«Farmear aura»: ¿instrucciones para existir?

🙌 La expresión que circula entre adolescentes puede ser una moda, un juego o una forma de pertenecer. Pero detrás de ella aparece una pregunta mucho más profunda: ¿cómo se construye una identidad cuando ser visto, medido y comentado forma parte de la vida cotidiana?
26/08/2026

Hace algún tiempo fueron los llamados “pibes lobo”. Después aparecieron otras palabras, gestos, estéticas y prácticas que, surgidas en las conversaciones y las pantallas de adolescentes y jóvenes, terminan por irrumpir en el mundo adulto. 

Primero alguien pregunta qué significa. Después los medios intentan explicarlo. Más tarde llegan las interpretaciones de especialistas, docentes, familias y comentaristas profesionales de la época. En cuestión de días, aquello que funcionaba como un código entre pares se convierte en objeto de observación pública.

Ahora le toca a “farmear aura”. La expresión combina dos universos lingüísticos que buena parte de los adultos todavía mira desde afuera. “Farmear”, tomada de la cultura de los videojuegos, refiere a la acumulación paciente y repetida de recursos, puntos o ventajas. “Aura”, en el uso contemporáneo de la palabra, se acerca al carisma, la presencia, el estilo o esa difícil cualidad que hace que alguien produzca un efecto sobre los demás. Farmear aura sería, entonces, sumar puntos imaginarios de prestigio. Hacer algo que genere admiración. Tener una presencia que merezca ser mirada. O, por el contrario, perder el aura cuando una escena produce vergüenza, incomodidad o fracaso. La traducción parece sencilla. Comprender lo que sucede, bastante menos.

Porque quizás el equívoco adulto consiste en creer que entender una palabra equivale a entender aquello que esa palabra viene a nombrar. Podemos aprender rápidamente qué quiere decir “farmear aura”, repetirla en una reunión familiar o incorporarla a una clase para demostrar que estamos al tanto de lo que circula entre adolescentes. Pero eso no responde necesariamente a la pregunta: ¿por qué una generación inventa una forma de hablar sobre la presencia, el reconocimiento y la mirada de los otros precisamente en este momento?

No se trata de buscar en cada expresión adolescente un síntoma escondido. Tampoco de convertir cualquier fenómeno cultural en un problema de salud mental. Pero quizás sí valga la pena detenerse antes de decidir que se trata apenas de una tontería pasajera o, en el extremo opuesto, de una nueva amenaza que habría que controlar.

El deseo de ser visto

Las y los adolescentes no inventaron la necesidad de ser reconocidos. Tampoco la preocupación por lo que se piensa de ellos. La identidad nunca fue una construcción realizada en soledad, frente a un espejo y lejos del mundo. Siempre hubo otros. Familias, grupos de pares, amigos, amores, instituciones y comunidades frente a las cuales cada persona fue construyendo una respuesta, nunca definitiva, a la pregunta: ¿quién soy?

Lo que cambió -parece- son las condiciones en las que esa pregunta se formula.

Las adolescencias actuales crecen en un mundo donde buena parte de la vida social se encuentra atravesada por dispositivos que permiten registrar, conservar, comentar y multiplicar la mirada de los demás. Una escena puede ser filmada, compartida, comentada y circular mucho después. Una imagen puede reunir aprobaciones, burlas, adhesiones o silencios. Una presencia puede ser cuantificada en seguidores, reproducciones o interacciones.

No fueron los adolescentes quienes inventaron esa arquitectura de la visibilidad. Llegaron a ella. Y quizás “farmear aura” pueda leerse como una forma lúdica de habitarla. Si todo parece susceptible de ser medido, ellos inventan una medida. Si las plataformas organizan jerarquías de popularidad, se juega con una jerarquía imaginaria. Si el mundo exige construir permanentemente una imagen de sí mismo, se puede hacer de esa construcción un juego.

No sabemos si se trata de una forma de adaptación, de parodia, de apropiación o de todo eso al mismo tiempo. Tal vez la necesidad adulta de encontrar una única respuesta sea parte del problema.

Porque las adolescencias tampoco constituyen un bloque homogéneo. Lo que para algunos es un juego, para otros puede ser una forma de pertenecer. Lo que para una persona representa una exposición divertida, para otra puede resultar insoportable. No existe “el adolescente” que hace determinadas cosas por una única razón. Hay adolescentes concretos, situados, atravesados por condiciones materiales, familiares, sociales y afectivas diferentes.

Sin embargo, hay algo común en el escenario en el que esas experiencias tienen lugar: ser visto se ha convertido en una condición cada vez más relevante de la existencia social.

No se trata de meter todo en la misma bolsa. Sería un error convertir farmear aura en un nuevo capítulo de una lista de problemas adolescentes. La cuestión es otra: las adolescencias no solo están atravesadas por las transformaciones de su época. También producen lenguajes, prácticas y escenas para hablar de ellas. El desafío consiste en tratar de no confundir escucha con traducción.

Cuando el código sale de la pantalla

Hay algo particularmente interesante cuando estas prácticas dejan de ser solamente un contenido digital y se convierten en encuentros entre personas. El mundo adulto suele mirar las pantallas como si todo lo que allí ocurre terminase inevitablemente en aislamiento. Sin embargo, muchas experiencias digitales también construyen códigos compartidos que luego circulan fuera de ellas.

Un chiste que se entiende entre amigos. Una frase. Un baile. Una referencia. Una escena que solo tiene sentido porque otros conocen el código. En esos movimientos aparece algo que no deberíamos perder de vista: las adolescencias siguen necesitando pares.

Necesitan espacios en los que hacer el ridículo, sin que eso se convierta necesariamente en una humillación pública. Espacios para ensayar personajes, probar gestos, cambiar de opinión y descubrir qué provoca una determinada presencia frente a otros.

Quizás esa sea una de las dimensiones más interesantes del juego: permite hacer algo sin quedar definitivamente fijado a aquello que se hace. Se puede ganar aura y perderla. Se puede hacer una escena brillante y fracasar estrepitosamente. Y al día siguiente volver a intentarlo.

El problema aparece cuando todo juego queda capturado por la obligación de convertirlo en rendimiento. Las plataformas conocen muy bien esa operación. La diversión se transforma en contenido. La experiencia en datos. El vínculo en interacción. 

Pero las culturas juveniles no son simplemente el resultado pasivo de esa maquinaria. También inventan formas de apropiación, desvío y parodia. Juegan con las reglas que reciben, incluso cuando no pueden escapar completamente de ellas. Quizás “farmear aura” tenga algo de eso: tomarse en serio, durante unos segundos, una puntuación que nadie puede medir.

Los adultos tampoco sabemos qué significa

La escuela tiene un rol particularmente difícil con estos fenómenos. Se le exige que comprenda rápidamente transformaciones que ocurren a una velocidad muy superior a la de los programas, las instituciones y muchas veces la formación de quienes trabajan en ellas.

Cuando algo nuevo aparece, la reacción puede oscilar entre dos extremos. Ignorarlo porque se supone que es una moda sin importancia o incorporarlo apresuradamente como si fuera necesario enseñar su significado.

Entre una cosa y otra existe otra posibilidad: preguntar. No para apropiarse de un lenguaje que no pertenece necesariamente al mundo adulto. Preguntar porque no comprender algo puede ser una oportunidad para construir una conversación.

Tal vez el gesto más honesto frente a farmear aura sea reconocer que todavía no sabemos del todo qué es. Sabemos qué significa la expresión. Eso es relativamente fácil. Podemos rastrear su origen, explicar su circulación y describir algunas de las prácticas asociadas. Lo que todavía está por verse es qué lugar ocupará en la experiencia de quienes la utilizan.

Tal vez dentro de algunos meses nadie vuelva a hablar de ella. O tal vez quede como una expresión más entre tantas que irán modificando la forma en que las nuevas generaciones hablan de sí mismas. No hace falta convertir cada novedad en una teoría. Pero tampoco habría que desentenderse tan rápidamente de aquello que aparece.

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