El clima en el costado anti-derechos de la Plaza de los Dos Congresos durante la tarde de ayer, cuando promediaba la sesión, ya era pesimista. La sensación de ser minoría fue matizada por el rezo y los rituales evangélicos. Cómo se vivió la derrota de esa otra gente triste.

David está parado sobre sus rollers en el asfalto de Yrigoyen, altura Solís. Lleva un pañuelo celeste en el cuello, campera chic y una postura contemplativa y agria. Avanza unos metros, andando. Una de las pibas con pañuelo verde -de las tantas subidas al vallado que divide la Plaza, una especie de muro de contención a punto del desborde- le grita algo, una frase que termina en “tonto”. El paisaje lo intimida: parece rodeado. Frunce el entrecejo y dice: “Uno se siente contra la corriente”. Y agrega, acariciándose la barba rala: “el aborto es un tatuaje, una moda populista, un standard del verso”. Para él, la votación ya estaba perdida a esa hora de la tarde del miércoles, cuando promediaban los discursos dentro del recinto a la par del poroteo frenético y la llegada inminente de la noche y el frío. “Me quedo igual, hasta el final”, dice, y se pone sentimental: “Estoy acá por mi mejor amiga, que fue abandonada en la puerta de una iglesia. Su madre intentó abortarla cinco veces, y es un ser lleno de luz que hoy podría no estar en mi vida”.

Salvo por el discurso, bastante homogéneo en el lado autodenominado “Pro-Vida” de la Plaza de los Congresos, David, un joven profesional de 33 años y ateo, desentona bastante entre los suyos. La mayoría de los que piensan como él es gente cincuentona que profesa algún culto, especialmente evangelistas. La escena que está ahora frente a él le resulta indiferente: unas cien personas se forman en círculo alrededor de un pastor para rezar el Ave María y pedir perdón a Dios, crucifijos en mano, por el pecado que está por cometer la Cámara de Diputados. “Igual, el sábado juega Argentina y nos abrazamos todos”, suelta antes de perderse.

En contraste con Rivadavia y Callao, el tránsito de gente por Yrigoyen es bastante fluido. Un gacebo blanco montado sobre la Plaza, perpendicular al Congreso, alberga a los más convencidos. Lejos de parecer un búnker, se asemeja mucho más a una kermés religiosa: no hay una sola tele, nadie sigue el minuto a minuto. Por el contrario, se hace sociales: un jubilado escucha el sermón de un militante del Partido Demócrata Cristiano, que se esfuerza en explicar que “la líder de la Coalición -en referencia a Elisa Carrió- está en contra de la muerte”. Es que aquí, por lo bajo, se escuchan muchos reproches al presidente Mauricio Macri por haber habilitado el debate.

Y también a la Iglesia, por “haber actuado tarde”, casi en forma autocrítica. Así lo dice Miguel, 62 años, director de culto de una Iglesia evangélica de Moreno: “Encuentro con Jesús”. “Pasó lo mismo con el matrimonio igualitario, siempre llegamos tarde. Y la sociedad cada vez se pervierte más”, opina. Miguel cuenta que su madre intentó abortarlo pero que aquí está, vivito y coleando y luchando “para que a los jóvenes no les llenen la cabeza”. Miguel sospecha que “los políticos” dentro del Congreso “se dieron vuelta por la guita”. También está resignado. Avanza hacia el gacebo buscando con la vista a algún conocido.

Adentro de la carpa, de todas formas, no hay mucho más que hacer salvo conversar para matar el tiempo: muchas mesas repletas de bijouterie antiabortista (el gran ausente es el estigmatizado fetito) y una parva de revistas religiosas que repiten lo que acá todos ya saben. Algunas son de colección: un ejemplar del número 17 de “Familia y Vida”, de junio de 2012, lleva en tapa la foto de una bebé de Misiones, Luz María, y el título “Casi Abortada” impreso en mayúsculas de color verde (hablemos de ironía). Al número lo completan títulos como “Lo mejor es una familia estable”, “Abandonan la investigación con células de bebés abortados” y “El matrimonio homosexual en el mundo”.

María Ester, abogada de 57 años, está sentada ante la mesa con las revistas, como si atendiera detrás de un mostrador. Está armando una pulsera bastante particular, que necesita ser explicada. Cada una de las piedritas de adorno de la pulsera, dice María Ester, simbolizan los nueve meses de gestación. Sin pestañar, arrebatada, María Ester dice:

—Esta piedrita blanca representa el primer mes, porque ya tiene huesos. Esta manito, el tercer mes, porque ya tiene huellas dactilares, ¿vos matarías a alguien que tiene huellas dactilares? Y acá la luna, el cuarto mes, porque ya puede soñar. ¿Vos matarías los sueños de alguien? Y en el sexto mes el sol, porque ya puede diferenciar la luz de la oscuridad. Espero que la sociedad y los diputados sepan diferenciar la luz de la oscuridad como puede hacerlo un bebé desde el vientre de la madre. No hay más argumento—.

A su lado, Mónica, que sigue atenta la disertación de su colega, despliega su propia lista de argumentos, que empieza donde termina: “Estoy a favor de la vida porque extraño a mis dos hermanas abortadas”.

Caída la noche, la cosa se empieza a desmadrar: se ve a un hombre parado detrás de su auto, micrófono en mano, pidiendo “Perdón, Perdón, Perdón”, como si estuviera recitando, y su rezo se amplifica a través de los parlantes que tiene en el baúl abierto. A su lado, otro varón, más joven él, lo acompaña tocando la melodía de la canción de la alegría con su violín. “Pido perdón porque estamos legalizando un asesinato. Acá interrupción es un eufemismo, es asesinato”, afirma. La improvisación apenas se escucha porque ya hay unas 200, 300 pibas con pañuelos verdes que le gritan de todo y le cantan “Si el Papa fuera mujer/ el aborto sería Ley”. El hombre, se nota, hace un esfuerzo para no levantar la vista del suelo.

Ya mas cerca del Congreso, algo de agite y la juventud: son muchas las que hacen pogo cantando canciones anti aborto y gritan “Sí a la vida” cada vez que sobre sus cabezas pasa un dron. Aunque se saben menos, no pierden el entusiasmo ni la ironía. “Una de las que está a favor llegó a hablar de poesía al lado de aborto. Las que están locas son ellas”, se defiende una, casi mimetizada con el folklore que inunda la Plaza del otro lado: lleva la cara repleta de glitter azul, el mismo color de su pañuelo. “No al aborto/ señor Presidente/ sí a la vida/ le dice la gente” entona otro grupo simil boy scouts, enteramente vestidos de celeste y rosa. De fondo, una bandera argentina de unos 100 metros repleta de firmas y frases dedicadas a los niños y niñas por nacer. Y otra que proclama: “el aborto produce depresión”.

—Yo sé que la ley va a salir, pero te digo algo: vos nunca viste como yo cuando cae el bebé abortado, y cae con un gesto como si le hubieran pegado. Eso es que tiene vida y lo estás matando— dice casi a los gritos un pastor evangelista, de rostro siniestramente parecido al Padre Carlos Mugica, rubio y de ojos claros, que está siendo asediado por las pibas feministas que ya habían desbordado los límites del operativo policial y se cruzaban para debatir a cielo abierto. — Y te puedo asegurar que en nuestra iglesia recibimos muchas mujeres que pensaron abortar y después se arrepienten y llenan su vida de amor.

—Me alegro —le contestó una morocha de mechas verdes— porque fue ella la que así lo decidió.