Esta semana se conoció que Nacional de Uruguay decidió terminar, después de 19 años, el trabajo de Damián Benchoam como psicólogo deportivo del club y reemplazarlo, para el trabajo cotidiano con el plantel, por dos coaches argentinos. La explicación del dirigente Federico Britos fue que el equipo necesitaba “otras herramientas” porque hacía meses advertían que había “algo anímico” que no estaba funcionando y no encontraban cómo abordarlo. Según explicó, los nuevos contratados trabajarían con herramientas más cortoplacistas, mientras que los psicólogos continuarían vinculados a otras áreas de la institución.

La noticia merece ser tomada en serio, no para convertirla en una disputa corporativa, sino porque pone sobre la mesa una pregunta que el deporte argentino y latinoamericano debería hacerse con mucha más frecuencia: ¿qué lugar ocupa la psicología cuando un club decide intervenir sobre la dimensión emocional de sus deportistas?
En el deporte contemporáneo se habla permanentemente de emociones, liderazgo, motivación, confianza, presión, comunicación, cohesión y bienestar. El problema es que, a medida que estas palabras se vuelven parte del vocabulario cotidiano del deporte, también se vuelve más fácil suponer que cualquier persona que conozca algunas herramientas motivacionales está en condiciones de intervenir sobre aquello que ocurre en la subjetividad de un deportista.
El deporte necesita a la psicología
Durante mucho tiempo la Psicología ocupó un lugar incómodo en el deporte. Se la convocaba cuando algo salía mal, cuando un jugador “no estaba bien de la cabeza”, cuando aparecía una crisis o cuando había que recuperar rápidamente a alguien para que volviera a competir. La salud mental quedaba así asociada a la enfermedad, y la Psicología aparecía como una suerte de servicio de reparación.
La Psicología del Deporte fue construyendo, con el tiempo, un campo mucho más amplio. Trabajar psicológicamente en un club no significa solamente atender a quien atraviesa un padecimiento. Significa comprender los procesos subjetivos que intervienen en la práctica deportiva, acompañar trayectorias, trabajar con equipos, intervenir en situaciones de presión, colaborar en procesos de formación, abordar lesiones y transiciones, prevenir problemas de salud mental y construir condiciones institucionales que permitan que los deportistas puedan desarrollar su actividad sin reducirse a su rendimiento. También significa saber cuándo una situación deja de ser un problema de rendimiento y se convierte en un problema de salud mental. Esa diferencia es fundamental.
Porque un jugador puede necesitar trabajar su concentración antes de una competencia. Pero también puede estar atravesando un duelo, una depresión, una situación de violencia, un trastorno por consumo de sustancias, una crisis de ansiedad o una situación de riesgo suicida. Todas esas experiencias pueden aparecer dentro de un vestuario. Ninguna se resuelve simplemente con una técnica motivacional.
La Psicología no existe en el deporte para decirle a un jugador que “piense positivo”. Existe para comprender qué le está pasando y qué intervención resulta pertinente en cada situación.

Cada quien a lo suyo
Conviene decirlo claramente para no caer en una discusión simplificada. Existen herramientas de coaching que pueden tener utilidad en determinados ámbitos. El trabajo sobre objetivos, comunicación, liderazgo o determinadas competencias puede formar parte de procesos organizacionales y deportivos. Tampoco hay ninguna razón para negar que distintas personas puedan trabajar dentro de una institución deportiva desde saberes diferentes. El problema aparece cuando las fronteras comienzan a borrarse. Cuando “lo emocional” se convierte en una categoría tan amplia que parece habilitar a cualquiera a intervenir sobre cualquier cosa. Cuando hablar de motivación, liderazgo o confianza termina confundiendo una herramienta de trabajo con una práctica profesional. Cuando una institución entiende que un problema psicológico puede ser abordado como si fuera simplemente una dificultad para alcanzar objetivos.
Ahí aparece el intrusismo. Y el intrusismo no es una discusión gremial. Es una discusión sobre la responsabilidad que tienen las instituciones frente a las personas que ponen su salud en sus manos.
¿Quién responde cuando algo sale mal?
Esta es quizás la pregunta que menos aparece cuando se habla de nuevas herramientas. Supongamos que un jugador está atravesando una crisis de ansiedad. Supongamos que otro presenta indicadores de depresión. Que un tercero tiene un problema con el consumo de sustancias. Que alguien está atravesando una situación familiar de violencia. Que un juvenil presenta una conducta autolesiva. Que un deportista experimenta una crisis que requiere una evaluación clínica. ¿Qué hace quien está a cargo? ¿Puede reconocer que existe un problema de salud mental? ¿Puede realizar una evaluación adecuada? ¿Sabe cuándo intervenir, cuándo derivar y cuándo solicitar una evaluación interdisciplinaria? ¿Conoce las obligaciones de confidencialidad? ¿Tiene formación para trabajar con situaciones de riesgo? ¿Existe una institución que controle su práctica y ante la cual deba responder?
La pregunta no es para descalificar a nadie. Es para recordar que la buena voluntad no reemplaza la formación profesional.
En Uruguay, el ejercicio de la psicología está regulada por la Ley 17.154, que establece requisitos de formación y habilitación para su ejercicio, incluyendo el registro del título ante el Ministerio de Salud Pública. El propio Ministerio señala actualmente que el registro del título es obligatorio para el ejercicio de la profesión. Esto no constituye un privilegio de los psicólogos. Constituye una garantía para la población.
En Argentina ocurre algo equivalente: cuando alguien consulta a un profesional de la salud mental, no está contratando simplemente una conversación agradable ni una persona que sabe escuchar. Está ingresando en un campo profesional que supone formación, responsabilidades, límites, regulación y obligaciones éticas. En el deporte debería suceder lo mismo.
El vestuario no es un laboratorio de recetas
Hay algo especialmente delicado en trasladar determinadas lógicas del mercado del bienestar al deporte. Porque el deporte de alto nivel trabaja permanentemente con resultados. Hay que ganar, mejorar, competir, recuperarse, volver a jugar. La presión por obtener resultados puede hacer que cualquier herramienta que prometa rapidez resulte atractiva. Una técnica rápida. Una charla motivacional. Un método para cambiar la actitud. Una receta para recuperar la confianza. Una fórmula para transformar un grupo.
El problema es que la subjetividad no funciona como una aplicación que puede actualizarse cuando el rendimiento disminuye. Un jugador no es solamente un deportista que debe producir resultados. Es una persona que tiene una historia, vínculos, conflictos, deseos, temores, pérdidas, expectativas y condiciones concretas de vida.
Por eso una Psicología del Deporte comprometida con la salud mental no puede reducirse a fabricar deportistas más eficientes.
Debe poder preguntarse también qué condiciones produce la propia institución deportiva. Porque a veces el problema no está “en la cabeza del jugador”. Está en la forma en que se organiza el trabajo, en la presión institucional, en la relación con entrenadores, en las condiciones contractuales, en el aislamiento, en la exposición pública, en la incertidumbre sobre el futuro o en la dificultad para construir una vida más allá del fútbol. Y esa mirada requiere algo más que herramientas. Requiere una perspectiva.

Lo psicológico no lo aborda el coaching
Hay una paradoja interesante en la decisión de Nacional. La propia institución reconoce que existe “algo anímico” que no está funcionando y que se trata de un fenómeno “multifactorial”. Precisamente por eso resulta difícil comprender por qué la respuesta debería pasar por sustituir la mirada psicológica por herramientas más rápidas. Si el problema es multifactorial, la respuesta también debería serlo.
Un club puede necesitar psicólogos del deporte, psicólogos clínicos, médicos, nutricionistas, trabajadores sociales, preparadores físicos, entrenadores y otros profesionales. Puede necesitar especialistas en comunicación, liderazgo o gestión.
Lo que no necesita es confundirlos. La interdisciplinariedad no significa que todos hagan lo mismo. Significa que cada disciplina aporte aquello que sabe hacer y que pueda articularse con las demás sin ocupar el lugar del otro. Un buen equipo interdisciplinario no elimina las diferencias entre profesiones. Las necesita.
Hay algo más que tampoco debería perderse de vista. Damián Benchoam trabajó durante 19 años en Nacional. El propio club, según la información publicada, reconoció su profesionalismo y destacó especialmente su acompañamiento durante el caso de Juan Izquierdo, una situación de enorme impacto para toda la institución. No hace falta convertir esa trayectoria en una defensa automática de una persona para advertir que una experiencia de casi dos décadas dentro de una institución deportiva constituye un conocimiento institucional difícil de reemplazar con la simple incorporación de nuevas herramientas.
El cambio de profesionales es una decisión legítima de cualquier institución. Los clubes tienen derecho a definir sus equipos de trabajo y sus modelos de intervención. Pero cuando se trata de salud mental, esas decisiones deberían estar acompañadas por preguntas más profundas que la eficacia inmediata.
¿Qué problema se quiere resolver? ¿Qué diagnóstico institucional sostiene? ¿Qué formación tienen quienes van a intervenir? ¿Qué funciones tendrán? ¿Qué situaciones quedan dentro de sus incumbencias? ¿Qué ocurre cuando aparece un problema clínico? ¿Quién deriva? ¿Quién acompaña? ¿Quién responde?

Psicología en juego
Quizás sea momento de dejar de pensar la Psicología del Deporte como un lujo para los clubes grandes o como una herramienta que se utiliza cuando el equipo pierde. La salud mental forma parte de la vida deportiva. Y justamente por eso no puede quedar subordinada a la lógica de la urgencia permanente del resultado.
Un psicólogo deportivo no está allí solamente para que un jugador rinda mejor. Puede contribuir a que un deportista pueda atravesar una lesión, una derrota, una transición de carrera, una crisis personal o una situación de presión sin quedar reducido a la obligación de seguir produciendo.
Puede trabajar con un equipo sin convertir la cohesión grupal en obediencia. Puede acompañar a un entrenador sin transformarse en un operador de motivación. Puede intervenir sobre el rendimiento sin hacer del rendimiento el único sentido de la práctica. Y, sobre todo, puede reconocer cuándo aquello que parece un problema de rendimiento es en realidad un problema de salud mental.
Esa diferencia puede parecer pequeña cuando se la mira desde afuera de un vestuario. Para quien está sufriendo, puede ser enorme. Por eso la discusión que abre el caso Nacional no debería ser si los coaches son buenos o malos, ni siquiera si determinadas herramientas funcionan. La discusión más importante es otra: qué profesionales queremos dentro de las instituciones deportivas cuando lo que está en juego es la subjetividad de quienes juegan.
Porque el deporte puede incorporar nuevas herramientas, nuevas técnicas y nuevos saberes. Pero cuando se trata de salud mental hay algo que no debería quedar librado a las modas: la responsabilidad de cuidar. Y cuidar también significa saber quién está habilitado para hacerlo.






