En lo que va de año, he estado dos veces rogando que mi mamá atienda el teléfono para saber que no estaba muerta.
La primera vez fue una madrugada de enero. Buscaba con la Negrita una película estúpida para dormir, cuando un ruido extraño me sacó de la cama, corrí a la ventana y vi un haz de luz anaranjado que le abrió paso a una columna de polvo y fuego. Me agarré del marco de la ventana con los ojos entreabiertos, hasta que llegó una onda que sacudió todos los vidrios de la casa.
Al asegurarme que adentro del apartamento estábamos bien, maldije a los gringos, y sin que me respondieran del todo las piernas agarré el teléfono, marqué el número de casa de mi vieja y empecé a decir como una plegaria un patético “atiende, atiende”. Hasta que el tono se cortó con un susurro de mi mamá: “Nos están bombardeando”.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Desde ese día tengo lo que llamo el síndrome Jerry Rivera (SJR): “Voy al fútbol, no lo veo, abro un libro, no lo leo, como poco, bebo mucho, no puedo dormir…”. Aquel conjunto de síntomas del mal del salsero lo fui atajando de uno en uno. En los días que siguieron al bombardeo estaba ya recuperando el apetito, leyendo de a pocas páginas, durmiendo mejor. Solo me quedaba acortar las horas de bar y volver a poder concentrarme viendo un partido.
Cinco meses después del ataque, estaba volviendo a ser persona. Se venía el Mundial y me disponía a lograr la concentración necesaria para disfrutarlo, pero entre el trabajo y la remanencia del síndrome no me había podido ver un partido de forma digna. El 24 de junio, feriado por el día de la batalla de Carabobo, era mi oportunidad para invertir todo el día en la cama viendo fútbol. Desayunaría con el atractivísimo Bosnia-Qatar, para luego cenar en el bar con el más decente, Escocia–Brasil.
Llegué justo en el pitazo inicial, pedí una cerveza y suspiré antes del primer trago. Al momento justo de empinar botella empezó un estruendo, miré al techo y salí del bar sin mayor pánico.
Una vez en la calle, todo empezó a tronar más fuerte. Mientras el suelo se movía corrí hasta el corredor central de la avenida. Desde ahí, tuve la distancia necesaria para ver cómo el edificio de oficinas donde está el bar mal aguantaba su vaivén mientras le crujían las paredes. Justo cuando parecía que la estructura se venía abajo, paró de temblar. Ya firme, saqué el celular del bolsillo y marqué el número de Beatriz, convencido de que se me había acabado la suerte. Los repiques del tono, como en enero, se hicieron eternos. Las sirenas sonaban mientras yo rezaba otra vez el aquel “atiende, atiende”, hasta que después al otro lado de la línea se escuchó la voz de mamá. “Estoy bien”.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Esta vez no hubo nadie a quien maldecir. No se trató solo de un terremoto y sus réplicas comunes, sino de dos rupturas mayores consecutivas en un lapso de apenas 40 segundos que bautizaron en tono de portada mundialista como doblete sísmico.
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En Caracas hubo daños en zonas populares del centro, pero los efectos del doblete se concentraron en la zona sifrina (cheta) y sísmica por excelencia de la ciudad: Los Palos Grandes.
Ya había pasado antes. Durante un terremoto en 1967, colapsaron cuatro edificios de entre 10 y 12 pisos en la zona. Esa vez, se perdieron más de 200 vidas y el 48% de las viviendas de Palos Grandes-Altamira fueron afectadas.
La causa central de la vulnerabilidad de Los Palos Grandes en los terremotos es geotécnica: la urbanización se asienta sobre la zona con mayores sedimentos profundos de todo el área metropolitana de Caracas, con 360 metros de profundidad de suelo blando según investigaciones de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Esta condición provoca que las ondas sísmicas se amplifiquen violentamente en lugar de disiparse. En la noche del doblete sísmico, aproximadamente a las 7:30 p.m., el alcalde de Los Palos Grandes, Gustavo Duque, confirmaba que -como en el 67- cuatro edificios colapsaron nuevamente en la zona.
Las primeras horas de cataclismos siempre son confusas: cualquiera se extravía después de que la vida, el universo, Dios o como se quiera llamar, te haya recordado que vales lo mismo que una hormiga. El periodismo ayuda para que uno se pueda disociar rápido y encontrar en el trabajo un sentido a la existencia que hace poco se te ha negado.
Tres horas después de que habló el alcalde, estaba trabajando y recorriendo esas calles que en el pasado supieron ser escenario de cruentas batallas políticas. El caos me trajo recuerdos: ya había visto las avenidas de Los Palos Grandes y Altamira destrozadas en las guarimbas, consternadas, con los vecinos frente a sus residencias lamentando los excesos de la violencia, como cuando en 2017 quemaron vivo a Orlando Figuera por «parecer chavista». Pero esta vez estábamos ahí tirios y troyanos, expectantes frente a las ruinas, sabiéndonos sobrevivientes, esperando compartir nuestra suerte con alguien que sacaran de entre los escombros.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Recorrí Los Palos Grandes hasta la medianoche. Al momento de irme, eché una última mirada a los edificios con sus fachadas maltratadas: aún impactado por los destrozos, me fui convencido de que todo estaba controlado.
Ya en casa, en los grupos de WhatsApp de los colegas empezaron a rodar rumores que luego fueron certezas: lo peor había pasado en La Guaira.
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Toda tragedia es política
El día siguiente al doblete sísmico, me tocó dirigir las coberturas desde Caracas. En parte daba gracias por no estar físicamente en ese abismo en que se había transformado La Guaira, pero pagué esa evasión estando sobreexpuesto, sin descanso, a todo tipo de información trágica.
Lo más duro fueron los testimonios del jueves y viernes, cuando los rescates se fueron complejizando. No había señal en el litoral, lo que hizo que la tragedia se viviera en Caracas con delay.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Las fuentes eran principalmente rescatistas. Cuando lograba hablar con uno, anotaba todo compulsivamente sabiendo que no necesitaba esa cantidad de información. Absorbía los casos a un nivel de detalle que terminarían por robarme el sueño. Cuál santero leyendo caracoles, buscaba patrones en la información para autoinvitarme al optimismo, y cada pieza la armaba con la esperanza de que se iba a rescatar a mucha gente.
Tener esperanza en esos contextos es una mierda. Muchas veces ese sentimiento de equipo chico, te deja todavía más vulnerable ante la tragedia.
Pero es inevitable que, dentro de tanta muerte, uno se entusiasme con la idea de poder contar una buena noticia. En la noche del viernes logré comunicarme con un paramédico implicado en un rescate complejo. Miembros de la Proteccion Civil, voluntarios y Guardias Nacionales trabajaban a contrarreloj para salvar a tres personas atrapadas en una estructura que se venía desplazando. Había dos adultos que compartían una burbuja y un niño que se había quedado atrapado en un espacio contiguo. Si sacaban a los dos que estaban juntos, moría el niño y viceversa. Como la vida es puta y su tiempo vale, mientras se tomaban cinco minutos para tratar de resolver aquel Jenga de la muerte, el edificio terminó de colapsar. «El coño de su maldita madre», pude oír desesperado al rescatista al otro lado del teléfono, absurdamente me pidió disculpas y colgó. A la hora dejé un mensaje a ver qué había pasado y respondieron: «no hubo más señales de vida».
Situaciones límites como la anterior se hicieron cotidianas durante las 48 horas siguientes a los terremotos, sumergiendo a la ciudad en un espíritu solidario. Caracas conmovida se volcó a la ayuda, y lo hizo como solo lo sabe hacer una capital Caribe: con corazón y desorden.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Miles de motos salieron desde distintos puntos hacia La Guaira. La idea era colaborar con donativos, llevar agua, ropa, comida, que en perfecta paradoja caraqueña entorpecía la circulación de maquinaria pesada y rescatistas y demás personal fundamental para encontrar personas vivas en esas primeras 72 horas.
El 26 de junio, al presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, le tocó la tarea de buscar raciocinio en una población desconsolada. En cadena de radio y televisión instó a la gente a no dirigirse a La Guaira y a registrarse como voluntario para poder organizar la ayuda.
La alocución supuso el inicio de la politización de los terremotos. En medio de la tragedia se instaló la discusión pendeja sobre el papel del Estado en casos de calamidad y empezó una lluvia de cuestionamientos sobre la respuesta que dio la presidenta Delcy Rodríguez ante esta situación límite.
No importa cuánta literatura haya sobre cómo un evento sobrevenido pueda desbordar las capacidades de cualquier Estado, ni que distintos voceros de la ONU hayan dicho que la capacidad de respuesta del gobierno venezolano fue óptima. Como un signo de los tiempos, la gestión de la tragedia se midió por TikTok y los reels, donde el chavismo siempre juega a la contra.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
Este clima tenso, característico de la vieja disputa venezolana, dio la bienvenida a rescatistas de 30 países y corresponsales extranjeros de medios de toda índole, que terminaron por darle complemento geopolítico a la gestión de la tragedia.
Bajé a La Guaira un domingo, cuatro días después del doble terremoto. Recién habían pasado 72 horas, a partir de ahí la inanición y la deshidratación se fueron encargando de apagar las señales de vida entre los escombros. Llegué cuando la esperanza empieza a alcanzar más para la recuperación de cadáveres que para rescatar a alguien con vida.
Por más que tenía información pormenorizada de lo que sucedía, nada te prepara para ver con ojos propios la devastación. Me tocó trabajar en el sector Playa Grande, un barrio que combinaba viviendas sociales, edificios vacacionales y hoteles de lujo, ahora destrozados indiscriminadamente.
La avenida principal de Playa Grande quedó cercada por edificios en ruinas, desnudos, sin sus paredes, con la intimidad de los apartamentos expuesta. Abajo, en la calle, había tanta vergüenza como rabia, y todo estaba exacerbado por el calor de playa, que sólo cedía ante una brisa con olor a muerto.
En las montañas de escombros, estaban los vecinos más jóvenes, todos ocupados en alguna diligencia de cataclismo: quien no buscaba a algún desaparecido, echaba pico y pala procurando recuperar un cuerpo.

Fotos: Carlos Foucault @carlos.foucault
En las aceras, frente a las ruinas de lo que fue su casa, los vecinos más viejos esperaban con resignación que uno de los grupos internacionales de rescate viniera a rechequear si quedaba alguien con vida. Los rescatistas se balanceaban entre el tacto y lo cortante, buscando no generar expectativas -o acabándolas de ser necesario-: «Señora ya no hay nada que hacer», le explicaba uno de los miembros de la Cruz Roja mexicana a una vecina que esperaba encontrar a su hermana e hija en lo que quedaba de un edificio pequeño. Al recibir la noticia, la doña hizo un gesto de resignación, y le respondió al mexicano con un «gracias mijo». Como quien sabe que se tiene que ir, pero no sabe a dónde, dobló su silla y empezó a bajar la avenida.
A medida que avanzaba la tarde, el ambiente se ponía más tenso; cada vez había más personas deambulando mientras sollozaban, pero la esperanza volvía a intermitir. Los ruidos de las máquinas y las ambulancias eran interrumpidos de golpe cuando se presumía cualquier señal de vida.
Dos cuadras más abajo de la casa de la señora, un grupo de salvamento español registró algo en sus sonares, y rápidamente todos los presentes empezaron a demandar silencio de una manera violenta. En cuestión de segundos, se colocó una sordina en el ambiente que solo permite la voz de uno de los gallegos gritando: «Si me escucha golpee tres veces», después uno de sus compañeros procedió a emitir dos golpes con un metal. El ritual se repitió varias veces en distintos puntos de los escombros. En todas hubo un mutismo escalofriante, siempre con expectativas, en todas con el mismo final: el líder del grupo de rescate frunce el ceño y dice que no con la cabeza.
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Hernán vive
Las escenas con protocolos de llamado y escucha se repitieron varias veces durante el día, sin poder encontrar a alguien. Ya entrando la noche, un guardia nacional me comenta que parece que encontraron viva a una persona. En este caso no hubo rituales. Un rescatista costarricense gritó y desde los escombros le contestaron.
El interlocutor del costarricense era Hernán Gil, el portero del edificio Galerías Playa Grande, que llevaba casi cinco días atrapado bajo los escombros.

Nuestro equipo de prensa fue el primero en entrar al edificio, pudimos ver cómo desde los primeros minutos Wagner Leiva, líder de la brigada de la Cruz Roja de Costa Rica, coordinaba un operativo de salvamento que primero intentaría hacerle llegar agua por una sonda y para luego centrarse en remover las toneladas de ripio que tapiaban a Hernán.
La extracción requirió equipos especializados de al menos diez países. Los trabajos eran constantemente interrumpidos por las réplicas y los derrumbes parciales, que amenazaban con colapsar el pasadizo que excavaban para dar con Hernán.
Cerca de cumplirse 100 horas del operativo, ya había poca incertidumbre de que lo iban a sacar. La prensa se volcó sobre el caso y también el oportunismo político: Sharon Lara -la reportera para Venezuela News del rescate- me informó que el ministro del Interior de Nayib Bukele logró contactar a la esposa de Hernán para ofrecerle plata si mostraba una bandera de El Salvador cuando se consumara la extracción.
Ya a metros de Hernán, los rescatistas encontraron dos cuerpos, uno de avanzada edad y el otro de un niño. Los cadáveres estaban abrazados, presumiblemente abuelo y nieto, asaltados por los terremotos quedaron a dos metros de salvarse.
Entre réplicas, medios de comunicación, política, tragedias y esperanzas, Hernán Gil terminó por ser rescatado. Su caso es una muestra de muchas cosas, pero sobre todo de que -aún en las catástrofes- todo es político.
Hoy, a un mes de los terremotos, llamé sin prisa a mi mamá para decirle que por fin pude terminar está crónica.






