Libros en estantes, en vitrinas, en bibliotecas. Libros con olor a nuevo y libros que llevan en los márgenes la letra de quienes los leyeron antes. Libros con páginas que se volvieron sepia, libros con el lomo vencido, libros apenas sostenidos por el pegamento que alguna vez los mantuvo enteros.
En un mundo donde priman las redes sociales y los reality shows, todo parece empujar hacia la velocidad. Sin embargo, casi subrepticiamente, surgen espacios de descanso para la vista y el ánimo. En Argentina, en los últimos años se generó un boom de clubes de lectura: gente que se reúne en casas, centros culturales, museos, parques. Gente que todas las semanas escucha poesía. Miles de talleres literarios —online, presenciales, híbridos— donde se escribe narrativa, poesía, dramaturgia, guion. Espacios pequeños, medianos y multitudinarios donde las palabras todavía circulan.
Incluso cuando el gobierno de Javier Milei intentó derogar la Ley del Libro y eliminar el sistema de precio fijo —una iniciativa que finalmente tuvo que desandar frente al rechazo que generó—, los libros siguieron ahí. En las mesas de luz, en las mochilas, en las bibliotecas, en los cafés notables.
De esa misma necesidad —la de leer, pero también la de encontrarse alrededor de lo leído— nace otra: la de tener lugares donde los libros puedan comprarse, venderse, circular, discutirse. Donde también tengan espacio las revistas, los fanzines y los textos que todavía no encontraron editorial.

“Nos parecía que una feria del libro en la calle era una manera de poner en el espacio público las articulaciones, intercambios y militancias que venimos llevando adelante desde hace mucho en el campo de la educación y la cultura”, explica Diego Skliar, integrante de la cooperativa Tinta Limón Ediciones y de la organización de la Feria del Libro de Flores.
La Feria del Libro de Flores realizará su 7ma edición el 3 de octubre de este año en la calle Morón entre Artigas y Bolivia. El evento nace de la unión entre el Centro de Formación Profesional N.º 24, una escuela pública de oficios, y Tinta Limón Ediciones. La primera fue en 2021, cuando la pandemia comenzaba a quedar atrás y la gente debía concurrir con barbijo.
Pero lo que empezó como una experiencia de encuentro rápidamente se convirtió en uno de los proyectos culturales de mayor impacto territorial de la zona. En 2022 recibió un doble reconocimiento institucional: fue declarada de interés cultural por la Comuna 7 y de interés social y cultural por la Legislatura porteña.
“La idea es encontrarnos en un lugar donde coincidan editores con productores de verduras agroecológicas, emprendedores de otros rubros y diferentes formas de pensar de la escuela pública”, continúa Diego. En ese sentido, asegura que la organización de la feria se siente más afín a esos mundos que al círculo de la cultura destacada y refinada y el buen gusto de la academia. “Es una decisión estética y una búsqueda profunda”, agrega.
Este año, la feria vuelve con la consigna “Use el martillo”. La frase juega con una imagen de emergencia: romper el vidrio que nos separa de la salvación. Pero también funciona como contrapunto de la motosierra libertaria. Frente a la herramienta que corta, reduce y arrasa, el martillo aparece para golpear, abrir una grieta, romper aquello que parecía inquebrantable.
“Nos avisa que el estado de excepción y precariedad se volvió regla; que la emergencia no es un paréntesis, sino nuestro ambiente en el que, aturdidos, respiramos con dificultad”, escriben desde Tinta Limón Ediciones.
Con entrada libre y gratuita, la programación reunirá a más de 200 editoriales, además de charlas, recitales, talleres y otras actividades. Entre las figuras anunciadas están la directora de cine Lucrecia Martel, la antropóloga feminista Rita Segato y la crítica literaria Sylvia Saítta. También están planificados debates en torno al endeudamiento y la morosidad, al accionar de la policía en la Ciudad y la disputa por el espacio público.

A pocos meses de la muerte del Indio Solari, habrá una charla de Agustín Valle, Ignacio Gago y Ezequiel Gatto sobre su libro Redondos. A quién le importa. Biografía política de Patricio Rey (Tinta Limón Ediciones). A esto se suman otras dos instancias musicales más: estará el Coro Nacional de Niños recientemente desfinanciado por el Gobierno y tocará Cumbia hasta el lunes para el cierre festivo.
Pero la programación no se limita a la calle, se extenderá por distintos espacios del barrio: habrá una muestra del Taller Popular de Serigrafía, a 25 años de 2001 -que recuerda ese momento de quiebre para el mundo editorial-, proyecciones de cortos sobre ferias, libros y el barrio de Flores, y una posta de salud del Hospital Álvarez. Para las infancias habrá propuestas coordinadas por Kamishibai Infinito, la Asociación Francesco Tonucci y Recujuegos.

“La feria es un laboratorio de formas de existencia, nos planteamos la invención de un futuro hoy. Lo que se vive durante esa jornada es de, algún modo, un ensayo de cómo nos gustaría vivir”, asegura el entrevistado. “La feria intenta plantearse qué sucedería si estamos en el espacio público de esa manera, con estos niveles de invención, de imprevisto, de intercambio, con estos modos de habitar la calle offline”.
Sobre la proliferación de ferias de libros, clubes de lectura y editoriales independientes, Diego entiende que hay cada vez una necesidad más grande de darle un sentido a la vida. Esa es también la pregunta que recorre la feria: ¿hacia dónde vamos en un mundo en constante destrucción?
“El aumento de eventos literarios tiene que ver con el ensanchamiento que nos produce la lectura de una poesía, de una ficción o un ensayo político”, enfatiza. Es que la literatura nos hace ver cosas más allá de la carcasa de nuestros algoritmos, preocupaciones y vidas cotidianas. Cosas que capaz estamos buscando en las páginas de los libros.
Sin embargo, también son formas que buscan los autores, las editoriales y el ecosistema del libro para sobrevivir. “Hay una búsqueda preciosa de dar disputas del sentido, disputas por el espacio público, de festivalearla, de carnavalearla, de vivir de esa manera, pero a su vez hay una necesidad de vender libros, porque el ecosistema del libro está roto, está en coma”.
Una feria también puede ser eso que sucede en las calles de un barrio porteño: un libro que cambia de manos, una conversación que empieza alrededor de una mesa, alguien que descubre una editorial que no conocía. Una pequeña multitud reunida alrededor de las palabras. “Usar el martillo es auscultar: escuchar el sonido del cuerpo social desorientado y entumecido”, explican desde la organización.






