Un colectivo de la línea 106 dobla en la esquina y frena sobre la avenida Carlos H. Perette, detrás de la estación de ómnibus de Retiro. La calle está llena de comerciantes y se puede conseguir desde una tortilla hasta una camiseta de la Selección Argentina, que en pleno Mundial resulta indispensable. Gran cantidad de gente camina y observa los diferentes puntos de venta: aunque sin mucha actividad comercial, algunos frenan y compraban lo mínimo o simplememente preguntan los precios. El frío cala en los huesos y, si bien son las tres de la tarde, se anticipa una noche helada, acompañando al recién llegado invierno. El cielo celeste, después de unos cuantos días de lluvia, recuerda el color de la bandera nacional, manto sagrado que le hace justicia a la canción: “El cielo nació en Buenos Aires”.
La Gendarmería camina en dirección contraria, saliendo del barrio. Los uniformes marrones y verdes acompañan las botas militares y las escopetas a un costado de la cintura. Los vecinos del barrio también se encuentran en movimiento, en actitud de volver de sus trabajos o yendo hacia allí. Los comercios están abiertos, sin tanta gente adentro, y llama la atención una señora que compra medio kilo de pan para tomar unos mates o una tortilla mientras aguarda la llegada del colectivo.
Las calles se encuentran limpias y se comienzan a ver las primeras construcciones del barrio, entre los pasillos que aluden al ingreso a las viviendas. Los perros y gatos caminan a la par, sin un lugar fijo donde parar, siendo libres, con mucho estilo e impronta, siendo parte del paisaje. Más a la derecha, en una visible estación de policía, se divisa el nombre “Destacamento de Prevención de Delito del Barrio Mugica”.
La zona comercial termina y los perros continúan paseando. El Ministerio de Educación cuenta con una estructura de color blanco que suma pinturas y, unas cuadras más adelante, pareciera ser una mini-ciudad dentro de la caótica metrópolis porteña. Un mural de Diego Maradona y Néstor Kirchner aparece y sorprende por su altura, acompañado por una estructura de hierro que se ilumina de noche. Junto a Silvana Olivera, referente barrial, nos acercamos a la casa de Lorena, quien trabaja de cartonera y sufrió recientemente la quita de su carro por parte del gobierno de Jorge Macri.
Silvana Olivera cuenta que el barrio se construyó a partir del esfuerzo de los vecinos, quienes ampliaron las calles para que sea más fácil transitar. Los cartoneros caminan junto a sus carros por el barrio y se los puede ver en grupo, mientras juntan lo que creen que puede servirles. Lo que nadie quiere o lo que otras personas considerarían un desecho, para ellos y ellas es su fuente de trabajo principal y su manera de llevar el pan a la mesa. Si bien en el imaginario colectivo se instaló que esta profesión era la última de las opciones, Lorena comenta que es un legado que recibió de su madre. Ella creció observando el sacrificio de ese trabajo, de las horas debajo del sol que quemaba terriblemente en verano y de la transpiración de sus manos, hasta las largas caminatas en invierno donde la noche caía cada vez más temprano y la necesidad no te permite elegir si continuar trabajando o descansar.
En la última calle del barrio, una serie de edificios grises con ventanas hacia la calle se presentan en fila como si fuera una estructura perfecta. Un grupo de tres hombres empujando un carro saludan con un sólido “buenas tardes” que repiten al unísono.
-Ya todos venimos con raíces de cartoneros y a nosotros nos quedó esa historia, nunca lo vimos como un problema. Hasta ahora. Arrancamos con esta situación difícil hace dos años cuando nos atacaron en el medio de la noche, estábamos durmiendo, teníamos los carros cargados de cartón y de repente nos encontramos con que Espacio Público venía para llevarse nuestro principal elemento de trabajo. Mi marido se paró detrás de los carros para que no se los lleven. Y ahí empezó todo.
Se nota el cansancio en su voz y hasta una pizca de resignación. Lorena hace alusión al desgaste del proceso luego de tanto tiempo peleando por su situación.
-Somos entre 80 y 100 cartoneros solamente del barrio organizados por este tema. Nosotros buscamos técnicas para poder seguir, salimos igual a trabajar aunque nos secuestren los carros, nos repriman o golpeen. De tres carros que teníamos, nos queda sólo uno. Presentamos un amparo para que nos permitan trabajar.
-Es por eso que la jueza que lleva nuestro caso ordena al Gobierno de la Ciudad que nos incorpore al sistema a través de la normativa correspondiente, la ley N° 992, la cual indica que se nos debe dar capacitación y respetar como recolectores de residuos. Con una orden del juez, intentamos que nos den un carnet de habilitación para poder ejercer. Asimismo, que se nos incluya en el Registro Único Obligatorio Permanente de Recuperadores de Materiales Reciclables. Para ello hicimos una capacitación en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en la cual nos entregaron un diploma. Ahora tienen que cumplir, pero a los tres días apelaron la resolución.

-¿Bajo qué argumento apela el gobierno porteño?
-Nos respondieron que deben ocuparse las doce cooperativas de cartoneros que ya existen y ellas tampoco están colaborando con nosotros porque la jueza mandó a hacer una supervisión de altas y bajas y los cupos no eran los que decían para que podamos trabajar. Se pasan la pelota entre las organizaciones también.
-¿Cuál sería el problema del trabajo de ustedes? ¿Cuál es el argumento?
-Desde que asumió Jorge Macri tenemos más problemas, porque es una política de “ciudad limpia”, donde no tenemos lugar y nos excluyen. Dijeron que si nos ven en el centro nos sacan el carro, la mercadería y tenemos que pagar una multa. Y encima si logramos luego de pagar que nos devuelvan el carro, nos lo dan todo roto y de esa forma no podemos usarlo. Tampoco nos dieron una mesa de diálogo para poder comentar el tema. Yo tengo 47 años y este trabajo lo hacía mi mamá, es un oficio de más de 50 años. Lo que buscamos es que nos regularicen como trabajadores.
-Los cartoneros salimos adelante gracias al laburo del barrio, solos no vamos a poder. Yo estoy orgullosa de mi barrio y estoy siempre de este lado, es lo que a mí me dio vida. Todas las herramientas que tuve para pelear con mis compañeros me las dio el barrio y los vecinos. Cuando el gobierno me ataca o me reprime, los vecinos están para ayudarme y si no pueden, están para visibilizar. Cuando no das más, el otro te da una mano.
Dos o tres familias entran al edificio y saludan. Enfrente de la casa de Lorena hay un descampado con una gran vegetación que sólo ocupa lugar y junta desechos, espacio desaprovechado que los cartoneros desean usar para poder hacer trabajos de reciclado.
-Nos organizamos en asambleas porque hay muchos compañeros que todavía no pueden trabajar al no contar con sus carros. No tienen trabajo ni pueden pagar el alquiler donde viven, ni tampoco darse el gusto de poder elegir qué comer y terminan en la puerta de un comedor. Hay 70 comedores en todo el barrio, todos repletos, de familias enteras. La gente que antes comía en su casa, hoy come en la olla.
Nos despedimos de Lorena y comenzamos a caminar en dirección hacia la salida del barrio. El cielo ya no es celeste y la visibilidad comienza a bajar; algunos vecinos vuelven del trabajo, otros salen a barrer la vereda y los comercios empiezan a bajar sus persianas.
El barrio se comienza a hacer cada vez más chico, no así las historias que quedan adentro: a ellas no las borra el frío, la distancia ni la indiferencia. La Ciudad de Buenos Aires sigue su ritmo vertiginoso, mientras tanto miles de cartoneros y cartoneras buscan el sustento de sus familias bajo el miedo de ser violentados o despojados de su herramienta de trabajo.






