“Para todos yo era la violada del pueblo”, cuenta Enerina (26) al diario Clarín. Hoy vive en Córdoba, donde estudia Derecho, lejos de Médanos, la localidad del partido de Villarino donde, a los 17 años, fue víctima de una violación grupal.
“Era una adolescente que fue violada por sus amigos. ¿Cómo podía construir vínculos amistosos? Sentía que no había nada más para mí; ellos me sacaron las ganas de vivir”, relató en esa misma entrevista.
Enerina conocía a todos los imputados. Uno de ellos incluso se había sentado en la mesa principal de su fiesta de 15 años. Nada le hizo pensar que serían capaces de agredirla.
Siete de los acusados eran mayores de edad al momento de los hechos y fueron juzgados en el juicio oral que comenzó el 19 de junio de este año y finalizó seis días después.
El fiscal Marcelo Romero Jardín solicitó diez años de prisión por abuso sexual con acceso carnal y, subsidiariamente, por abuso sexual gravemente ultrajante en calidad de co-autores funcionales. El abogado de la particular damnificada, Mauro De Mira, pidió doce años de prisión, mientras que la defensa reclamó la absolución.
Finalmente, nueve años después de la denuncia, el Tribunal en lo Criminal N° 1 de Bahía Blanca condenó a siete jóvenes a 7 años de prisión por el abuso sexual grupal de Enerina.
La condena no sólo obliga a pensar qué hacer con este grupo de jóvenes de un pueblo bonaerense. También obliga a preguntarse qué tipo de socialización masculina vuelve posible que varios hombres participen del mismo delito sin que ninguno lo detenga.
“Los hombres pueden no registrar como violencia lo que hacen porque la socialización en la masculinidad implica muchas veces que hacerse hombre es precisamente normalizar cierto grado de violencia, ¨endurecerse¨ y relativizar el sufrimiento que genera”, explica Matías de Stéfano Barbero, Doctor en Antropología e investigador del CONICET. “Aprendemos a leer la violencia como parte del humor, a entenderla como ¨cosas de hombres¨, a integrar nuestra manera de vivir el amor o la sexualidad, e incluso a considerarla como parte natural de nuestras relaciones con los demás”, relata el integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, y de la Asociación Pablo Besson, donde coordina espacios para varones que ejercieron violencia.
El caso de Enerina no es el primero en Argentina. En 2022, un grupo de seis hombres fueron detenidos tras abusar sexualmente de una joven de 20 años a plena luz del día, dentro de un automóvil estacionado en el barrio de Palermo. La agresión fue interrumpida gracias a la intervención de comerciantes y vecinos que alertaron a la policía.
Otro suceso que llegó a la prensa fue el ocurrido en 2019, cuando una adolescente de 14 años denunció haber sido violada por cinco hombres durante la madrugada de Año Nuevo en un camping de Miramar. El caso provocó una fuerte movilización social y fue uno de los primeros en Argentina en ser ampliamente asociado al concepto de «violación en manada».
Magdalena Maloberti es antropóloga y también trabaja en un dispositivo para personas con denuncias por violencia de género. Respecto a las violaciones grupales, entiende que no todos los varones que participan ocupan el mismo lugar. Hay distintos tipos de protagonismos o posiciones dentro de la dinámica grupal. “No los veo como un bloque homogéneo”, explica.
En estos delitos entran en juego los liderazgos, los sometimientos y las complicidades como dinámicas propias de los grupos de varones, pero también las responsabilidades de cada uno, el silencio y lo que sucede luego del abuso. De hecho, es usual que este tipo de casos se filmen para luego circular los videos en redes sociales y grupos de Whatsapp.

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La antropóloga feminista Rita Segato desarrolló en parte de su bibliografía una de las teorías más influyentes sobre la violencia sexual en América Latina. Segato lleva varias décadas sosteniendo que la violación no debe entenderse como un delito sexual, sino como un acto de poder que comunica masculinidad frente a otros hombres. Las especialistas consultadas coinciden con ese diagnóstico.
“Durante mucho tiempo se pensó que una violación tenía que ver con la sexualidad, que era un delito motivado por un instinto sexual descontrolado, pero hace décadas que -gracias a la investigación y la teoría feminista- sabemos que en realidad se trata de un acto de poder”, enfatiza Fabiana Solano, socióloga y periodista.
En las violaciones grupales lo que aparece no es solamente el sometimiento de una mujer, sino la gestualidad, lo performático, la demostración de masculinidad frente a otros hombres, es decir el ejercicio por el cual se construye y se le da valor a la masculinidad.
“Cuando los hombres adhieren al principio de jerarquía del orden de género, interiorizan que las mujeres son poco más que una moneda de cambio en las relaciones de poder entre hombres, y que la mirada que verdaderamente vale, la que confirma la propia masculinidad, no es la de las mujeres, sino la de otros hombres”, continúa Matías de Stéfano Barbero.
El caso de Enerina resuena con el suceso conocido como “La Manada” en Pamplona (España). Allí, la víctima fue obligada a dar explicaciones para justificar incansablemente -en un largo proceso judicial- cómo y por qué no había dado su consentimiento. Cómo y por qué era libre de vivir, disfrutar y coger aún después de ser violada.
Según el Informe sobre delitos contra la libertad sexual 2022 del Ministerio del Interior de España, los «hechos conocidos» de delitos sexuales cometidos por dos o más responsables pasaron de 384 en 2017 a 632 en 2022, lo que representa un incremento del 64,6% en ese período.
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Cuando una persona ejerce violencia sexual rodeada de otros, disminuye la sensación de responsabilidad personal, la inhibición y la vergüenza, aumentando la sensación de poder. “La persona que se niega a participar inmediatamente es feminizada y eso significa ser objeto de la violencia”, reflexiona Solano. “El temor no es a cometer un delito, sino a ser considerado menos hombre, cagón, cobarde, débil, puto”.
Matías, autor de “Masculinidades (im)posibles. Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad”, asegura que cuando pensamos en situaciones en las que un grupo de hombres viola a una mujer o violenta a otro hombre, no debemos de perder de vista que lo que se está poniendo en juego en esas escenas incluye el temor a dejar de ser reconocido como hombre por el grupo, a perder lugar en la jerarquía, “a dejar de pertenecer a la manada y convertirse en su presa”.
“Hay que pensar cómo esa socialización dificulta el reconocimiento de las mujeres como semejantes, como personas con la misma legitimidad para decidir, poner límites y ejercer autonomía”, concluye Marloberti.

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“Lo que pase con el veredicto no me devuelve el cuerpo que tenía, nadie va a sacarme esta sensación de que -por mucho tiempo- me sacaron el derecho a elegir. Yo no elegí nada de esto, no elegí que me violen ni tener que denunciar ni pasar por un juicio, no elegiría tener que dar esta nota”, declaró Enerina a Clarín a la espera del veredicto. “Justicia es mucho, justicia es que otras pibas puedan denunciar, que los pibes se dejen de creer impunes y que pueden violar así porque sí. Quiero que la Justicia me dé la reparación que me merezco, que vayan presos. Y seguir descubriendo qué va a ser la reparación para mí”, concluyó la víctima.
La pregunta nunca debió ser por qué una mujer fue violada por siete hombres. La pregunta es otra: ¿qué aprendieron esos hombres para creer que pueden hacer lo que quieren por hacerlo juntos? Porque es verdad: sin duda ningún varón nace violador, pero demasiados crecen aprendiendo que demostrar masculinidad implica ejercer poder sobre otros cuerpos. Mientras la violencia sexual siga siendo un problema de algunas víctimas y no una pregunta incómoda para todos los varones, las condiciones que hacen posibles estas agresiones seguirán intactas.






