Contra la historia. Contra su historia. En el fútbol actual puede pasar cualquier cosa: desde campeones inesperados hasta selecciones como Cabo Verde llevando al alargue al campeón del mundo. Pero la eliminación de Brasil, a manos de Noruega, dos a cero con dos goles de Erling Haaland, fue algo más. No fue sorpresiva. Se puede ganar o perder, pero no hay peor pecado que no merecer. Al menos no para Brasil.
Los números son elocuentes. Brasil cumplirá en 2030 veintiocho años sin salir campeón mundial, superando el momento de mayor sequía de su historia: los famosos “veinticuatro años después de Pelé”, entre 1970 y 1994. Para los celosos de la estadística: en términos técnicos, el período más prolongado se dio entre el inicio de la Copa del Mundo (1930) y el primer trofeo levantado por la “verdeamarelha” (1958). También veintiocho abriles, pero con dos Mundiales que no se jugaron (1942 y 1946) y en una realidad futbolística muchísimo más compleja que la actual.
Hablamos de una crisis compleja: en los últimos seis mundiales Brasil pasó solo una vez los cuartos de final: fue en 2014, de local, cuando perdió 7 a 1 contra Alemania, en el peor partido de su historia. Ganó una de las últimas seis Copas América y en la última edición (2024) ni siquiera llegó a semifinales.

Las razones son variadas y complejas: un fenómeno multicausal. Una generación alejada de las grandes luces en las que brillaban Ronaldinho, Ronaldo, Kaká, Cafú, Roberto Carlos y compañía; una enorme expectativa en planteles que no pueden absorber presiones; algún atisbo de mala suerte (en 2018 podría haber vencido a Bélgica); la aparición de selecciones mejores como Argentina, España, Francia y varias otras. Y muchos etcéteras.
No obstante, en el último lustro hay un elemento que se sumó a todos los anteriores. De acuerdo con un informe del sitio de información deportiva Táctica, el fútbol brasileño se encuentra en un bajo período de exportación de jugadores nacidos en su suelo: está octavo en el ranking que engloba el quinquenio 2020-2024, por debajo de Francia, Argentina, Inglaterra, Dinamarca, Nigeria, Suecia, Ghana. En la misma línea, las nuevas reglamentaciones dejan más lugar para jugadores extranjeros en la liga local: del 8,5% en el peso total del 2019 al 21,4% en 2025. Menos jugadores brasileños fuera, menos dentro: la selección, nutrida por su suelo, perjudicada.
¿A qué responde esto? A las presiones existentes por la privatización del fútbol. A fines de 2021 se promulgó la Ley 14.193 (Ley de Sociedades Anónimas del Fútbol) que abrió las puertas a los capitales privados en el gerenciamiento de los clubes. Estos agentes, muchos de ellos extranjeros, presionan para mejores condiciones a la hora de los negocios, lo que achica el lugar de los futbolistas locales, que son los que luego se ponen la camiseta amarilla.
Esto conlleva, además, otros condicionamientos. La medida fue política: una caña para que los capitales tiren al río. No hace falta que todos los clubes sean 100% privatizados para que llegue el mensaje.

Eso construye condiciones para que sea el poder económico el que fije características de los campeonatos y los calendarios, y no la Confederación Brasileña; genera tendencias en las que la venta de los jugadores al extranjero para realizar negocios es más importante que su formación. Neymar se quedó del año 2010 al 2013 en el Santos, algo hoy imposible con los jugadores existentes. ¿Sólo culpa de las SAD? No, pasó acá con River Plate en el caso Franco Mastantuono y pasa en Brasil con jugadores como Enrick y Estevao, que salieron de esa sociedad sin fines de lucro llamada Palmeiras. Pero es una tendencia.
Los “clubes-empresa” se vuelven filiales internacionales. El caso de Botafogo es un ejemplo claro: campeón de América 2024, su dueño John Textor desarmó una parte del equipo para pagar las deudas del Lyon de Francia, de la misma franquicia. ¿Eso perjudica, acaso, al fútbol brasileño? No hace falta una respuesta si la pregunta es tan obvia.
Alguien podría contraargumentar que los daños son escasos en una relación costo-beneficio, dado que los brasileños son más fuertes desde las SAD. Desde esta tribuna opinamos que no es cierto, no solamente por una defensa férrea del carácter social del deporte, sino también con pruebas empíricas: catorce de los veinte clubes que compitieron el año pasado en el Brasileirao son SAD. No lo son ni Flamengo, campeón de América y subcampeón intercontinental, ni Fluminense, último semifinalista del mundo, ni Palmeiras, subcampeón de América.
El poderío económico pasa por otro lado: los derechos televisivos, el crecimiento en el peso en la economía mundial pero, sobre todo, el sostenimiento del Real frente a la divisa mundial y su crecimiento proporcional frente a monedas como el peso argentino (único fútbol americano comparable) en un contexto de fútbol dolarizado de facto luego de la mundialización post “Ley Bosman” (aquella reglamentación que permitió más cupos extranjeros en el mundo y vehiculizó la fuga de jugadores a Europa). De hecho, la gran diferenciación en el plano continental entre el fútbol de la canarinha y la Liga Profesional de este suelo se dio luego del 2018, momento de inestabilidad económica y monetaria en pleno gobierno macrista; y no a partir de las SAD brasileñas que, como ya fue dicho, fueron implementadas en 2021.

Además de una separación del carácter popular del deporte, el avance en la privatización deteriora los armados de selecciones nacionales, incluso en la pentacampeona del mundo. La Selección Brasileña, so SAD.






