Ya no sorprende ni escandaliza que el gobierno nacional haya perdido hasta su capacidad de provocar, aunque (todavía) no perdió su capacidad de daño.
A nadie le sorprende que Milei vaya al Council of the Americas 2026 y hable de “la locura de los pañuelos verdes” o “la pasión por asesinar”, tampoco que hable de nosotras, las feministas, que nos desprecie.
¿Cuántas veces nos insultó en público, en ámbitos locales e internacionales, cuántas veces nos eligió como enemigas durante las disertaciones en medio de sus viajes, de su gira mundial de la derecha recalcitrante? Es un disco rayado, es alguien que patalea, que grita porque cada vez menos personas le prestan atención. Sube el volumen, pero ya no hay fuerza.
Aun así, quisiera detenerme en una frase en particular. O mejor dos, pero empecemos por una: “Estamos pagando muy caro la locura de los pañuelitos verdes”.
¿Sabés qué pagamos caro, las mujeres y las personas con capacidad de gestar, Milei? Nuestras vidas. Pagamos caro que miles de mujeres murieran todos los años por abortos clandestinos. Porque la criminalización jamás detuvo al deseo. Ni acá, ni en todo el mundo. Ni ahora, ni nunca. Caro pagamos haber puesto nuestro cuerpo como fábrica del mundo. Caro pagamos haber empujado las ruedas del trabajo sin ser reconocidas. Caro pagamos a cada piba y cada mujer asesinada a manos de la violencia machista. ¿Sabés qué pagamos caro? La violencia de los pedófilos, abusadores y violadores (que encima pretenden dejar inmunes e impunes). Pagamos caro un genocidio por goteo.
La locura de los pañuelos verdes cambió este mundo de una vez y para siempre. Un proceso irreversible. Nos pueden atacar y poner en crisis mil veces. Pero hemos cambiado, hemos torcido el rumbo de la historia. Aspiramos y luchamos para que nunca más una mujer sea progenitora sin desearlo.
Pero aún queda más. La segunda frase: “La pasión por asesinar niños en el vientre de la madre nos está costando caro en términos de crecimiento y ni les cuento en el sistema previsional”. Ahora habla, directamente, de que deberíamos dejarnos embarazar para poblar el desierto (el mismo desierto que los Roca que reivindica Milei se ocuparon de exterminar).
Sabíamos, siempre lo supimos, que nos iban a culpar si escaseaba la mano de trabajo. Lo que es realmente impensado es que nos acusen en este momento, con la reciente historia de nuestra ley de la victoria y, sobre todo, cuando el desempleo y la desocupación alcanza números alarmantes.

Mucho hablar de natalidad, mucho incitar a que las mujeres seamos meros mamíferos que van a parir una y otra vez, pero después el propio Milei y su gobierno desprecia a los pibes, menosprecia y ataca las tareas de cuidado y crianza. Mucho poblar la nación, pero después quieren meter presos a pibitos de 14 años. Este gobierno ha atacado directa e indirectamente a las niñeces y adolescencias: debilitando la educación pública, eliminando las políticas de cuidado y acompañamiento, burlándose de un pibe que se desmaya en un acto escolar o persiguiendo a un chico autista. Y ni hablar de los mil intentos de este gobierno y sus cómplices por dejar impunes a abusadores y pedófilos.
Pero hay algo en particular que me interesa que veamos. La frase dice algo así como que los problemas son culpa de que ciertas mujeres decidan sobre si quieren o no ser madres. Me parece interesante porque la idea guarda una visión del mundo. La frase de Milei, tan espontánea como idiota, tan naturalizada como estigmatizante, señala que el mundo es uno, es un formato determinado, el mundo es algo ya definido y hecho. Y, en este caso, debemos ocupar el rol que se nos pide: procrear. Obedecer y procrear. A eso hemos venido, parece decir la frase de Milei.
Sin embargo, nosotras hemos venido a cambiarlo todo. Y la pregunta o el problema no es el que formula el Presidente, sino por el contrario algo mucho más profundo y humano: cómo hacemos para que esto no siga siendo así mañana. Cómo hacemos para inventar un mundo donde podamos vivir de forma digna. Cómo hacemos para que nuestros viejos tengan vidas justas y que las mujeres tengan proyectos de vida. Lamento avisarle al Presidente que el tiempo de la explotación de los cuerpos de las mujeres (como si fuéramos “minas”) se terminó.
Ginebra: el consenso sin consenso
Como ya se sabe, el Gobierno adhirió al Consenso de Ginebra. Otro papelón diplomático que busca anotarse en cuanta lista, acción o instancia haya impulsado Donald Trump. El Consenso de Ginebra busca incidir en los organismos multilaterales para rechazar la legalización del aborto.
Pero tenemos malas noticias para Milei: el aborto es legal en Argentina desde 2020 y va a seguir siéndolo porque es una ley construida y sostenida en la movilización y la legitimación social. Construida y sostenida en el mayor desarrollo de las fuerzas de los feminismos populares de nuestro país.
Es decir, el Consenso de Ginebra no tiene efectos sobre nuestra legislación, sobre la legalidad de la IVE ni sobre la plenitud del derecho que hemos conseguido.

No son hechos aislados, es violencia estatal
Ahora bien, no deja de ser un acto más, en este caso institucional, que busca horadar la lucha de las mujeres y personas con capacidad de gestar. Alguien podría decir que es simplemente una gestualidad, que es parte de la pirotecnia de gobierno mientras la economía real se lleva puesta a millones de familias. Pero aun así, es crucial que ninguno de estos gestos, de estos actos, de estas adhesiones las dejemos pasar. Porque no se trata de hechos aislados, se trata de una forma de proceder por parte del gobierno que se enlaza con, por ejemplo, la destrucción del Plan ENIA, con la falta de misoprostol (debido a que el gobierno nacional decidió dejar de comprarlo), al desmantelamiento de la ESI, de los equipos sanitarios que acompañaban intervenciones y del histórico Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidades.
No son hechos aislados. No son recortes. No es ajuste fiscal. Es violencia estatal deliberada y planificada contra las mujeres, lesbianas, travestis y trans.
La adhesión al consenso de Ginebra, los insultos que nos ha propinado recientemente en el Council of the Americas 2026 (donde hace de bufón, luego de que hemos tenido una presidenta que partía la tierra cada vez que hablaba en cualquier lugar del mundo), el desmantelamiento de políticas públicas, los organismos destruidos o suprimidos, los proyecto de leyes sobre falsas denuncias, la persecución a diversidades, la profundización de la desigualdad con sus políticas económicas y la aceleración de la violencia por motivos de género sobre la cual el gobierno se ha mantenido cómplice e inoperante. Todo eso, entre otras muchas situaciones que han pasado en estos dos años y medio, genera que estemos en alerta, que estemos organizadas y que no dejemos que nada pase desapercibido porque cada una de esas acciones tiene efectos reales sobre nuestros cuerpos, nuestras subjetividades y, en definitiva, sobre nuestros proyectos de vida.

El futuro llegó hace rato
Es difícil pensar en el futuro cuando la vida cotidiana no da respuestas. Es difícil imaginar el futuro, imaginar un horizonte, cuando no podemos pensar ni resolver el alquiler, la comida, los útiles de la escuela o los medicamentos. Pero es precisamente por esta vida social violenta, desigual, arrolladora, que cada vez pide más y cada vez da menos, que necesitamos hacer hablar al futuro. Necesitamos otra organización del tiempo, del trabajo y de la riqueza. Necesitamos que los proyectos de vida vuelvan a estar en el centro y sean los que ordenen todo lo demás. Quizás, una pista, pueda empezar a pensarse a través del feminismo, de cómo construye e imagina el feminismo. Quizás haya una pista en volver a la comunidad, en volver a los lazos, pero no para resucitar el pasado, sino para hacer algo nuevo: una nueva estatalidad, una nueva vida social, una nueva vida laboral. Una vida nueva.






