En el Barrio Padre Ricciardelli -ex Villa «1-11-14» viven casi 13 mil personas, según el censo de Barrios Populares Informales realizado en 2022. Esta urbanización data de la década de 1930 y alrededor de un cuarto de sus habitantes son niños y adolescentes. La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo transcurren las vidas de estos chicos?
Cuando uno camina por las calles del Barrio Ricciardelli, se observa a los chicos unidos por el deporte. Cerca de las distintas entradas a la villa, sin importar el momento del día, hay múltiples canchas de fútbol. Caminando por la calle principal, se ve el imponente Estadio Pedro Bidegain, sede del Club Atlético San Lorenzo desde hace más de 40 años. Sin embargo, para mucha gente del barrio no es el campo de juego más importante.
“Ellos no se identifican con nosotros y nosotros no nos identificamos con ellos”, dice un vecino. Incluso el Club Riestra, históricamente muy ligado al barrio, se distanció un poco luego de su reciente crecimiento deportivo. Lo que llama más la atención y se lleva todas las miradas es el «potrero». En un pequeño rango de cuadras siempre hay chicos jugando al fútbol y al voley, entre otros deportes. Estos campos de juego se comparten entre todos los habitantes, incluso llegando a jugarse torneos durante los fines de semana, en los que cualquiera puede acercarse a ver.
Leo Demonty, militante peronista que vive hace casi 40 años en el barrio, cuenta en diálogo con El Grito del Sur: “acá cuando hay campeonatos se pone lindo, se llena de gente y aprovechan mucho el espacio, participan todos. Sobre todo, lo bueno es que no hay ningún referente que se quiera apropiar de las canchas. Nadie puede venir y poner un candado, esto se comparte. Un domingo venís y ya a las 8 de la mañana tenés a la comunidad boliviana, después a las 12 del mediodía está la comunidad paraguaya, y así hasta la tarde”.
De todas formas, estas canchas tienen distintos nombres o historias: por ejemplo está “La cancha del pollo”, la más usada y apodada así por la época en la que un chico -al que llamaban “el pollo”- se dedicaba a cuidar el lugar para que todos pudieran usarlo y ningún bando se la apropie con segundas intenciones. Éste quedó para su uso en comunidad, y hasta tienen unas pequeñas gradas. Actualmente hay quejas de los vecinos por el estado del césped, un sintético que es prácticamente una alfombra, ya muy levantada, con muchos agujeros y baches. Por ello responsabilizan al Gobierno de la Ciudad.

Otro espacio deportivo barrial es la “placita de los niños/campito”. Demonty señala: “Antes era una cancha de 11, muy hermosa. Pero el GCBA decidió hacer este parque y después nunca más apareció, así quedó en abandono total. Lo único que hacen es venir a poner árboles”. Cabe destacar que, además de la arena desparramada por el césped y el mal estado de la alfombra, el alambrado que rodea la cancha está prácticamente todo salido. Estas dos canchas fueron achicadas por el Ejecutivo porteño sin consulta previa a los vecinos. No obstante, en la plaza mencionada -que limita con el Barrio Rivadavia- también se aprovecha el espacio para dar clases de boxeo y artes marciales mixtas. El primero tiene gran tradición en el barrio, ya que es el lugar de nacimiento y actual residencia del ex campeón nacional de boxeo Jesús Romero.
Otro lugar que se encarga de fomentar la cultura y el deporte es el Instituto Parroquial Santa María Madre del Pueblo, una escuela que contiene los niveles maternal, primario y secundario, y le abre las puertas a los niños del barrio. “Hay maestros que vienen los sábados, sin que nadie les pida, y dan talleres de música. Eso no se los paga nadie, lo hacen porque creen en los chicos y en su vocación. La escuela también tenía una orquesta”, explica Leo. Frente a la escuela hay unas canchas donde el alumnado va a hacer Educación Física y que están abiertas las 24 horas para su libre uso. A unas 10 cuadras, incluso hay otra cancha más, en este caso de cemento, la cual se utiliza para practicar futsal sin costo alguno.
También hay dos clubes de barrio: el Club Villa Miraflores y el Club Social y Deportivo Bajo Flores. Ambos son claves para darle un segundo hogar a los chicos y funcionan también como lugares de prevención de consumos problemáticos. Club Social y Deportivo Bajo Flores funciona como una escuela donde se aprende deporte, pero también promueve valores como la convivencia, la solidaridad, el diálogo y el respeto por el otro. Cabe señalar que un objetivo del club es lograr la participación de los padres y reforzar los vínculos con sus hijos.
“Concebimos el deporte no desde un lado competitivo estricto que promueve rivalidades y enfrentamientos, sino desde un espacio de encuentro con uno mismo y con los demás, una herramienta de socialización”, plantea el club como proyecto. Conversamos con Daniel Quiroz, referente del Club Bajo Flores. “Desde el año 2009 construimos un club social con espacios para fútbol infantil y femenino. Venimos tratando hace unos años consumos problemáticos, tenemos talleres de prevención, tratamos el tema de la violencia, la reducción del consumo de las pantallas, la ludopatía, el alcoholismo, las bebidas energizantes y distintos consumos, en articulación con Adicciones de Ciudad de Buenos Aires y Trabajo Social de la UBA», plantea.

Quiroz agrega: «En conjunto con los entrenadores, los adolescentes y los referentes, queremos implementar un proyecto de abordaje a estos tipos de consumos. Cada día después de la pandemia, estos problemas los notamos cada vez más y hay mucho sufrimiento. Creemos que es importante armar más talleres de nutrición, de identidad, de cuidados, y hay que fortalecer el deporte en este contexto, a partir del trabajo colectivo y barrial. Además, tenemos que escuchar a otros referentes para seguir aprendiendo, porque nadie se salva solo».
El Barrio Ricciardelli no espera que nadie venga a salvarlo. Lo que encontró, lo armó con lo que tenía: sus potreros para todos, docentes que dan clase los sábados, un club que habla de convivencia antes que de goles. El deporte no es una política pública ni forma parte de un proyecto gubernamental. Es la respuesta que la comunidad construyó frente a la ausencia del Estado. Una ausencia marcada en las plazas inauguradas y abandonadas, césped roto que nadie repone. Lo que llama la atención, caminando por el Ricciardelli, no es la precariedad. Es la vitalidad. La cantidad de cosas que pasan en ese pequeño rango de cuadras. El deporte es el hilo que une todo eso. No como escape, sino como forma de estar juntos.






