Sexualidad en internet: la importancia de llamar a las cosas por su nombre

📲 La información es considerada un bien público al que todo ciudadano tiene derecho a consultar y solicitar. Pero, ¿qué sucede cuando un saber necesario para la salud sexual se ve obstaculizado por los mismos portales de internet que deberían facilitar su acceso?
04/09/2026

Durante años, tanto la educación sexual como el colectivo feminista insistieron en la necesidad de dejar de hacer tabú cuestiones relacionadas al sexo y, por el contrario, abordar estos tópicos desde un enfoque científico.

“A las cosas hay que llamarlas por su nombre”, afirma Luz Miguelez, psicóloga y sexóloga formada en la Universidad de Buenos Aires. Frente a las reglas de las plataformas, hacerlo no siempre parece tan sencillo. Luz  lleva cuatro años creando contenido sobre estos temas y asegura que elude ciertas palabras, las mutea o reemplaza algunas de sus letras para intentar que sus publicaciones no sean restringidas. 

Muchos de nosotros podríamos creer que vivimos a años luz de la era victoriana, ya que hablamos de sexo en redes, discutimos sobre placer, de orgasmos en la mesa y algunos tabúes antiguos parecen haberse debilitado. Para Elizabeth Schulz, psicóloga, sexóloga clínica y educativa, presidenta de FESEA (Federación Sexológica Argentina) y directora del Instituto Carmenta de Psicología y Sexualidad Femenina, algunas lógicas victorianas persisten. “Muchas veces comparo la época en la que vivimos con la era victoriana”, sostiene. Y agrega: “Históricamente, la sexualidad de la mujer ha sido más silenciada, castigada y reprimida que la del hombre”.

Una vez más, la presidenta de FESEA insiste en la necesidad de llamar a las cosas por su nombre. A lo largo de la historia, las mujeres nos hemos convertido en el blanco de la represión, el silencio y las sombras. “La educación sexual busca lo contrario, sacar del escondite y del silencio a estos temas. Esta lógica restrictiva que se vivencia en las redes sociales solo sirve para perpetuar los mismos tabúes”, afirma.

Mientras los profesionales de la salud insisten en que nombrar correctamente permite informarse, reconocer situaciones de violencia y pedir ayuda, las políticas de estas plataformas parecen avanzar en sentido contrario. Para hablar de sexualidad en internet, muchas veces hay que evitar llamar a las cosas por su nombre. En materia de salud, la precisión no es un detalle menor. Mauyuri Álvarez, médica ginecóloga del Hospital Eduardo Wilde, advierte que disfrazar estos términos detrás de eufemismos, códigos o incluso silencios puede traer consecuencias concretas: “Se pierde precisión y, sobre todo, accesibilidad”. La profesional plantea que encontrar información confiable depende, en gran medida, de poder nombrar aquello que se está buscando: “Poder nombrar algo permite reconocerlo y también pedir ayuda”.

La desinformación a su vez, trae aparejadas consecuencias reales, que atraviesan las pantallas hasta llegar a los consultorios médicos. “Las redes sociales ya forman parte de cómo las personas se informan. No podemos simplemente pedirles que no las utilicen. Lo que tenemos que lograr es que cuando busquen, puedan encontrar información segura, comprensible y científicamente respaldada”, sostiene Mauyuri. Casos como la utilización incorrecta de métodos anticonceptivos, la demora frente a síntomas de infecciones de transmisión sexual o incluso hasta la ignorancia sobre el consentimiento o las dificultades para reconocer situaciones de violencia, son algunas de las consecuencias reales que trae aparejada esta falta de información. “Para muchas adolescentes, Internet es el primer lugar donde buscan respuestas, por lo que la calidad de esa información importa muchísimo”, explica. 

Entonces, ¿son las redes sociales enemigas de la educación sexual? No, para nada. Su masividad y amplio alcance ha permitido que muchas personas atravesadas y acobardadas por la vergüenza y los tabúes, puedan resolver sus dudas. Internet se creó bajo la promesa de ser un sitio horizontal, en donde todos los usuarios podían ser creadores, de fácil acceso, sin jerarquías ni tapujos. Sin embargo, existen porteros de la información, términos y condiciones, y reglas que ponen en jaque esta idea inicial. Cada plataforma se construye bajo un listado de normas, las cuales son capaces de decidir sobre el contenido y la forma en la que éste se nos presenta.

Pablo José Gómez Cicilia, médico urólogo especialista en medicina sexual del Hospital Durand, asegura que todavía percibe “una gran desinformación” y “una gran vergüenza” alrededor de la sexualidad. Entre los mitos que escucha en su consultorio, aparecen ideas como que una persona joven no puede tener problemas de erección, que el viagra es necesariamente peligroso, o que existe una duración determinada que convierte una relación sexual en “normal”.

“Es difícil hablar de placer muchas veces”, señala Gómez Cicilia, quien sostiene que la sexualidad no debería pensarse únicamente en términos individuales: “El sexo es una situación de comunión y esto muchas personas no lo entienden así”. Para el especialista, desterrar esos mitos requiere precisamente utilizar términos claros. “Es importante llamar a las cosas por su nombre porque nuestro deber como profesionales de la salud es brindar al paciente la información más precisa, filtrada, comprobada y actualizada”.

Hoy en día, una gran cantidad de menores de edad acceden a las redes sociales, por lo que los profesionales consultados entienden y avalan la existencia de normas que prevengan ciertos términos o contenidos, pero todos insisten en la necesidad de crear alguna regulación o método que permita avalar a quien esté divulgando dicha información. Lo que importa es el contexto. El término sexo puede emplearse para contenidos explícitos, como para referirse a los genitales, a una explicación médica sobre prevención, consentimiento o reproducción. Una misma palabra puede tener finalidades distintas, aunque para un sistema automatizado esa diferencia no siempre resulte evidente.

La sexóloga Luz Miguelez plantea una alternativa y nos invita a pensar en un camino paralelo, en una nueva propuesta: los profesionales de la salud, como lo son los educadores sexuales, podrían presentar un certificado o diploma que los avale ante la plataforma. Esto no implicaría una circulación sin límites: la especialista contempla la necesidad de aplicar ciertas restricciones según la edad del público. 

Elizabeth Schulz coincide: “las plataformas deberían crear mecanismos capaces de reconocer de dónde viene la información” y permitir así que quienes divulgan estos contenidos puedan acreditar una formación profesional. La propuesta no busca eliminar las reglas, sino prestarle atención al contexto a la hora de aplicarlas.

Tras décadas de intentar quitarle la connotación negativa o morbosa a términos como “sexo”, “aborto”, “abuso”, “genitales” y “placer”, las plataformas parecen introducir una nueva contradicción, un nuevo obstáculo. “Cada vez estamos más cerca de entender que la mejor forma de comunicar ESI y de informarnos es llamar a las cosas por su nombre”, sostiene Miguelez, aunque advierte que las políticas digitales todavía no acompañan ese avance. 

Queremos hablar más y mejor de sexualidad, pero todavía existen sistemas que nos obligan a hacerlo a media voz. La educación sexual insiste en que el primer paso para abordar un tema es poder nombrarlo. Si las redes son uno de los principales espacios donde las personas buscan respuestas, el desafío no debería ser enseñar a disfrazar palabras, sino garantizar que puedan circular con claridad, contexto y respaldo profesional.

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