En el aula, el celular distrae. En el colectivo, sirve para avisar que están llegando a casa. Y, para muchas familias, es una forma de entretener a los más chicos mientras los adultos trabajan o resuelven las tareas del día. Hace seis años, durante la pandemia, las pantallas eran indispensables para sostener las clases y los vínculos. Hoy, esa misma tecnología que permitió seguir conectados se volvió una invitada incómoda dentro de las escuelas.
Los adolescentes porteños pasan, en promedio, seis horas y diez minutos diarios frente al celular, según una investigación del Ministerio de Educación de la Ciudad y el ITBA difundida en septiembre de 2026. Cuatro de cada diez estudiantes relevados presentan, además, al menos una señal de alerta vinculada con la ansiedad, la depresión, la somnolencia o el uso problemático del teléfono. Aunque el estudio no demuestra que las pantallas sean la causa de ese malestar, los resultados llevan la discusión mucho más allá de las distracciones en clase.
Frente a este escenario, las restricciones avanzan. México anunció que desde el 3 de noviembre limitará el uso de celulares durante las clases y los recreos de primaria y secundaria. En Argentina, la provincia de Buenos Aires sancionó, en 2025, una ley que restringe su utilización en primaria a actividades autorizadas por los docentes, mientras que CABA profundizó sus regulaciones en marzo de este año.
La paradoja es que, mientras las escuelas buscan que los pibes suelten el celular, hay una industria entera trabajando para que no lo hagan. En el medio quedan las infancias, atravesadas por una tecnología que se volvió parte de su vida cotidiana, pero con posibilidades muy distintas de elegir cuándo desconectarse.
La atención también es un negocio
Un video más. Otro. Una notificación, un mensaje y otra vez el celular en la mano. Desbloquear el teléfono se volvió un movimiento casi automático. En Argentina, el 54% de los estudiantes de 15 años reconoce distraerse con sus propios dispositivos durante las clases de Matemática, según un informe de Argentinos por la Educación basado en las pruebas PISA 2022. El porcentaje más alto entre los 80 países participantes.
Para Lucía Fainboim, especialista en ciudadanía y crianza digital y autora de Cuidar las infancias en la era digital, las nuevas restricciones pueden ayudar a interrumpir ese impulso de mirar constantemente el teléfono. Recuperar la concentración, volver a encontrarse con otros durante los recreos y acostumbrarse a pasar algunas horas sin estar pendientes de una pantalla. Las considera «medidas de emergencia», que necesitan acompañarse de transformaciones más profundas.
El problema es que, mientras se les pide a los chicos que pasen menos tiempo conectados, las plataformas buscan exactamente lo contrario. «Su modelo de negocios se basa en la captura de la atención y en aumentar el tiempo de permanencia», explica Fainboim.
Videos que se reproducen uno detrás de otro. Contenidos que nunca terminan. Algoritmos que seleccionan qué mostrar para que el usuario se quede un rato más. La atención se convirtió en un recurso valioso y las infancias también forman parte de ese mercado.
Para la especialista, la preocupación no pasa únicamente por la cantidad de horas frente al celular, sino por todo aquello que queda desplazado: el juego, la lectura, la creatividad, el encuentro con otros y hasta la posibilidad de aburrirse. Porque no es lo mismo usar una pantalla para aprender, crear o compartir que pasar horas consumiendo contenidos de manera pasiva.
Las escuelas pueden recuperar algunas horas de atención. Lo que no pueden hacer, por sí solas, es cambiar las reglas de un negocio que necesita que los chicos sigan mirando.

No todos tienen el mismo afuera
Apagar el celular parece una decisión fácil. Pero ¿qué pasa cuando del otro lado no hay un club cerca, las actividades recreativas cuestan dinero o los adultos pasan gran parte del día trabajando?
El relevamiento porteño encontró que los adolescentes de los hogares de menores ingresos pasan, en promedio, una hora y media más por día frente al teléfono que aquellos de los sectores más acomodados. El dato no explica por sí solo las causas de esa diferencia, pero abre otra discusión: las posibilidades de desconectarse también están atravesadas por las condiciones sociales.
Aldana Rodríguez Golisano, licenciada en Ciencias de la Educación, investigadora del IEC-CONADU y subsecretaria de Participación Comunitaria de La Plata, conoce esta realidad desde su trabajo territorial. «Las pantallas son parte indisoluble de la vida de los pibes y las pibas», sostiene. El celular puede ser una forma de entretenimiento mientras las familias resuelven las tareas de cuidado, pero también una herramienta para estudiar o comunicarse con quienes están en casa después de tomar dos colectivos para llegar a la escuela.
La pandemia terminó de instalar esa presencia. Durante el aislamiento, las clases, los cumpleaños y los encuentros familiares se trasladaron a las pantallas. Para muchos chicos, el teléfono fue la única manera de seguir en contacto con personas que no podían ver. Pero estar conectados tampoco era una posibilidad para todos: en 2020, el 37% de los adolescentes argentinos no tenía una computadora disponible para hacer las tareas escolares y el 18% carecía de Internet en su hogar, según UNICEF.
Primero, la preocupación era cómo garantizar el acceso. Ahora, cómo limitarlo. En ambos casos, las desigualdades atraviesan la discusión.
Fainboim advierte que muchas familias intentan acompañar la vida digital de sus hijos en medio de la crisis económica, el pluriempleo y redes de crianza cada vez más debilitadas. «Es una discusión de privilegio también exigirle a las familias que no presenten pantallas a sus hijos», señala.
En su libro, la especialista propone recuperar el rol adulto como figura de cuidado también en Internet. No hace falta convertirse en un experto tecnológico, sino acompañar, establecer límites según la edad y promover experiencias digitales compartidas.
Pero el cuidado necesita algo más que buenas intenciones. Si las plataformas están diseñadas para prolongar el consumo, las familias trabajan cada vez más horas y las alternativas de recreación son desiguales, pedirles a los adultos que simplemente apaguen las pantallas deja buena parte del problema sin resolver.
Lo que no se apaga con una prohibición
Durante años, la escuela buscó incorporar las tecnologías. Hoy intenta encontrar la manera de ponerles límites. Para Rodríguez Golisano, la respuesta no puede ser igual en todos los niveles educativos. Mientras en primaria resulta fundamental fortalecer la alfabetización, en secundaria el celular también puede ser una herramienta de aprendizaje, lectura y comunicación.
La inteligencia artificial suma otra discusión. Los chicos ya conviven con tecnologías que transforman la manera de buscar información, estudiar y producir contenidos. Para Aldana, el desafío es que aprendan a utilizarlas y dominarlas, en lugar de quedar subordinados a ellas.
Pero hay algo que no se aprende frente a una pantalla.
En Villa Elvira, La Plata, chicos y chicas del programa Envión participaron de un taller sobre bullying. La propuesta era sencilla: a través de un hilo, cada participante se presentaba y descubría cómo sus movimientos afectaban a los demás. Después llegaron los afiches, las conversaciones y las ideas para pensar colectivamente distintas formas de cuidarse.
La actividad forma parte de los programas comunitarios que se desarrollan desde la Municipalidad de La Plata en escuelas, clubes y organizaciones barriales. Allí se trabaja sobre problemáticas como el bullying y el grooming, pero también se ofrecen talleres de oficios y espacios de formación. Las pantallas no están necesariamente excluidas: a veces sirven para desarrollar ideas o mejorar las producciones de los propios pibes.
Rodríguez Golisano plantea la importancia de contar con «un Estado que regule las tecnologías, pero también un Estado que promueva diferentes actividades recreativas y deportivas». Una discusión que traslada el problema del dispositivo a las posibilidades concretas que tienen las infancias de encontrarse con otros.
Hace seis años, no tener una pantalla podía significar quedarse afuera de la escuela. Hoy, tenerla dentro del aula se convirtió en un problema. Entre una urgencia y la otra, las plataformas consolidaron un negocio basado en capturar la atención, mientras las familias y las instituciones educativas intentan encontrar respuestas a una realidad que las desborda.
Prohibir el celular puede cambiar lo que sucede durante la jornada escolar. No modifica, sin embargo, las condiciones en las que crecen los pibes ni los intereses de quienes se benefician de mantenerlos conectados.
Se les pide a las infancias que aprendan a desconectarse, pero ¿quién les garantiza algo más allá de las pantallas? ¿Y quién les pone límites a las empresas que necesitan que nunca las apaguen?
La escuela puede guardar los celulares hasta que suene el timbre. Lo que no puede es resolver, entre cuatro paredes, un problema que empieza mucho antes de entrar al aula y continúa cuando los pibes vuelven a sus casas.






