El rugby y la masculinidad hegemónica

Pibes bien

Diez rugbiers y un remero de la ciudad de Zárate están acusados de matar a un pibe en Villa Gesell. ¿Cómo es el contexto del Rugby y el comportamiento de estos chicos en su ciudad natal?

Es un juego de apellidos: las fuentes de Zárate dicen que los Pertossi siempre se mandan cagadas y que Lucas andaría en el tema de los afanos, que Thomsen -el hijo de la secretaria de Obras Públicas municipal, la arquitecta Rosalía Zárate- es muy peleador y que Enzo Comelli también y todos recuerdan una pelea suya en la navidad del 2018 en la fiesta llamada Reventón, además de tener problemas con Ventura, motivo por el que lo habría metido en el relato. Podría ser un collage de declaraciones de un policial clásico, pero en realidad es la historia de cómo once pibes de Zárate mataron a un pibe porteño. O, más gráficamente, de cómo diez rugbiers veraneando en la costa atlántica asesinaron a patadas en la cabeza al hijo de un encargado de edificio de Recoleta que pasaba el fin de semana con sus amigos.

De acuerdo al fiscal Walter Mércuri, titular de la Unidad Fiscal Descentralizada N°8 -la que quedó a cargo de la causa-, los hechos fueron los siguientes: un amigo de Fernando Báez Sosa rozó sin querer a uno de los rugbiers dentro del boliche Le Brique en Villa Gesell. Acto seguido, la manada atacó: Fernando atinó a dispersar la pelea, pero terminó ligando golpes por uno de los agresores. Fue ahí cuando respondió.

Aplicando el protocolo nocturno se los expulsó a todos del boliche y Fernando y sus amigos cruzaron a tomar un helado a la vereda de enfrente. Pero los rugbiers persistieron, ensañados con él: los buscaron para seguir golpeándolo y también a sus amigos cuando intentaban acercarse para frenarlos. Así fue como mataron a patadas en la cabeza a Fernando Báez Sosa, de 19 años.

Los rugbiers volvieron a la casa que alquilaban a dos cuadras del boliche y allí fueron detenidos. El fiscal solicitó al juez que la carátula pase de “homicidio en riña” a “homicidio agravado”, delito por el cual algunos son coautores y otros partícipes necesarios.

A lo largo del fin de semana las redes y los medios replicaron los mensajes de la familia de Fernando, porteños, trabajadores encargados en un edificio de Recoleta, padres de un único hijo asesinado a patadas por un grupo de once varones de entre 18 y 21 años. La discusión redundó en si la característica determinante de la violencia de los asesinos tenía que ver con un deporte, con un status, con un consumo, con una esencia. En realidad no tiene que ver enteramente con ninguna de estas categorías, pero todas están puestas en juego a la hora de pensar por qué esto es un problema social y no una coincidencia de once individualidades.

El rugby en Zárate

Ni la ciudad de Zárate es como el barrio de zona norte San Isidro, ni el Club Náutico Arsenal es como su Club Atlético, el CASI. El zarateño es un club más bien popular, donde jugaban hijos de la clase trabajadora, y el único con el deporte rugby en toda la ciudad. Ni este club ni su rugby son exclusivos de “chetos”, sí de pibes con protagonismo social pero no necesariamente de plata.

Si bien Zárate es una ciudad de 100 mil habitantes todavía conserva características de pueblo. Hay una división de clases muy marcada que se refleja en las costumbres. Los adolescentes de clase media van a tres o cuatro colegios privados y se conocen todos entre ellos. Esta endogamia también se replica en la oferta nocturna: hay dos o tres boliches que los reúnen los viernes y los sábados. Por eso todo el mundo se conoce tanto y por eso se sabe quiénes suelen tener actitudes violentas. Uno de los imputados por el homicidio de Fernando, Enzo Comelli, trabaja como seguridad en uno de esos bares llamado Federico Chopin.

En el rugby zarateño se conocen las costumbres violentas de algunos de sus jugadores. Generalmente se las adjudican al cambio generacional, a la falta de códigos y de educación familiar. El hecho es que como medida de disciplina desde hace unos 8 años ya no sirven alcohol en la famosa cofradía del tercer tiempo. Según lo que se dice en la ciudad, de los 10 rugbiers acusados del homicidio, sólo se destacan por su juego Máximo Thomsen que juega en el CASI y Luciano Pertossi que había sido elegido para jugar en el seleccionado de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), aunque para un segundo equipo. El resto juegan como titulares pero porque hay pocos jugadores en la zona. Por su parte Lucas Pertossi, primo de Luciano y de Ciro, iba y venía en los entrenamientos, muy irregular por sus problemas de conducta.

Infierno grande

Según Pierre Bourdieu, el habitus es un conjunto de matrices a partir de las cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Se incorpora mediante la socialización y los posicionamientos específicos de clase. El campo de lo posible se estructura en las validaciones que se ejecutan y reproducen dentro de esta lógica. La impunidad por ser un varón no-pobre no es una fantasía de estos jóvenes ni de todos los varones no-pobres que se creen impunes en sus transgresiones: es un hecho empírico. ¿Es el rugby, entonces? No. Ni siquiera es “el rugby de Zárate”. Tampoco es solamente la masculinidad, ni su posición de clase, ni sus trabajos, ni los consumos, ni el club, ni las vacaciones en la costa. El homicidio de Fernando es un verosímil en un universo que se demarca por interseccionalidades complejas, no limitables a una práctica sino al universo de sentidos, privilegios e identidades que contienen esa misma práctica.

Si el homicidio de Fernando no se puede reducir a un solo móvil, tampoco se puede reducir el hecho a una confluencia de individualidades con una estrategia letal: los rugbiers no se encontraron golpeando a patadas en la cabeza a un pibe porque sí, inadvertidamente. Mércuri ratificó su convicción de que hubo una premeditación: hay ya un establecido en las prácticas posibles que contiene que, al salir disparados del boliche en busca de continuar la pelea, el objetivo fuera asesinarlo. Mientras la estrategia de la defensa está aún borrosa -se negaron a declarar en la instancia indagatoria-, la condena social aumenta sin un objetivo claro: ¿por dónde se comienza a desmantelar la cultura de esta violencia que englobó a todos los asesinos del sábado a la madrugada pero ampara, todavía, a tantos más? ¿Sirve hacer un movimiento de excepcionalización de estas individualidades y considerar que esta historia se resuelve y termina con la cárcel para algunos de ellos?

Una fuente zarateña con identidad reservada dijo: “no son pibes malos, pero se juntan, se potencian y hacen cagadas”. La fraternidad que los aglutina es la potencia de su violencia, que no empezó y seguramente no termine con el hecho del homicidio. A pesar de ser tapa de todos los medios del país, los pibes de Zárate siguen siendo, para el ojo público, pibes bien.