El 8 de agosto de 1978, un grupo de tareas secuestró a Beatriz Perosio. Tenía 30 años. Era psicóloga, presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) y también presidenta de la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FEPRA). Desde entonces permanece desaparecida. 48 años no alcanzan para convertir una desaparición en pasado. Hay fechas que vuelven porque aquello que interrumpieron todavía no terminó de elaborar colectivamente. Este año no sólo se cumple otro aniversario de aquel crimen. También se cumple medio siglo del comienzo de la dictadura cívico-militar que desplegó un plan sistemático de terrorismo de Estado, cuya finalidad no fue únicamente eliminar personas sino transformar la sociedad mediante el miedo, la persecución política y el disciplinamiento colectivo.
Toda conmemoración corre el riesgo de transformarse en ritual. Se repiten nombres, fechas y consignas, hasta que la memoria pierde espesor y se vuelve costumbre. Sin embargo, la figura de Beatriz resiste esa comodidad. Su ausencia continúa formulando preguntas incómodas. ¿Qué psicología defendía? ¿Por qué una presidenta de APBA fue considerada un objetivo por la dictadura? ¿Qué ideas podían resultar tan peligrosas como para intentar borrarlas junto con quien las sostenía?
La respuesta obliga a recuperar el clima de época. A mediados de la década de 1970, la psicología argentina atravesaba un intenso proceso de crecimiento, discusión y organización colectiva. Los y las psicólogas disputaban el reconocimiento profesional, debatían su inserción en el sistema de salud y cuestionaban modelos asistenciales centrados exclusivamente en la enfermedad. Al mismo tiempo, muchos concebían la práctica clínica como inseparable de las condiciones sociales en las que se producía el sufrimiento. Esa perspectiva resultaba incompatible con el proyecto autoritario que comenzaba a imponerse. La dictadura necesitaba individuos aislados, obedientes y silenciosos. La psicología, cuando se concebía como una disciplina comprometida con la transformación social y la ampliación de derechos, pasaba a integrar el universo de aquello que debía ser perseguido.
No fue casual que psicólogos y psicólogas fueran detenidos, asesinados o desaparecidos. Tampoco que instituciones profesionales fueran vigiladas, intervenidas o sometidas a un clima permanente de intimidación. El terrorismo de Estado comprendía muy bien que disciplinar una profesión significaba también limitar las formas posibles de comprender el sufrimiento humano.
Por eso, recordar a Beatriz Perosio no constituye un gesto nostálgico. Constituye una decisión política y ética. La memoria, en ese sentido, no consiste únicamente en mirar hacia atrás. También permite interrogar el presente. Porque las preguntas que atravesaron la vida de Beatriz continúan abiertas. Y quizás esa sea la razón por la cual su ausencia sigue preguntando.
Una psicóloga
En ocasiones, las biografías de las personas desaparecidas quedan reducidas al momento de su secuestro. Como si la desaparición terminara devorando la vida. En el caso de Beatriz ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más se conoce su recorrido, más evidente resulta que aquello que la dictadura intentó eliminar excedía ampliamente a una persona: buscó interrumpir una forma de ejercer la psicología, de construir instituciones y de entender el compromiso profesional.
Nacida en 1947, se graduó como psicóloga en años en los que la profesión todavía luchaba por consolidar su identidad y su reconocimiento. Muy pronto comprendió que el desarrollo de la psicología no dependía solamente de la formación académica o del trabajo clínico individual. También requería organización colectiva y participación gremial. Desde esa convicción desarrolló una intensa actividad en la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. APBA era entonces mucho más que una entidad profesional. Funcionaba como un espacio de debate acerca del papel social de la psicología, de defensa de las condiciones de trabajo y de discusión sobre el acceso de la población a la atención en salud mental. Ella participó activamente de ese proceso hasta convertirse en su presidenta. Al mismo tiempo presidió la Federación de Psicólogos de la República Argentina, impulsando la articulación entre colegios y asociaciones de distintas provincias cuando la profesión todavía carecía de muchos de los reconocimientos legales que hoy parecen naturales.
Su liderazgo no descansaba en los discursos grandilocuentes, sino en una forma cotidiana de construir acuerdos, sostener debates y promover la participación colectiva.
En tiempos donde proliferan ofertas que prometen bienestar inmediato, soluciones individuales y respuestas descontextualizadas al sufrimiento, la trayectoria de Beatriz recuerda otra tradición de la psicología argentina: aquella que entiende que ningún padecimiento puede pensarse al margen de la historia, de los vínculos, de las desigualdades y de las instituciones. La dictadura intentó borrar esa historia. No lo consiguió.
Cada 8 de agosto, cuando APBA, FEPRA y distintas organizaciones profesionales evocan su nombre, no recuperan únicamente a una colega desaparecida. Recuperan una forma de entender el ejercicio profesional fundada en la responsabilidad ética. Porque antes de convertirse en un símbolo, fue una psicóloga. Y acaso sea precisamente allí donde reside la fuerza más profunda de su legado: en haber demostrado que ejercer la psicología también puede ser una manera de intervenir en la historia.

Formas del sufrimiento
Las dictaduras no producen únicamente desapariciones. También producen silencios y formas de sufrimiento que sobreviven mucho más allá del fin del terrorismo de Estado.
Hace 50 años el horror se organizó mediante un dispositivo sistemático de persecución, secuestro, tortura y desaparición de personas. La salud mental conoció muy temprano esa violencia. Por eso recordar a Beatriz Perosio no consiste únicamente en recuperar una biografía interrumpida. Consiste también en preguntarnos qué discusiones intentaron clausurar junto con ella. Aquella generación entendía que el padecimiento psíquico no podía reducirse a un problema individual ni desvincularse de las condiciones materiales, culturales y políticas en las que las personas desarrollan sus vidas. Cinco décadas después, muchas de aquellas preguntas conservan una vigencia inquietante.
Nuestro país atraviesa un tiempo de profundización de las desigualdades sociales. Los equipos de salud mental reciben diariamente consultas atravesadas por la incertidumbre económica, el aislamiento, la violencia y la desprotección. No se trata de sufrimientos idénticos a los de hace 50 años. Toda comparación simplista sería injusta con la especificidad del terrorismo de Estado. Pero sí puede afirmarse que las condiciones sociales vuelven a ocupar un lugar central en la producción del malestar.
Preguntarse hoy quiénes quedan afuera, quiénes pierden derechos, constituye una forma de prolongar aquellas preguntas que Beatriz Perosio formuló desde otro tiempo histórico. Porque la memoria no consiste en repetir consignas. Consiste en mantener abiertas las preguntas que otros quisieron clausurar.

Lo que no pudieron desaparecer
Cada 8 de agosto, cuando las y los psicólogos recuerdan a Beatriz Perosio recuperan una manera de entender el ejercicio profesional. Una psicología que reconoce el sufrimiento allí donde aparece. Quizá ese sea uno de los legados más importantes de Beatriz.
Desde la recuperación democrática hasta la defensa de la Ley Nacional de Salud Mental, desde la promoción de políticas públicas hasta la denuncia de retrocesos en materia de derechos humanos y principalmente en la lucha de la Ley de Ejercicio Profesional de la Psicología, la memoria de Beatriz Perosio nunca permaneció confinada a una placa conmemorativa. ¿Qué significa cuidar en tiempos de crueldad? ¿Cómo defender una práctica profesional comprometida con los derechos en contextos donde vuelven a discutirse consensos que parecían definitivamente conquistados?
No existen respuestas simples. Pero sí existe una certeza. Mientras continúe pronunciándose su nombre, mientras nuevas generaciones conozcan quién fue, mientras APBA y tantas otras instituciones sostengan la memoria como una práctica cotidiana, aquello que la dictadura intentó borrar seguirá reapareciendo. Porque el terrorismo de Estado pudo interrumpir una vida, no pudo interrumpir una historia. Y quizá esa sea la forma más profunda de la memoria. No impedir la ausencia. Sino impedir que la ausencia se vuelva olvido.
Por eso, cada 8 de agosto, recordar a Beatriz Perosio no es solamente un acto de homenaje. Es afirmar que la psicología argentina tiene una historia escrita también por quienes eligieron comprometerse con su tiempo. Es sostener que la salud mental no puede separarse de los derechos humanos. Y es reconocer que hay nombres cuya ausencia sigue interrogando el presente porque representan una forma de ejercer la profesión que todavía hoy continúa señalando un horizonte. Beatriz Perosio pertenece a esa historia. Y mientras exista memoria colectiva, seguirá siendo parte del futuro.






