Tamara Tenenbaum

“Nos enseñaron la libertad sexual como la utilizaron históricamente los varones”

“El fin del amor. Querer y coger” es el nuevo libro de Tamara Tenenbaum y ya tiene su primera edición agotada. La autora habla con El Grito del Sur sobre las relaciones sexo-afectivas, la cultura de la violación y los escraches en los colegios.  

Sobre la tapa rojo pasión hay dibujados corazones, celulares, likes de Instagram, tildes azules. Los símbolos millennials anticipan algo que, rápidamente, el título garabateado en cursivas turquesas se encarga de confirmar: se trata de un libro incisivo, fresco, joven, descontracturado, coloquial pero, al mismo tiempo, de un marco teórico necesario para pensar debates urgentes. “El fin del amor. Querer y coger” es el segundo libro de Tamara Tenenbaum, publicado por Editorial Ariel, que ya agotó su primera edición luego de la exitosa presentación durante la Feria del Libro. En más de trescientas páginas, la joven revisa con una perspectiva feminista temas que van desde las relaciones sexo-afectivas, las aplicaciones de citas, la industria de la belleza y el poliamor hasta el deseo o no de tener hijos, reivindicando el concepto francés de ‘maternidad mediocre’. Tamara es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, profesora de Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes y periodista. Su escrito está atravesado por la experiencia personal de haber nacido en una comunidad judía ortodoxa y decidir pasar al laicismo, con el consecuente cambio social que implicó este giro identitario. En una entrevista con El Grito del Sur, la autora habla sobre las relaciones sexo-afectivas, la cultura de la violación y los escraches en los colegios.

¿Cómo empezaste a escribir sobre relaciones?

Es un tema que me interesa desde siempre, pero fueron cambiando las aristas desde las cuales lo tomaba. Cuando estaba en la facultad yo estudiaba Filosofía, Política y Ética. Me interesaba la pregunta sobre cómo es la moral en un mundo en el que ya no seguimos las normas religiosas. Después, cuando empecé a adentrarme más en el feminismo, lo que comenzó a interesarme fueron esas relaciones que a veces entendemos como naturales y no nos damos cuenta que también son vínculos de poder. Empecé a ver la política que aparecía en los espacios entendidos históricamente como privados y también como privados de política. Por otro lado, como cuento en el libro, yo venía de una comunidad judía ortodoxa y vivir en una sociedad con reglas distintas te hace más consciente de las normas sociales que regulan la vida de las personas. En mi familia no tenía modelos de vínculos como los que yo quería, todo lo tuve que ir armando.

En el libro planteas que la relación monogámica del “hasta que la muerte nos separe” quedó caduca, pero que tampoco sirve caer en la idealización del poliamor y las parejas abiertas. ¿Cómo es eso?

Esta es una discusión que se está dando entre círculos activistas que se animan a pensar en una relación abierta, que ya es una minoridad. Pero es muy importante que el discurso de la apertura de la mononorma no se convierta en una especie de magia emancipadora: los vínculos son muy complicados. Vivimos en una sociedad con una presión para ser personas hipersexualizadas. Las chicas de mi generación ya no se criaron en una época donde ser virgen era valioso, sino más bien lo contrario. Entonces, que te vendan que ser feminista es coger todo el tiempo con cualquiera no sirve. ¿Y si no tengo ganas, soy menos feminista? ¿Si las relaciones abiertas no me cierran por x razón? Si no tengo energía o ganas de llevar más de una relación,  ¿hay algo malo? Lo importante es que se habiliten diferentes opciones y que haya una conversación donde cada una pueda hacerse cargo de su deseo y estar lo más en sintonía posible con eso.

Es como si en algún momento se naturalizó que para ser feminista era obligatorio no desear tener una pareja estable o no poder sentir afecto en las relaciones sexuales.

Eso es porque nos enseñaron la libertad sexual como la utilizaron históricamente los varones: libertad sexual es ser un Playboy, todo lo demás es represión. Eso es un invento, hay muchas formas de ser libre sexualmente y decir que no también es libertad sexual y no te hace una persona enferma ni rara.

¿Creés que hay una manera diferente de tramitar la sexualidad entre femineidades y masculinidades?

Se nos socializa en roles muy distintos. Después, cada uno hace con eso lo que le sale. Yo siempre fui más ‘masculinizada’ en el sentido de ir y encarar, pero también creo que fue porque de chica pensaba que era cool la manera en la que seducían los varones y tomé eso. Obviamente la forma en que nos criaron tiene peso, no es casualidad que haya tantas chicas angustiadas porque un varón no las llamó. Te enseñan que es muy importante la mirada masculina, incluso si esa persona no te importa. La otra vez una amiga me decía ‘la verdad ni me gustó, pero quiero que me llame’. Es porque necesitás esa validación.

¿Creés que son mayoritariamente las mujeres las que están pensando los vínculos en las parejas heterosexuales?

Sí. Por ahora es una discusión que la estamos dando mayoritariamente nosotras porque los varones tienen menos habilitado conversarlo entre ellos. A mi me escriben muchos varones que leyeron el libro, pero no se permiten decirlo en voz alta. Capaz que ellos estas cosas las conversan con sus amigas mujeres o cuando están de a dos. Conozco muchos varones que están tristes por vínculos, que se sienten solos, que quieren vincularse y no saben cómo, incluso que sienten que las chicas los usan, pero tienen menos espacio simbólico para conversar.

Foto: Dominique Besanson

Cuando lo conversan con sus amigas mujeres pasa a ser un trabajo más para ellas.

Sí, tal cual. Es otro trabajo femenino: hacer el apoyo emocional.

En el libro contás que trabajás en el consultorio sentimental de La Nación. ¿Cómo se hace para darle un contenido político feminista a esos espacios?

No sé si el consultorio tiene contenido político. Sí creo que es un espacio históricamente ninguneado porque es femenino. Pero pasa lo mismo con las revistas femeninas y no son más boludas que las revistas de fútbol. Son igual de boludas o tal vez menos. Cuando lo pensamos en La Nación siempre dijimos de tomarlo en serio: trato de que las respuestas reflejen investigaciones reales sobre vínculos. Me interesa que la gente entienda que muchos de los problemas que piensan que son individuales los está teniendo todo el mundo, que son estructuras que están cambiando y generan ansiedades sociales.

Con la última ola de denuncias se pusieron sobre el tapete las discusiones sobre el consentimiento y las situaciones que no son abusos sexuales jurídicamente, pero atraviesan los grises. ¿Qué pensás de esto?

Pienso que nos socializan muy distinto y la cultura de la violación también es eso. A nosotras nos enseñaron a quedarnos calladas, a ellos a no mirar. A mí hay mil veces que me pasó que no tenía ganas de estar ahí pero no lo dije. Bueno, hay que decirlo. El otro no tiene porque leernos la mente, es ideal que esté empático y reconozca otros gestos pero a él también lo educaron así. Es cuestión de sacarse esos chips, corriéndonos de los roles que nos enseñaron a jugar. También es necesario poder hablarlo con amigas, incluso con la persona con la que nos pasó, habilitar esa conversación: ir y decírselo al chabón es un desafío pero está bueno. Creo que hay que buscar la forma de correrse de la lógica del castigo porque como comunidad política es más sustentable a futuro.

¿Qué pasa con los escraches en los colegios?

En los colegios es diferente -incluso si hay una situación de abuso-, como se trata de un menor y de cierta paridad la cuestión toma otro color. Un compañero de curso es un par, no es un jefe o un profesor que se está aprovechando de su posición. Un par que se puede equivocar y eso puede dolernos mucho, pero no podemos romper la comunidad política. La respuesta no tiene que ser necesariamente el ostracismo, el escrache y la violencia. Para mi en un caso así lo ideal sería que haya otras instancias donde esto se pueda tramitar, que no sean las redes sociales porque ahí la cuestión se descontrola. Yo no creo que todas las chicas que cuentan sus cosas en Facebook quieren que a los chicos los echen de los colegios. Por ahí lo único que querían era contarlo.

¿Internet dificultó la manera de generar vínculos?

Facilitó algunas cosas y dificultó otras. Facilitó muchas cosas para los tímidos, en ese sentido amplio nuestro horizonte de vínculos. Pero en otro sentido, los que nos criamos con Internet, nos acostumbramos a un grado de control en los vínculos que es complicado. Porque cuando se está detrás de una computadora o un celular, uno controla lo que está haciendo, entonces te sentís seguro. Estamos muy acostumbrados a eso y hay algo del descontrol que implica el cara a cara que nos genera ansiedad. Hay que estar atento a eso porque sino terminas teniendo una vida sólo en Internet y la empatía es una habilidad que por ahora se aprende cara a cara. La mayoría de la gente que te dice cosas feas por Internet no podría hacerlo cara a cara porque se daría cuenta que es feo. Lo mismo el ghosting, es una cosa más fácil de hacer cuando no te das cuenta del todo que lo que tenés enfrente es una persona.

¿Tus propias relaciones sexo-afectivas cambiaron luego de la investigación que conllevó el libro?

Yo vivo con mi novio y cuando escribí el libro estaba muy absorbida por eso. Ahí me di cuenta que el único tipo de relación que podría tener era esa, una basada en la libertad. No libertad para estar con otra persona, eso es secundario casi, sino libertad para acompañar al otro cuando no está para estar con vos, cuando el otro decide poner su energía en otra cosa. Cuando empecé a escribir me di cuenta lo difícil que es para las mujeres dedicarle energía a algo que no es lo vincular.