“¿Un hotel?”, pregunta, como si la vida diferente a la de su pueblo fuera para los giles. O como haciéndose el gil, porque en general eso es lo que pasa. Los pibes de La Garganta Poderosa están armando la cobertura para ir a Brasil a ver el Mundial. René Houseman, el exjugador, el mito, el militante, el de los problemas con la bebida, el gambeteador, el que depositó su alma debajo del asfalto de la calle La Pampa, el de la Copa, el de las Madres, va con ellos. Pero con ellos es con ellos: nada de hotelería distinguida, el lujo es vulgaridad. “Me quedo a vivir con ustedes en la favela”. Los pibes de La Garganta meten una mueca con la boca. Houseman es sonreír.
–¿Qué significa para vos ser villero? –le preguntan Diego Borinsky y Tomás Ohanian, en las famosas “100 preguntas” de la revista El Gráfico, en 2002.
–Muchas personas critican a la gente de la villa; para mí, es un orgullo. Lo digo sin drama: soy villero a muerte.
Las palabras recogen una historia. No es una cuestión de no olvidar sus orígenes: René los reivindicaba. Desde los siete hasta los veinticinco años vivió, jugó, lloró, respiró, comió y fue feliz en el mismo lugar: el Bajo Belgrano. Llegó de La Banda, Santiago del Estero, en 1960 con su familia y el recorrido de casi dos décadas tenía como escenario esas calles.
El Semanario de la CGT describía el lugar, en septiembre de 1968, de la siguiente manera: “2500 familias de trabajadores –más de 10.000 personas– viven en las 8 manzanas ubicadas entre las calles Blanco Encalada, Dragones, Mendoza y Cazadores. El lote donde se encuentra esta villa está desde hace muchos años en disputa entre particulares, y los vecinos residen allí desde hace ya más de 30 años, lo que les da derecho a tomar posesión de sus casas”.
Su hermana Ema, en una entrevista con Marcelo Larraquy para Infobae, describía así el entorno: “Agarramos una esquina y nos metimos. Éramos cuatro hermanos y mi mamá. Nuestros padres estaban separados, pero papá nos hizo una pieza comedor, cocina y baño. Mi hermano Carlos era jugador, empezó a jugar en Excursionistas. Trabajaba en un taller frente a casa. Los que saben dicen que era mejor que René. La villa era muy humilde, nos conocíamos todos. La señora Amalia y su marido nos cuidaba cuando mi mamá iba a trabajar. Era una época de unión, no había drogas. René se levantaba y empezaba a pelotear. Después empezó a trabajar de cadete en una farmacia”.
En esos momentos ya arrancaba su historia con el fútbol. Siempre en clave familiar: “Con mis piernas, viejita, quiero sacarte de la malaria”. Como no podía ser de otra manera, René era hincha de Excursionistas. Era inevitable: el equipo del barrio en La Pampa y Miñones. Pero el amor conlleva el desamor o, en este caso, la discriminación. “Cuando era pibe me fui a probar a Excursio y me rajaron porque decían que era muy villero”.

Nunca ese agravio, problemático, se convirtió en malestar irreconciliable. Fíjense si no:
–¿Huracán o Excursionistas?
–Esa no te la puedo responder. Me quedo con los dos.
Pero se fue a Defensores de Belgrano y salió campeón de la “C” en 1972. De allí a Huracán y la curva ascendente de su carrera: campeón con el equipo de Menotti en Parque Patricios y con la selección de Menotti en el Mundial 78, galardonado en Chile y hasta en Independiente, donde tuvo minutos en la consagración de la Copa Libertadores 1984. También jugó en River.
Se fue a jugar a Sudáfrica y, según su testimonio, casi que solo aprendió tres palabras: “One wine, one beer y one scotch” (Un vino, una cerveza, un whisky). El problema de la bebida lo tuvo a maltraer: “Estuve internado 22 días en el Hospital Durand. Me llevó mi hermana. Me asusté y dije: no tomo más. El alcohol me sacó muchas cosas. En lo futbolístico, las piernas. Hubiese jugado muchos años más. Y en lo personal perdí la oportunidad de ver crecer a mis hijos”. Un partido que un día ganó.
La fama nunca le hizo abandonar la villa. Menotti lo llevó a intentar comprar un lugar para vivir por Núñez, pero no tuvo suerte. Huracán le dio una casa en Parque Patricios sobre la calle Uspallata, pero no había forma de separar a René de la villa, que es como decir de su vida. Dijo Olga, su esposa de siempre, en la nota de Infobae antes citada: “Nos mudamos en noviembre de 1973, pero casi siempre volvíamos a la villa. Yo estaba casi todo el día en la casa de mi mamá, además el año siguiente quedé embarazada. No nos acostumbrábamos a estar lejos de nuestras familias”.
La separación fue impuesta. El Plan de Erradicación de las Villas ejecutado por la última dictadura se llevó con topadoras el barrio de René. Era un anhelo viejo: desde la firma de Onganía, todos los gobiernos trabajaron el tema. La dictadura, con el “embellecimiento” urbano del Mundial, avanzó. Una investigación de Nahuel Lag en Papelitos indica: “Si en 1976 había 224 mil personas viviendo en villas y asentamientos en la Capital Federal, dos años después, en los meses posteriores al Mundial 78, cerca del 50 por ciento de esa gente había sido expulsada de sus casas, según el informe oficial de la Comisión Municipal de la Vivienda (CMV), citado por Marta Bellardi y Aldo De Paula en Villas miseria: origen, erradicación y respuestas populares”. La Villa 29 del Bajo Belgrano dejó de existir.
Jamás lo olvidó René. “Los militares y sus topadoras arruinaron mi mundo y el de muchas personas que quería. Me destruyeron por dentro. (…) Cuando borraron la villa, la llevé a mi vieja a una cuadra de donde vivíamos, porque allí estaban mis vecinos, mis amigos. No podíamos ni queríamos separarnos de todo eso, porque así como ellos no se olvidaron de mí, cuando yo era un don nadie, yo no me olvidé de ellos, cuando me tocó ser René Osvaldo Houseman” (Papelitos, 2018).
–¿Qué opinás de Videla?
–Una mancha negra para el gobierno.
–¿Llegaste a saludarlo?
–Sí. Y hoy estoy arrepentido.
Es curioso el destino: ganó el Mundial y levantó la Copa más linda de todas a 20 cuadras del lugar de su vida. Se puede ser del mundo y de un barrio.

Nunca lo abandonó. Era un wing, gambeteador, de medias bajas, siempre por afuera. Su verdadera línea de cal fueron las calles del Bajo Belgrano y su “estadio villero”: la canchita de Ramsay y La Pampa.
Alguna vez contó Diego, su hijo, en una entrevista que le realizó con el portal Mi Belgrano: “Mi papá, desde que se fue de la villa, vivió toda su vida en Belgrano. Primero en Monroe al 800 y después nos mudamos a Echeverría y Libertador. Iba a los bares de la zona, a la heladería, al kiosco de la esquina. Tenía sus paradas fijas. En tres, cuatro cuadras, pasaba su vida. El barrio para él era sagrado. Lo invitaban de todos lados, a los mejores hoteles, pero solo iba unos días porque quería volver rápido”.
Le contó su amor por el barrio al más grande de todos. Desde la favela en aquella tertulia mundialista inolvidable del 2014, el gran Houseman le escribió una carta a Lionel Messi. “Pese a ser tan reconocido mundialmente, nunca buscaste figura y jamás te olvidaste de donde te criaste, como yo tampoco me olvidé de la villa en la que nací. Y tener eso presente, es lo que hace diferente a los grandes de verdad (…) Te conocí después, primero con la 10. Y luego descubriendo la clase de tipo que sos, algo que terminé de confirmar justamente en esa nota con La Garganta, cuando te pusiste la camiseta de la villa, y la de Mariano Ferreyra o la de Julio López”.
“Houseman, uno de los máximos ídolos de la historia de Huracán, tiene orígenes humildes (villeros). Siempre se mostró orgulloso de eso. Cuando pones imbéciles de 20 y tantos a manejar la comunicación de un club, pueden pasar cosas como ésta”, dijo en Twitter el usuario Braian Bertoni (@braianwitha). Fue una respuesta al “Che Marito, parece una villa esto… Es una villa”, del propio CM de Huracán, que utilizó de manera discriminatoria una frase de la serie El Marginal para referirse a la cancha de San Lorenzo, en el Bajo Flores. Vale aclararlo: hablamos de cuentas oficiales. Podrá ser el bait o simplemente un pecado, racista por cierto, pero esa intervención obliga a recordar el carácter popular de Huracán y de muchos de los grandes equipos de nuestra ciudad. En este caso, recordar a René.
Muchas veces, el astro cayó en una romantización de la vida villera. Que eso es polémico es igual de cierto a que él puede hacerlo, porque jamás buscó la conformación de una vida con carencias, sino la reivindicación de cada vecino que, con poco y nada, puede ser protagonista de su historia.

Una vez Menotti lo tuvo que ir a buscar porque se había escapado de la concentración. Lo encontró sin ser detective: estaba en un picadito en el Bajo Belgrano. Como jugaba profesionalmente, tenía el decoro de ir al banco.
–Houseman, ¿qué hace acá?
–¿Qué quiere que haga? Mire cómo la mueve el wing nuestro.
Referencias bibliográficas:
Borinsky, D., & Ohanian, T. (2002). René Houseman, 100×100. El Gráfico.
La Garganta Poderosa. (2018). René Houseman: El Loco de la villa. Papelitos.
Lag, N. (2018). El Plan de Erradicación de Villas de la dictadura. Papelitos.
Larraquy, M. (2018, 18 de junio). René Houseman y el Mundial ’78: cómo la dictadura desalojó a su familia de la villa del Bajo Belgrano para «embellecer» la Ciudad. Infobae.
Mi Belgrano. (2023, 23 de marzo). El “loco” del Bajo Belgrano.
Molina, I., & Molina Shakespear, I. (2018, 23 de marzo). Houseman, el orgulloso villero del Bajo Belgrano. VICE.
Snitcofsky, V. (2021, 8 de diciembre). Historia y escombros en el Bajo Belgrano. Socompa.






