Cuando la plata rinde cada vez menos: cómo se empobreció el bolsillo del laburante

💰Tras darse a conocer el nuevo índice de pobreza e indigencia, salimos a preguntarle a gente en la calle cómo impacta la situación socio-económica en sus hogares y cómo se la rebuscan para llegar a fin de mes.
29/09/2026
Foto: AGLP

La peatonal de Quilmes se reviste de ofertas y rebajas, de persianas bajas y de carteleras que anuncian el final: “Nos vamos, liquido todo”. Sobre la calle Rivadavia, hay un empleado esperando tener su primera venta de la tarde. Esteban, de 40 años, trabaja de lunes a sábados durante ocho horas para mantener a su familia. “Trabajé casi diez años en una fábrica de indumentaria, pero luego se vieron obligados a cerrar porque no podían competir con la apertura de importaciones. Luego del quiebre de la empresa, quedé desempleado en diciembre, y ahora estoy trabajando hace dos meses acá”, explica. A su vez, Esteban admite que cobra $1.200.000, pero esto no le alcanza para cubrir sus gastos mensuales. “Ya me quedé sin plata, y eso que me faltan dos semanas para cobrar. De hecho, el día 20 es mi fin de mes”, dice frustrado. 

La realidad de Esteban no es la única: al interior de una galería, se encuentran dos mujeres doblando y acomodando ropa interior femenina sobre un mostrador. A un costado se encuentra Marta: ella es jubilada y dueña de esta lencería hace más de 50 años. Mientras un cliente pregunta por el precio de una prenda, declara que la caída de ventas es aún mayor que antes: “La verdad es que se vende muy poco. Estamos peor que en la pandemia. Por eso, me veo obligada a poner descuentos y promociones para que la gente compre”. Entre el pago de los $300.000 de alquiler, los impuestos y el salario de sus cuatro empleadas, Marta se agobia al contar que está endeudada. “Ahora estamos comprando mucha menos mercadería porque tengo deuda con mis proveedores”, revela. 

Parece domingo, pero es miércoles. Al atravesar la calle principal, no hay amontonamiento ni mucho menos tránsito. A pocos metros del comercio de Marta, hay un stand de velas, perfumes, jabones, mantas, toallas y almohadas. Este es el emprendimiento de Sandra, que ya cumple cinco años. Al igual que Marta, ella también es jubilada y su única fuente de trabajo es la venta de sus artículos. Sandra confiesa que no logra vender lo suficiente para reponer stock de su negocio: “La verdad es que hay meses más duros que otros. Hay algunos meses que mi hija me tiene que ayudar para que el negocio salga a flote”. Antes de este proyecto, Sandra fue empleada de la cuadra, y por este motivo conoce la zona comercial a la perfección. “Aquellos que tienen local propio, están acá hace años. Sin embargo, muchos se fueron porque no pueden pagar el alquiler o no pueden renovar el contrato. Yo, afortunadamente, puedo pagar el alquiler que cuesta $160.000, gracias a la ayuda de mi marido y de mi hija”, comenta. 

Al parar en el semáforo, se ven personas tendidas en el suelo durmiendo, mientras de fondo se escucha el pregón insistente de los vendedores ambulantes. Al cruzar la calle, hay un local de ropa. De la poca gente que entra, todos dicen “no voy a comprar, solo estoy mirando”. Georgina es la encargada de supervisar cada una de las tareas de este comercio. Ella vive junto a su marido y sus tres hijos en la ciudad de Berazategui. No obstante, no le alcanza para solventar sus gastos. “Yo cobro $400.000, mi esposo tiene dos trabajos, pero aun así no llegamos a fin de mes. Es más, desde el año pasado que no puedo ahorrar nada”, manifiesta Georgina.

Frente a la presión del bolsillo, muchas familias deben ajustar sus hábitos a los precios más accesibles en el mercado. “Nosotros compramos pollo porque es lo más barato, no podemos darnos el lujo de comer asado los fines de semana”, afirma la encargada. Como todos los días, Georgina se toma un colectivo para poder llegar a su trabajo. “El transporte público está caro. Hoy saqué la cuenta y gasto $80.000 por mes”. Otro golpe duro para los trabajadores son los tarifazos. “Lo que es costoso es el alimento y los impuestos. El Estado lo que debería hacer para ayudarnos es parar con el aumento de los servicios. El mes pasado pagué $380.000 de luz”, expresa mientras la sonrisa se le borra lentamente. El mal pasar económico hizo que Georgina y su familia terminaran endeudados. “Estamos muy endeudados porque sacamos préstamos para poder reparar la casa”, concluye.

El relato de Esteban, Marta, Sandra y Georgina puede ser el de cualquier otro argentino que también está padeciendo los mismos problemas económicos. De acuerdo al último dato del INDEC, la pobreza aumentó un 32,3% y la indigencia un 7,5% durante el primer semestre del año. Esto significa que hay 15,56 millones de personas pobres y 3,61 millones de indigentes. En comparación con el primer semestre del año pasado, ahora hay 2,5 millones de pobres y 595.300 de indigentes más. Todo indica que los sueldos no logran cubrir la canasta básica total estimada en 1.605.497 pesos y de que el índice de inflación del 1,7% vive en las estadísticas, lejos de la realidad de los trabajadores.

También tenemos que hablar del trabajo juvenil. Tan solo el 14,2% de los jóvenes de entre 18 y 25 años tienen un empleo formal y en condiciones laborales estables, mientras que el resto atraviesa un trabajo irregular o permanece desempleado. Fabiana, de 23 años, trabaja seis días a la semana durante seis horas en un restaurant de cadena. Ahora está incursionando en un nuevo empleo del mismo rubro, hace horas extras y trata de aprovechar las pocas propinas que le dan los clientes para poder solventar sus cuentas. “Me pagan $900.000 por mes, pero la mitad de mi sueldo va destinado al alquiler”, dice.

Fabiana paga 460.000 pesos por su departamento de dos ambientes, lo que genera que se prive de otras necesidades que deberían ser básicas. “Hay algunos meses que me permito invertir en zapatillas o en hacer una compra grande de mercadería. Igualmente siempre procuro comprar alimentos que rindan, fraccionar la carne y frisarla, y prepararme viandas para llevar a mi lugar de trabajo”. Al igual que muchos otros jóvenes, trabaja y estudia a la vez. Fabiana estudia la carrera de Diseño Gráfico en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires. Para continuar con la cursada, ella necesita de una notebook para poder realizar los trabajos prácticos. Sin embargo, cursa cinco veces a la semana, y entre transporte y transporte, gasta $128.000 por mes. 

Por otro lado, están las trabajadoras domésticas. Este es un sector que históricamente ha sido vulnerado e invisibilizado por no ser considerado un trabajo. Si bien 600.000 empleadas se encuentran registradas, 3 de cada 10 están en estado de informalidad. Fátima tiene 54 años, y desde hace 26 años cocina y limpia en casas particulares. Todas los días se va a las 6.00 y no vuelve a su casa hasta las 21.00. Ella trabaja en tres domicilios para poder mantenerse y cuidar de su madre: tiene dos trabajos fijos, uno de lunes a viernes, otro que asiste los miércoles y los viernes, y por último va una casa cada 15 días. “De los tres, en uno solo estoy en blanco. La verdad es que hay que estar peleándola porque me pagan $5.500 la hora, no es nada, cuando en realidad debería estar cerca de los $10.000”, especifica. Pagar los impuestos, comprar la comida y los remedios tiene otro precio, y son los padecimientos físicos. “Al regresar, tengo que ocuparme de las tareas de mi casa, por eso la mejor parte del día es cuando me recuesto en la cama porque no soporto el dolor en la espalda, las piernas y los pies”. 

Por último, ante el interrogante de que se imaginan para el futuro de nuestro país, se refleja un panorama desolador. Las respuestas van desde enfado hasta el agotamiento absoluto: “no quiero pensar mucho porque me da pena”; “tengo mucha bronca”; “necesitamos de una política que beneficie al laburante”; “no sabría decirte con exactitud, creo que estamos todos ajustados”; y “estamos preocupados, estresados y cansados”.

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