un potrero, en un club de barrio o en una plaza debería seguir creyendo que juega, antes que nada, porque jugar produce alegría. Defender esa idea quizá sea una de las tareas culturales más importantes del presente. No solamente para el fútbol. También para la salud mental. Porque, después de todo, una sociedad empieza a perder algo de sí misma cuando olvida que hay actividades cuyo sentido consiste, precisamente, en no servir para otra cosa que hacernos un poco más libres. Por eso celebramos que jugar siga siendo un juego.

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