Andrea Giunta

«El arte es un terreno de afectos, de formas de conocer el mundo»

La adaptación a los nuevos dispositivos electrónicos ha sido una constante para museos y galerías en los últimos meses. La historiadora del arte y curadora de la Bienal del Mercosur, Andrea Giunta, habló con El Grito del Sur sobre cómo construir un arte feminista y qué desafíos habrá luego del aislamiento.

‘El arte puede transformar al mundo’ se lee en cientos de postales, remeras, grafittis, y museos alrededor del planeta. Pero cuando es éste el que cambia drásticamente para bien o para mal, el arte debe asumir el desafío de reinventarse sin dejar de serlo, como si se tratara de un reptil que muda su piel. En ese sentido, la pandemia no sólo produjo una tensión entre hiperconectividad y distancia -obligando a trasladar museos, galerías y talleres a visitas virtuales, lives de Instagram y clases por Zoom-, sino que puso de relieve la necesidad de considerar a todos los actores y actrices del mundo del arte en su rol de trabajadores y trabajadoras.

Andrea Giunta es historiadora del arte, investigadora del CONICET, profesora de Arte Latinoamericano y Contemporáneo en la Universidad de Buenos Aires e integrante del colectivo de mujeres artistas «Nosotras Proponemos». Además es la curadora de la 12° Bienal del Mercosur, que iba a realizarse entre abril y julio de este año en Porto Alegre y pasó al formato virtual, bajo el lema Femenino(s). Visualidades, acciones y afectos.

En diálogo con El Grito del Sur, la teórica habla de la importancia de visibilizar a mujeres y disidencias en el arte, la construcción de un campo artístico feminista y el desafío de adaptarse a nuevos formatos durante el aislamiento.

¿Creés que hay suficientes mujeres en el arte?

No, las mujeres -en el mejor de los casos- representan un 30% aunque generalmente es un 16% en las colecciones, las exposiciones y todo el campo artístico en general. Eso está cambiando desde hace poco por el impulso de las artistas, pero sigue siendo resistido en nombre de la calidad de la obra. Nosotras exigimos el cupo del 50%, eso es un piso no un techo. Es fundamental que haya más mujeres en estos espacios porque sino no sabemos qué está haciendo más de la mitad de la población del planeta, pero también que haya más afrolatinoamericanos, más artistas vinculados a las comunidades originarias, porque no sabemos qué piensan y qué hacen en términos de arte, no están representados. En términos generales el arte es blanco, patriarcal y clasista ¿Por qué eso es problemático? Porque el arte es un terreno de afectos, de conocimiento, de formas de entender el mundo. Es decir, como público tenemos derecho a preguntarnos quiénes están elaborando esas experiencias, esas cosmovisiones, esas formas de entender el mundo.

En ese sentido, ¿cómo repercute en el arte que no haya tantas mujeres?

Mi preocupación no es que haya más mujeres en el arte, sino que haya menos patriarcado. Las mujeres pueden ser patriarcales: el patriarcado es una estructura de sentimientos, de conductas, de formas que se articulan a través de la educación y de los comportamientos sociales, que no implican que vos no vas a ser patriarcal porque sos mujer. Muchas veces, las mujeres son tan o más patriarcales que los varones en sus formas de representar los afectos y las relaciones sociales.

Incluso cuando forman parte de las instituciones, las mujeres no llegan a puestos de poder. Eso también influye…

Sí, porque en determinados círculos como fundaciones, boards o en los museos las mujeres están presentes pero muy raramente llegan a la dirección. El único cargo de Dirección Artística concursado, hasta donde conozco, que es el de Mariana Marchesi del Museo Nacional de Bellas Artes, actualmente está buscando cambiarse de Dirección a Coordinación, aún cuando el concurso y el decreto de nombramiento dicen que el cargo es Dirección Artística.  A toda mujer en un lugar de poder se la combate, creo que la salida de la presidenta de ArteBA (Amalia Amoedo, la primera mujer en estar al mando de la institución que renunció a principios de mes) también tuvo que ver con eso.

Durante la pandemia muches artistas, galeristas y otros agentes del mundo del arte no pudieron trabajar. ¿Esto también pone de relieve las problemáticas respecto a cómo se pagan estas tareas?

En el mundo del arte hay una gran cantidad de trabajo gratis que nadie tiene en cuenta, tanto de artistas como de otros actores. Durante la pandemia todos hemos creado mucho contenido gratis, pero no es solamente ahora sino que siempre fue así. Estamos involucrados en un concepto de que lo que nosotros hacemos no es trabajo. Los artistas están desesperados: en Argentina hay muy pocos artistas que venden, después muchos dan talleres y clases. Los que trabajan en la educación pública siguieron cobrando su sueldo, pero los que tenían taller privado no. Ese es un análisis que yo hago desde la sociología de la cultura. ¿Cómo sobrevive este sistema? Yo me vi en esa misma disyuntiva curando la Bienal del Mercosur, si no seguía con el proyecto muchas personas se quedaban sin trabajo. Nosotros pagamos los honorarios a los artistas aunque la bienal no sucedió físicamente. Las instituciones, los museos ¿piensan en los artistas? ¿de qué viven los artistas? Esta última es una pregunta urgente.

Claro, hay veces que no se ve lo que hay detrás de una muestra… 

Si, eso es algo que yo todo el tiempo pongo en crisis en el marco de la pandemia. El mundo del arte hasta el 20 de marzo había llegado a una locura. Yo aspiro a otra dimensión del arte en la sociedad. La pandemia también llevó a pensar qué es el arte, qué horizontes tiene y cómo se relaciona con su comunidad.

¿Creés que el arte puede transformar al mundo? ¿De qué maneras?

Yo pienso que el arte sí puede pensar en las transformaciones. Es un espacio de laboratorio, un espacio de reflexión donde los materiales de la realidad, la imaginación, el pensamiento intuitivo se cruzan de manera impredecible y entonces proponen zonas de imaginación alternativas. Por otra parte, el arte puede transformar a las personas a través de la educación. Mi primera experiencia cercana con el arte fue a los 16 años, cuando escuché a un artista hablar de su obra. A mí nunca se me había ocurrido que una obra podía esconder tantas cosas. Cuando vi a este hombre hablando sobre cada detalle me iba revelando un mundo enorme detrás de lo que había visto que era un paisaje, ahí empezó mi fascinación. Yo creo que eso se puede transmitir y, en ese sentido, la educación es fundamental. Creo que lo que aprendimos con la pandemia es que hay otros instrumentos con los que se puede acercar el arte, más allá de la visita de las escuelas al museo. Durante este tiempo entendimos que la relación presencial con el arte es importante, pero que hay otras que también se pueden explorar. Debería ser una tarea específica de los museos crear contenidos para que puedan ser usados en las aulas, en las clases a distancia. Hay mucho que se puede pensar para el celular. El celular en muchos casos fue el único dispositivo digital que había en una casa. ¿Cómo pensamos para que ese conocimiento, esa emoción, esa pequeña historia que es el arte pueda llegarle a las personas a partir de estos instrumentos?