Hay algo raro en nuestra época: nunca fue tan fácil encontrar a alguien y, sin embargo, parece cada vez más difícil encontrarnos. Tenemos agendas llenas de nombres, grupos de WhatsApp que no dejan de sonar, seguidores, contactos, matches, mensajes que llegan a cualquier hora y personas de las que no sabemos dónde están. Podemos mandar una foto, un audio, un corazón, un beso, una canción; podemos decir “estoy acá” sin movernos del lugar. Y, sin embargo, hablamos cada vez más de soledad. No sé si la paradoja es que estamos demasiado conectados. Tal vez el problema sea que hemos confundido conexión con vínculo.
Porque conectarse es relativamente sencillo. El vínculo es otra cosa. Supone tiempo, espera, presencia, desencuentro, negociación, cuerpo. Supone también algo que las redes no manejan demasiado bien: la posibilidad de que el otro no responda como queremos. El otro siempre es un poco imprevisible: no habla exactamente cuando queremos, no entiende exactamente lo que quisimos decir, tiene sus propios tiempos, sus propios deseos, se enoja, se entusiasma, se distancia, vuelve, cambia de opinión. Un algoritmo, en cambio, aprende bastante rápido qué queremos. Y quizás ahí haya una de las cuestiones centrales de nuestro tiempo: qué hacemos con la distancia que existe entre dos sujetos.
Una pantalla puede acercarnos muchísimo, pero no puede eliminar esa distancia. Tal vez tampoco debamos pedirle que lo haga. Porque el otro, justamente por ser otro, tiene una vida que no depende de nosotros. Tiene sus propios problemas, sus deseos, sus límites, su cansancio; puede decirnos que no, puede no contestarnos, puede incluso no querernos.
Comunidad y mercado
Quizás una comunidad no se construya solamente con aquello que coincide perfectamente con nosotros, sino -y centralmente- con las diferencias, con lo que incomoda, lo que discute, lo que obliga a correrse un poco del lugar propio. Por eso me interesa pensar los vínculos no solamente desde el amor o desde las afectividades, sino desde un lugar más sencillo una pregunta quizá más incómoda: ¿seguimos teniendo lugares donde encontrarnos con otros?

Vivimos, además, en una época en la que el mercado aprendió algo extraordinario: que la soledad también puede ser un negocio. Hay aplicaciones para encontrar pareja, aplicaciones para encontrar amigos, aplicaciones para meditar, para dormir, para entrenar, para hablar, para sentirse acompañado. Y ahora también podemos pagar para que alguien nos escuche. No estamos queriendo juzgar a quien lo hace. Nada más lejos. Si alguien está solo y encuentra alivio en una conversación, ese alivio es real. La pregunta que quiero traer es otra: ¿qué sociedad estamos construyendo cuando tenemos que pagar para conseguir algo tan elemental como hablar con alguien, compartir un tiempo con otro?
El mercado tiene una extraordinaria capacidad para transformar en servicio aquello que alguna vez circuló como parte de la vida común: cuidar, escuchar, acompañar, conversar. Y quizás el problema no sea que existan estos servicios, sino que terminemos creyendo que no necesitamos construir las condiciones sociales para que las personas puedan encontrarse si no pagan por ello. Porque ahí aparece algo que me interesa especialmente pensar desde el campo de la salud mental: el crecimiento de lo que se denomina “la soledad no deseada” empieza a hablarnos de cómo estamos organizando (o desorganizando) la vida colectiva.
Conversaciones y soledades
Podemos intercambiar mensajes con una IA y el contenido puede ser sorprendentemente bueno. Podemos contarle algo que nos pasó, preguntarle qué piensa, decirle que estamos tristes, escribirle a las tres de la mañana y recibir una respuesta. No se cansa, no se ofende, no se va a dormir, no nos dice “hoy no puedo” y, sobre todo, no nos abandona en mitad de una conversación porque tiene otra cosa que hacer. Eso puede resultar extraordinariamente atractivo. Pero hay una diferencia que me parece importante no perder de vista: que una máquina pueda sostener un intercambio ilimitado no significa que haya un vínculo en el mismo sentido en que lo hay entre dos personas. Allí no hay una conversación
Cuando “hablamos” con un chatbot, estamos ante una máquina extraordinariamente sofisticada para producir lenguaje. Podemos sentir que estamos conversando y podemos incluso sentirnos acompañados. Pero en un vínculo humano hay dos sujetos, y hay algo que puede ser muy incómodo pero también muy valioso: el otro tiene una vida que no depende de mí. No está ahí para responder exactamente lo que necesito, en el momento en que lo necesito. Tiene sus propios intereses, sus límites, sus tiempos. Y nosotros también. El vínculo humano no consiste solamente en sentirnos bien con alguien; consiste también en estar implicados en la existencia de otro. Y eso lejos de suponer completud, supone falta.
Quizás por eso las tecnologías nos presentan una paradoja. Pueden ofrecernos algo que los vínculos humanos nunca podrán garantizar: disponibilidad permanente. El otro humano no está siempre disponible; tiene horarios, tiene mal humor, tiene otros vínculos, tiene deseos que no nos incluyen. Y nosotros también. Un mensaje puede llegar inmediatamente, una respuesta puede aparecer en segundos, una película empieza cuando queremos, un producto llega mañana, un algoritmo aprende nuestros gustos. Pero una persona no funciona así. El amor no funciona así. La amistad no funciona así. Una comunidad mucho menos. Quizás una parte de la angustia contemporánea tenga que ver con que la tecnología nos acostumbró a una disponibilidad que la vida humana no puede sostener.

La salud mental en la mira
Cuando hablamos de crisis de salud mental solemos mirar a las personas. Y está bien hacerlo. Pero parece más importante mirar también qué tipo de sociedad estamos construyendo: una sociedad con menos espacios públicos, con trabajos más precarios, con viviendas más difíciles de sostener, con ciudades donde cada vez cuesta más encontrarse, con tiempos fragmentados y jornadas atravesadas por pantallas; una sociedad con vínculos que muchas veces empiezan y terminan con un “visto” y con una enorme presión para estar bien, producir, responder, mostrarnos, elegir, consumir y, además, gestionar nuestras emociones.
Nos dicen: cuidate, poné límites, hacé terapia, desconectate, meditá, dormí ocho horas, alejate de los vínculos tóxicos. Todo eso es razonable y, muchas veces, necesario. Pero hay una pregunta que parece inevitable: ¿y si el problema no fuera encontrar recetas para cuidarnos, sino que todo va en el sentido contrario a los cuidados de la vida con otros y otras? Porque la salud mental se juega ahí: en la posibilidad de tener tiempo, de tener lugares donde estar sin consumir, de encontrarnos sin tener que pagar, de hacer algo con otros que no tenga necesariamente una finalidad productiva, de aburrirnos, de conversar, de discutir, de compartir una plaza, ir a un club, participar de una organización, tener amigos que no sean solamente contactos, formar parte de algo.
Y acá otra vez la palabra comunidad. Sabemos que las redes virtuales por sí solas no pueden formar comunidad. Por eso nos preguntamos ¿qué comunidad nos toca? ¿Qué comunidad queremos? Porque si comunidad significa estar de acuerdo, compartir intereses, tener los mismos códigos y confirmar permanentemente nuestras propias opiniones, entonces las redes pueden hacerlo bastante bien. Pero si la comunidad significa estar con otros que no son exactamente como nosotros, la cosa se vuelve más difícil. Una comunidad supone conflicto, supone momentos de desencuentro y supone, también, tener que volver a encontrarse después.
Y esto me parece especialmente importante porque los vínculos también se construyen con aquello que no funciona. No hay amistad sin malentendido, no hay amor sin alguna distancia, no hay comunidad sin diversidad ni disidencias. Y quizás una de las tareas políticas de nuestro tiempo sea recuperar lugares donde podamos atravesar esas diferencias sin que el primer desacuerdo implique el final del vínculo. Porque bloquear es muy fácil. Desaparecer también. Lo difícil es quedarse a conversar con otro que piensa diferente a mí.

¿Hacia dónde?
Tal vez entonces no se trate de estar menos conectados ni de abandonar las redes, mucho menos de idealizar un pasado en el que supuestamente todos nos sentábamos alrededor de una mesa a conversar felices. Ese mundo probablemente nunca existió, y las tecnologías también crean posibilidades enormes de encuentro, organización, expresión y solidaridad. La cuestión parece ser: que la conexión no sustituya el encuentro; que el mensaje no sustituya siempre a la conversación; que el “me gusta” no sea nuestra única forma de reconocimiento; que el algoritmo no termine decidiendo con quién nos encontramos; que la soledad no sea un problema que cada uno debe resolver a solas; y que la salud mental no quede reducida a darnos tips sobre cómo soportar mejor la vida en una sociedad que nos deja cada vez más solos.






