Restricción y contaminación de agua potable

Hablar de agua es hablar de vida

En Argentina casi dos millones de personas no cuenta con acceso al agua potable en su casa y solo el 60% tiene cloacas. ¿Porque el acceso al agua debe ser uno de los ejes sobre los que se debe trabajar cuando se piensan políticas públicas con intenciones redistributivas? A continuación algunas respuestas.

Hace casi diez años, la Organización de las Naciones Unidas declaró el acceso al agua como un derecho humano a ser garantizado por todos los Estados. Sin embargo, según un informe de la UCA presentado en el 2019, en Argentina casi dos millones de personas no cuenta con acceso al agua potable en su casa (como así tampoco gas ni cloacas). Las desigualdades sociales, económicas, culturales y ambientales (entre otras) impactan de distinta según identidad de género, distribución geográfica y rango etario por eso para entender el acceso al agua y abordar de manera integral a la problemática, es importante hacerlo desde un análisis que contemple las interseccionalidades.

Foto: Julián Galán

Enfoques para pensar y analizar las desigualdades.

En Argentina, uno/a de cada dos chicos/as vive por debajo de la línea de pobreza y el 70% de las personas pobres son mujeres. Las estadísticas (y la realidad) de las personas trans y travestis es incluso peor: más del 90% tiene trabajos por fuera del ámbito formal y la esperanza de vida limita entre los 35 y 41 años.  Dichas proporciones son muy similares a las que bordean la temática del agua: el 40% de los menores de 17 años no cuenta con acceso al agua potable y el 46% de las personas trans y travestis viven en viviendas deficitarias según datos del INDEC. En relación con los trabajos del cuidado, las mujeres son quienes más se perjudican de la falta de agua en los hogares. Si bien es cierto que con la aparición de los electrodomésticos de limpieza y cocina el tiempo que se destina a los trabajos del cuidado se ha reducido hasta casi 6 horas diarias, la mayoría de dichas actividades utilizan agua por lo que su escasez es un problema del día a día.

La situación de las mujeres recrudece en ambientes rurales. La ONU estima que “cuando se vive a más de un kilómetro de una fuente de agua, el uso de agua es menor a 5 litros diarios” situación que resulta enfáticamente problemática teniendo en cuenta que una mujer en periodo de lactancia debe consumir al menos 7,5 litros de agua por día.

En Argentina, la región norteña del país es la más afectada por la falta del agua. Según datos de la Plataforma del Agua , en base a datos del INDEC, las provincias más afectadas son Jujuy, Salta, Formosa, Chacho y Santiago del Estero. En el indicador se registran los hogares sin acceso a agua de red en la vivienda (en zonas rurales y urbanas) desde las Necesidades Básicas Insatisfechas.

Foto: Julián Galán

El agua: una disputa por la vida

Hoy en día, en Argentina, la población que tiene acceso al agua por red pública es del 85% y casi el 60% cuenta con cloacas en su casa: según datos de Aysa estos valores son casi los mismos que dos años atrás, lo cual habla de la política del gobierno macrista respecto a factores que contribuyen a las desigualdades socioeconómicas, culturales y de géneros. Sobre la contaminación, las estadísticas oficiales respecto al tratamiento de aguas residuales aún no existen, pero se calcula que el número es de apenas entre el 15% al 20%: es decir, el 80% de las aguas cloacales terminan en ríos y arroyos sin tratamiento previo. Además, según estudios del Banco Mundial, se calcula que unos 20.000 establecimientos productivos vierten sus desechos químicos e industriales en la cuenca del Riachuelo.

El acceso al agua y al agua potable es uno de los tantos ejes sobre los que se debe trabajar cuando se piensan políticas públicas con intenciones redistributivas. Un saneamiento defectuoso y la escasez de agua en las viviendas genera climas para la propagación de enfermedades como la vinchuca, diarreas, hepatitis A, así como una nutrición deficiente. En este sentido, no resulta casual que las provincias con mayores casos de desnutrición y de contacto con enfermedades de trasmisión vectorial (como la vinchuca) sean las norteñas.

En un mundo como el nuestro, es importante mencionar la cuestión productiva y entender que no solo urge garantizar el acceso y consumo del agua potable (que, sin dudas, es esencial) sino también dar la discusión sobre el modelo de producción al que apostamos y por el que trabajamos. Es fundamental poner en discusión los imperios cimentados en la dinámica del monocultivo que colaboran al derroche y contaminación con agrotóxicos del agua y abonan al hambre de nuestros pueblos. Es imprescindible entender que el modelo agroindustrial (ese mismo modelo que reivindica que el 1% de los dueños tenga más del 80% de las tierras fértiles) que se desarrolló en Argentina no puede, por sus propias estructuras y objetivos, garantizar alimentos sanos y seguros. La soberanía sobre nuestras tierras y nuestros recursos deben pensarse en clave feminista, anclado en economía popular y desde la agricultura familiar porque como afirma la Organización Mundial de la Salud: “hablar de agua no es simplemente hablar de tecnologías”, es hablar de la sustentabilidad de la vida.