Deporte entre muros: «la inserción se da cuando nos podemos mirar a los ojos»

🏈 Algunas cárceles han motivado el deporte como una manera de propiciar espacios de encuentro, responsabilidad y sentimiento de pertenencia.
23/09/2026

La cárcel es un espacio de aislamiento, donde la vida de los presos transcurre dentro de muros y donde prevalece el individualismo para sobrevivir. Aunque los ingresados convivan, no necesariamente crean comunidad.

Sin embargo, algunas cárceles han motivado el deporte como una manera de propiciar espacios de encuentro, responsabilidad y sentimiento de pertenencia. Estas actividades practicadas con regularidad favorecen, aún antes de que hayan recuperado la libertad, la reinserción social. 

Practicar un deporte le devuelve el movimiento, le da un propósito, le otorga un aprendizaje. Jugar en equipo cambia la manera de mirar al otro, que se convierte en un compañero en quien hay que confiar para obtener un logro y disipa la actitud de desconfianza y de temor. No hay enemigo sino adversarios. Durante la práctica deportiva deja de ser “preso”, “interno” o “delincuente” y adquiere otros modos más dignos de ser designado: capitán, líder, etc, que le devuelven una identidad perdida.

Carlos Mena, quien estuvo privado de su libertad en la Unidad N.º 23 del Complejo Penitenciario de Florencio Varela, conoce esa transformación en primera persona. Desde 2010, participó de talleres de dibujo artístico, literatura, filosofía y boxeo, entre otras actividades. Con el tiempo comenzó también a coordinarlos. Aquello que inicialmente formaba parte de su vida cotidiana dentro de la cárcel terminó modificando también el lugar que ocupaba dentro de ella. 

“El rol te lo da el pueblo, no te lo das vos mismo”, explica. Para Carlos, fueron el hábito, la constancia y la dedicación los que hicieron que sus propios compañeros comenzaran a reconocerlo desde otros lugares. La transformación no implicaba desconocer aquello que lo había llevado a prisión, sino descubrir que esa experiencia no tenía por qué constituir la única categoría capaz de definirlo. “En lo práctico sos cualquier cosa menos un preso”, resume. 

Durante su estadía en la cárcel, el boxeo ocupó un rol central. Carlos cuestiona la creencia popular que sostiene que el boxeo es un deporte violento. Por el contrario, explica él, el guanteo es la última instancia en la vida de un boxeador. “Primero aprendés la técnica, la táctica, la estrategia y recién ahí, si querés, pasás al guanteo. El boxeo es inteligente, intelectual, métrico”, afirma. “Somos lo que hacemos, no lo que hicimos”, sostiene. Carlos es un existencialista y toma la cita de Jean Paul Sartre como lema de vida: “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros».

Pero para que exista un equipo, tiene que existir también un otro. A diferencia de las actividades individuales, los deportes colectivos requieren construir algo en común. Un equipo no funciona solamente porque sus integrantes compartan una cancha: exige coordinación, confianza, respeto por reglas comunes y el reconocimiento de que el resultado propio depende también de las acciones de los demás. En un espacio marcado por el encierro, construir ese “nosotros” adquiere un significado particular.

En el año 2016, en Mendoza, ese “nosotros” comenzó de una manera más simple: con un grupo de personas intentando jugar al fútbol con una pelota de rugby. La forma imprevisible de la pelota hacía que se desviara para cualquier lado y la primera reacción fue la risa. Guillermo “el Negro” Navarro, impulsor de Caciques desde sus comienzos, recuerda aquella primera experiencia y sostiene: “el juego nos une, nos vuelve niños, nos pone a la par”. 

La idea de crear el grupo “Los Caciques” surgió de un viaje a Inglaterra en el que Guille “El Negro” Navarro concurre a partidos de rugby, conoce el deporte, y posteriormente conoce a “Los Espartanos”. Se trataba de un equipo proveniente de Buenos Aires, el cual también se desarrollaba en contextos de encierro. “Hay que trasladar esto a Mendoza”, pensó Navarro.

Para Navarro, la generación de vínculos es una tarea necesaria, aún más en estos contextos. Incluso, explica, dentro de la Unidad se dictan cursos de vínculos en donde se tiene como objetivo el poder confiar en el prójimo. El rugby funciona como una herramienta para generar integración. Según relata, uno de los primeros cambios que perciben entre quienes practican la actividad es el respeto hacia quienes destinan su tiempo a acompañarlos y, progresivamente, una nueva forma de conexión con los demás y con ellos mismos. 

Hablar de deporte dentro de las cárceles conduce casi inevitablemente a una palabra: reinserción. El término supone que, una vez cumplida la condena, la persona deberá volver a incorporarse a una sociedad de la que temporalmente fue apartada. Pero esa idea contiene una presunción que no siempre se cumple: para reinsertarse, primero tiene que haber estado inserto.

Navarro cuestiona precisamente ese punto. Desde Caciques prefieren hablar directamente de inserción. Por ello señala que gran parte de las personas con las que trabajan atravesaron situaciones de vulnerabilidad antes de llegar a prisión y entonces el proceso no puede pensarse únicamente a partir del momento en que recuperan la libertad. Para ellos comienza adentro: en el vínculo con los compañeros, el personal penitenciario, las familias y los docentes. “La inserción se da cuando nos podemos mirar a los ojos, cuando saben que pueden contar con el prójimo, cuando aprenden a confiar”, sostiene. 

Finalmente, cuando llega el momento de atravesar los muros e ir en búsqueda de la libertad, Caciques intenta ofrecer contactos y herramientas para poder transitar este cambio, aunque Navarro reconoce que muchas veces dejan de saber qué ocurre con ellos una vez afuera. Y, de alguna manera, aceptar esa incertidumbre también forma parte de lo que intentan construir: “No podemos ejercer un control para siempre. Si no confiamos en que hay algo que se transformó o cambió, no sirve de nada”. 

En el caso de Carlos, la salida significó precisamente asumir fuera de la cárcel algunos de los roles que había comenzado a construir dentro. Después de recuperar la libertad volvió a ingresar a unidades penitenciarias, aunque esta vez como tallerista. Trabajó con literatura, filosofía y boxeo y actualmente desarrolla actividades educativas en contextos de encierro en Neuquén. En la Unidad N.º 11, además, dicta clases destinadas a formar profesores de boxeo recreativo, con la intención de que esa formación pueda convertirse también en una herramienta laboral. 

El recorrido de Carlos en cierto punto fue circular: volvió a ingresar a la cárcel, pero esta vez de manera voluntaria, como si aún debiese devolverle algo. El que alguna vez ingresó como detenido regresó como docente; quien había encontrado en los talleres una fuente de tranquilidad y aprendizaje, pasa a ser hoy quien se lo brinda a los demás.

En ese recorrido entre el adentro y el afuera, inevitablemente aparece otra pregunta: ¿alcanza con no estar detrás de los muros para ser libre?

Para Navarro, la libertad no se resume en estar físicamente en “el afuera”. Cuando intenta definirla, reconoce que es “algo imposible de definir con palabras”, pero la vincula con la posibilidad de sentirse pleno, armónico, equilibrado y de poder escuchar el propio deseo. Cada persona que recupera su libertad, dice, es “una semilla en latencia con un potencial increíble”.

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