Reseña de "Vendrán lluvias suaves" dirigida por Iván Fund

La ternura, camino y horizonte

En “Vendrán lluvias suaves” (2018), de Iván Fund, cinco niñes de distintas edades amanecen en un mundo sin adultes. Juntes, deciden emprender un viaje en busca de un pequeño hermanito que quedó al otro lado de la ciudad.

Hay películas que encienden preguntas que no se apagan por semanas, por meses, por años. Como luciérnagas insistentes revoloteando en campos de provincia, “Vendrán lluvias suaves” nos pregunta sobre los mundos que soñamos y la posibilidad de acercarnos a ellos. En esta peli dirigida por Iván Fund, grabada en Crespo (Entre Ríos), un grupo de niñas y niños despiertan en un mundo sin ley, sin adultes. Necesariamente, nos obliga a pensar: ¿Qué pasaría si, un día, como si nada (como si todo) amanecemos en el mundo que imaginamos?

Este grupo de niñes (Alma Bozzo Kloster, Simona Sieben, Florencia Canavesio, Emilia Izaguirre y Massimo Canavesio) que despiertan en un mundo en que les adultes se ven envueltes en un letargo inexplicable, deciden – ante el suceso extraordinario- hacer manada. Recuerdan a un hermanito muy pequeño que está solo en una casa lejana y emprenden el periplo a su encuentro. En el camino, como en todo camino, encuentran desafíos, pozos, caídas, fríos y hambres. Las resoluciones siempre descansan en la construcción de lazos solidarios entre elles y hacia con el mundo que les rodea.

¿Podrían les personajes haber hecho otra cosa? Por supuesto, podrían haber elegido jerarquías; nombrar une jefe, une referente, quizás refugiarse en la niña de más edad, seguirla a ella, obedecer. De esa forma, reproducir el mundo ya conocido hasta ese día. Pero no sucede así. Por el contrario, como si hubieran leído a Audre Lorde, les niñes no seleccionan las herramientas del amo para escribir su historia; construyen otros modos, buscan en la caja de herramientas que traen consigo y forman sin planearlo un equipo que se respeta y se abraza en las decisiones difíciles.  Tampoco es que por tener tonos pasteles caiga en un mensaje lavado. Por el contrario, se encuentran con situaciones difíciles y no dudan en hacer estallar con un bate de baseball los cristales de un auto que tenía atrapado a un perro en su interior. Ante la noche fría, prenden el fuego que les abrigará. Y si el auto no arranca, siguen caminando. Saben que están juntes y sólo así combaten el miedo. Se sanan las heridas, aunque arda.

Una temporalidad Otra atraviesa la historia; no se comprende del todo el tiempo que pasa desde que sucede el hecho fantástico hasta que les protagonistas llegan a su destino. Las secuencias se desencadenan a su propio ritmo, entre recreos, leche chocolatada y fogatas. La película misma se nos reserva (quizás jugando a las escondidas por un rato).

Lejos de una romantización de las infancias, “Vendrán lluvias suaves” recrea un escenario en que les personajes son dueñes del mundo sin poseerlo, con las enormes complejidades que eso conlleva. Se mueven por rutas, campos, plazas, ríos, a paso firme. Amablemente, este grupo de chiques dialoga con los paisajes y los seres que encuentran a su alrededor. Alejándose de una perspectiva antropocéntrica, el vínculo con animales es fluido y de confianza.

Como una prefiguración del mundo que soñamos, la película nos hace pensar en la necesidad de armarnos de coraje para relacionarnos no ya desde el miedo, sino desde el cariño. Nos pregunta qué nos pasa en los espacios que habitamos con otres. Crítica clara al adultocentrismo, “Vendrán lluvias…” apuesta a la sabiduría que reside en el gesto infantil.

En la utopía de Ivan Fund como en la vida, los raspones en las rodillas son parte de la aventura, pero siempre hay compañeres que nos tienden la mano y nos limpian las lastimaduras.