Era un martes de invierno del año 2018 y la invitación era como cualquier otra: cenar en lo de una compañera de la facultad para hacer un trabajo práctico. Al llegar al departamento del barrio El Palomar, me encontré con una realidad inesperada: una dinámica familiar muy atípica.
En un monoblock de tres habitaciones vivían 16 hermanos, hijos de la misma madre y el mismo padre, con camas cuchetas apiladas y una mesa preparada para 18 personas. La madre había pasado el día haciendo empanadas. El padre, militar de la Fuerza Aérea, estaba sentado en la punta de la mesa. No se levantó.
Cada hermano tenía una tarea asignada en una lista de la heladera. Los chicos servían, ordenaban, limpiaban; la dinámica parecía ensayada. Candela, la mayor y compañera de la carrera de Trabajo Social, ya había mencionado que su familia pertenecía al Opus Dei, aunque no había profundizado en el tema.
La imagen de la mesa y esa vida familiar tan poco común hacía que surgieran muchas preguntas, incluso con la información que había comentado Candela en algunas ocasiones. Todos habían asistido a una escuela bilingüe en Bella Vista, barrio en el que viven muchos miembros del Opus Dei; también habían vivido en varios países por el trabajo del padre, y las vacaciones familiares eran en el exterior. No era una familia sin recursos. Sin embargo, el departamento era austero y la convivencia funcionaba con una estructura casi cuartelaria. La madre nunca había trabajado fuera del hogar.
Candela contó que llevaba casi dos años de novia y que todavía no habían tenido relaciones sexuales porque cuando lo hiciera iba a tener hijos. Sus creencias no le permitían usar métodos anticonceptivos; mucho menos tener sexo extramatrimonial. Este año se casó.
Hoy Candela niega pertenecer a la organización.

Puertas adentro
La organización fue fundada en 1928 por el sacerdote español Josemaría Escrivá de Balaguer. Se define como «una institución de la Iglesia Católica que promueve entre personas de todas las clases de la sociedad el deseo de la perfección cristiana en medio del mundo», de acuerdo con su página oficial.
Según los testimonios de quienes la vivieron desde adentro, el perfil socioeconómico, la apariencia física y la condición de salud determinan hasta dónde puede llegar cada persona dentro de la organización.
«Personas muy morenas, personas gordas, personas con marcas visibles o ‘cuerpos notorios’, como les llaman ellos, muchas veces no eran elegidas para vivir dentro de las casas principales», señaló Paula Bistagnino, periodista y autora del libro Te serviré, quien durante diez años entrevistó a más de 200 ex integrantes de distintos países.
En cambio, Daniela Andre, supernumeraria argentina que hoy trabaja en la oficina de comunicación de la Obra (como sus miembros llaman coloquialmente al Opus Dei), sostiene que cualquiera puede acercarse a la institución. «El Opus Dei no quiere que haya más gente del Opus Dei, quiere que la gente conozca a Dios y sea feliz», afirmó. «Puede ser cualquier persona que vaya y se acerque».
Estructura interna
El Opus Dei tiene una estructura interna que sus propios miembros describen como igualitaria, pero que en la práctica divide a sus integrantes en categorías bien definidas. En la cima están los numerarios y numerarias, célibes que viven en residencias de la organización y entregan su sueldo completo a la Obra. Luego están los supernumerarios, la mayoría, que pueden casarse y vivir en sus casas. Y, por último, una categoría que no tiene equivalente masculino: las numerarias auxiliares, mujeres cuya vocación es santificarse a través del trabajo doméstico en los centros de la Obra. Son mujeres que provienen de zonas humildes de Argentina y las trasladan a los centros prometiéndoles a ellas y a sus familias una vida mejor. A diferencia de todas las otras, su lugar no puede cambiar. «En general forman parte las mujeres que tienen algún problema familiar o físico», afirmó Sebastián Sal, abogado de 43 ex numerarias auxiliares que denunciaron a la institución.
La Obra elige
La selección dentro del Opus Dei no es solo una cuestión de fe. «Las formas de inclusión en el Opus Dei se terminan condicionando con una cuestión de clase. No es que no puedas entrar al Opus Dei, sino que probablemente no puedas entrar en cualquier categoría», explicó María Bargo, antropóloga que investigó la institución durante casi diez años en Argentina y México. La promesa de que cualquiera puede santificarse a través de su trabajo cotidiano convive, en la práctica, con una estructura que asigna los roles más bajos a quienes menos recursos tienen para cuestionarlos.
Bargo encontró una expresión concreta de ese mecanismo en los colegios que el Opus Dei sostiene en sectores vulnerables de Buenos Aires. «Hacían talleres de imagen personal donde les enseñaban a las chicas a reprimir las marcas de clase; que no se note que sos de la villa», describió. El objetivo, según la institución, era mejorar las posibilidades laborales de las estudiantes.
Marina Pereda, ex numeraria española, lo vivió desde adentro. Entró al Opus Dei a los 14 años y salió a los 25 sin ahorros, sin trabajo y con una deuda. «Gasté muchísimo dinero en el psicólogo para poder salir adelante», recordó. Lo que la institución presentó como una oportunidad de formación terminó siendo un engaño económico del que tardó años en salir.
Captación
No todos los que pertenecen al Opus Dei ingresaron por elección o convicción. Para muchas mujeres de escasos recursos, la puerta de entrada fue una promesa de estudiar, salir de la pobreza y tener una oportunidad; promesa que resultó ser, según los testimonios, un engaño. Este patrón confirma lo que esta investigación plantea: que detrás del discurso de apertura de la institución operan criterios de selección que favorecen ciertos perfiles y excluyen a otros.
«Numerarias y sacerdotes iban a los pueblos y les ofrecían venir a estudiar a Buenos Aires a un buen colegio secundario con salida laboral», afirmó Sebastián Sal, ex numerario y abogado. Las candidatas tenían entre 13 y 16 años, venían de familias humildes del interior del país, de Paraguay, Uruguay o Bolivia. «Muchos padres confiaban. A una incluso le mintieron con un sorteo que había ganado», agregó. La mayoría llegaban al Instituto de Capacitación Integral en Estudios Domésticos (ICIED), ubicado en el barrio de Bella Vista, también conocido como «la escuela de mucamas».

Ese futuro prometedor nunca llegó. La escuela no tenía autorización para otorgar títulos oficiales. «Terminaban el secundario y no tenían nada. Eso se dan cuenta después, cuando se van», señaló el mismo abogado.
Salir no era tan sencillo como lo describe Daniela Andre, quien asegura que irse del Opus Dei es un proceso simple: «No hay que hacer nada, te vas y ya está». El lugar estaba alejado, no tenían teléfono para comunicarse con sus familias, y el aislamiento era parte del sistema. «Adentro les llenaban la cabeza diciéndoles que Dios las había elegido para ser numerarias auxiliares por toda la eternidad, y que si no lo hacían se condenarían al infierno ellas y sus padres», relató Sebastián. Marina también lo vivió en carne propia. «Pedí distanciarme un poco, dejar de ir a charlas, pero entonces se dieron cuenta de que estaba en crisis. Quise ir a una psicóloga y trataron de llevarme a una del Opus Dei». El miedo tampoco desapareció al salir. «Sentía que estaba dejando toda mi vida y mi compromiso con Dios atrás. Sentía miedo de ir al infierno si no iba a misa y sentía culpa por decepcionar a Dios y a mí misma», afirmó.

Algunas, 20 años después, lograron salir y descubrieron que el tiempo trabajado no existía para el Estado. «Querían jubilarse y no tenían aportes», relató el abogado. No resultó una casualidad: era exactamente el perfil que la institución había buscado desde el principio, mujeres vulnerables, sin recursos ni redes, a quienes el sistema les había dejado pocas opciones antes de que el Opus Dei llegara a ofrecerles una.
«En la primera reunión nos dimos cuenta de que no era un tema de seguridad social, sino de trata de personas», comentó Sebastían. La causa llegó a la Procuraduría de Trata. El fiscal Eduardo Taiano investigó el caso y pidió la indagatoria de cinco vicarios. La investigación penal busca penas de prisión.
La versión de la Obra
La institución tiene su propia narrativa. Y, para sostenerla, tiene voces dispuestas a defenderla. Daniela Andre vivió un tiempo en un centro del Opus Dei en Buenos Aires junto a numerarias y numerarias auxiliares. Su recuerdo contradice el de quienes denunciaron: «Eran las más alegres, las más buenas. Pensaban en todas las personas que vivían en ese centro, como una madre de familia que cuida que todos estén cómodos y sientan ese calor de hogar», describió. Para Daniela, la apertura que proclama la institución es real y la libertad de irse también. «Todos los años, el 19 de marzo, decimos quiero ser del Opus Dei. Si no reafirmás, volvés a tu vida normal y ya está», aseguró.

Sin embargo, los testimonios apuntan en otra dirección. El abogado de las 43 mujeres que denunciaron a la institución describió una realidad opuesta: «Ellas no tenían trabajo, ni dinero, ni vínculos fuera de la Obra. Sus familias habían perdido contacto con ellas. Muchas se tuvieron que escapar. Algunas intentaron suicidarse. La puerta que el Opus Dei describe como siempre abierta, para ellas no lo era”.
Para Daniela, las denuncias fueron una sorpresa. «Me sorprendió mucho que haya salido una noticia así, porque no es lo que yo viví», aseguró. En lugar de responder con sus propias palabras, remitió a infoycontexto.com, un sitio creado por la propia institución para ofrecer «información y documentación en relación a las acusaciones».
El patrón
Las denuncias ante el ICIED y los testimonios de ex miembros repiten un patrón que la institución niega pero no puede desmentir: hay prácticas de selección y permanencia que no están escritas en ningún reglamento, pero funcionan y siempre en la misma dirección.
Las mujeres que llegaron desde los sectores más vulnerables del país terminaron en la categoría más baja, haciendo el trabajo más pesado, sin sueldo, sin título y sin salida. Las que venían de familias con recursos, contactos y doble apellido, como describe Sal, encontraron otro lugar dentro de la Obra.
El Opus Dei dice que cualquiera puede acercarse y, técnicamente, es cierto; pero como señaló la antropóloga María Bargo, no cualquiera puede entrar en cualquier categoría. La apariencia física, el nivel socioeconómico y la condición de salud definen, en la práctica, hasta dónde puede llegar cada persona dentro de la institución. No con un rechazo explícito, sino con un Dios que les dice lo que deben hacer.
Marina Pereda tardó once años en entender que no venía de Dios. «Si el Estado y la sociedad no ponen límites, seguirán entrando más niños», concluyó.
Aquella noche en la mesa de los dieciocho, nadie hablaba de selección ni de perfiles, pero la dinámica familiar poco común generaba muchas preguntas.






