Primer día de apertura de comercios en la Ciudad

No solo libros

El calendario marca el martes 12 de mayo de 2020, y es el día más extraño en la historia de las librerías. Una de sus capitales, Buenos Aires, permitió que volvieran a abrir sus puertas, con los recaudos necesarios. Los visitantes debían mostrar su DNI terminado en número para poder ingresar, pero no importó demasiado; tampoco a los lectores en edad de riesgo, ansiosos por volver a sentir ese olor particular. La industria, necesitada como nunca tras años de caídas históricas en las ventas.

—Voy a sacar el portaviones —dice. Se refiere al pizarrón, pesado, pesadísimo, que está guardado hace casi dos meses y que arregló ayer. Es grande, negro y macizo, y está listo para salir a la calle. El lugar, generalmente destinado a espacio publicitario, ahora está lleno de las normas de protocolo: “Ingreso máximo 2 personas”. “Uso de barbijo o tapabocas obligatorio”. “Mantenga distancia”.

Es martes, el día 54 de la cuarentena dispuesta desde el 20 de marzo. A partir de ahora se permite a algunos comercios barriales atender al público. La librería, ubicada en el barrio más antiguo de la capital, había implementado el “delivery” hace dos semanas.

—Nos fue muy bien, pero no es lo mismo—, dice Manuel, el librero.

Es calvo, pelo blanco a los costados bien corto y bigote. Cabeza esférica, gordo. Lleva camisa celeste adentro del pantalón de vestir azul, que le queda un poco grande y arrastra las mangas por el piso. Zapatos viejos, pero en buen estado. Impoluto. Eufórico. Esta mañana recibió a la televisión y la adrenalina del vivo le va a durar todo el día. Debe andar cerca de los sesenta años, lo cual lo catalogaría dentro de la “población de riesgo”, pero no pregunto, no me quiero arriesgar a desteñir su entusiasmo.

La Cámara Argentina del Libro señala que la caída en la producción del primer cuatrimestre del 2020 es “histórica”. El sector editorial vivió al límite entre 2016 y 2019, pero había expectativa con el cambio de gobierno, con el impulso a la creación del Instituto Nacional del Libro, con la vuelta de las compras masivas del Estado para las escuelas y bibliotecas. Pero la producción de ejemplares de abril fue de 500.000 contra los 6 millones del mismo período en 2019, y las novedades editoriales cayeron un 50% en marzo-abril.

En el medio, los cambios de hábitos durante la cuarentena, la digitalización y los debates correspondientes: “la muerte del papel”, los derechos de autor, el precio de los libros, etc. Pero hoy es martes y las librerías, al igual que otros comercios, vuelven a atender al público. Los libros están ahí, esperando saber qué pasa con ellos, si los van a llevar o no. Si los van a reemplazar por el ebook, si alguien tiene ganas de leerlos en medio de una pandemia que, dicen, no nos deja dormir bien y que nadie esperaba o que nadie quiso saber que venía, porque que se advirtió, se advirtió.

Pasado el mediodía llega Alejandro, compañero de trabajo de Manuel. No se ven desde el 19 de marzo cuando bajaron persiana, presentían el cierre, pero el mensaje presidencial todavía no lo había confirmado hacia las ocho de la noche.

—Buenas— dice Alejandro. —Tanto tiempo— dice Manuel. Se miran fijo unos segundos, en silencio, sin saber qué decir. Se adivinan las caras debajo del barbijo. ¿Sonrisa tímida? ¿Alegría? ¿Preocupación? ¿Incomodidad?

Probablemente piensen que esto no es lo que esperaban, que no quieren tener que volver a trabajar así, con una máscara de plástico que no los deja ver bien, que emite un eco cuando hablan y les distorsiona la voz, que les empaña los anteojos (que llevan los dos) y a lo que encima hay que sumarle el barbijo y como resultado parecen personajes de alguna de esas novelas distópicas que están junto a las policiales en una mesa del fondo.

Como es día 12, sólo pueden entrar aquellos vecinos y clientes cuyo número de DNI termine en número par. Pero esto no se controla. Hay que vender, hay que creerse la mentira de intentar recuperar algo de lo que se perdió durante dos meses de persiana baja. La empresa redujo 20% del sueldo y, ante esto, no saben muy bien cómo reaccionar. Pero lo que importa es el vecino, el lector, el cliente de hace tantos años que necesitaba tanto de la librería, como del supermercado y la farmacia. Hay una euforia contenida y algo de excitación que —sospecho— no se dejan ver y oír del todo, por el combo máscara-lente-barbijo.

Algunos clientes entran con bufanda o pañuelo, convencidos de estar utilizando un tapabocas. Otros entran con la nariz descubierta. Algunos utilizan el alcohol en gel que hay en la puerta y otros no. La mayoría parece hambrienta de libros. Un cliente mayor, con campera roja y varias bolsas de compras, llega con un listado. Son dos hojas de un cuaderno pequeño, escrito con tinta negra casi ilegible. Le pide a Manuel que lo lea:

—“Viva la Revolución”, pero no es de Horowicz, este es de Hobsbawm— dice Manuel.

—Bueno, dámelo igual, debe ser ese— asiente el cliente.

—“Breves amores eternos” es de Mairal, no de Moratti— reta el librero, pero al cliente le da igual, tiene una lista larga y quiere comprar sin reparos.

Más tarde pasa Fernanda, vecina, muy lectora de Philippe Claudel, me dicen. Pero hoy no viene a comprar nada, pasa a saludar y dejar un budín de naranja que preparó y que parece que lo estaban esperando.

A eso de las cuatro pasa Javier. —Te vi en la tele hoy— chicanea. —Ahora que sé que salís en ese canal, me parece que voy a comprar libros a la vuelta—. “El canal del pueblo” le devuelve, irónico, el librero. Dice Javier que él es impar pero que salió porque tenía que ir a trabajar y aprovechó para pasar a saludar. Hay complicidad del librero con cada uno de los clientes. Sabe cuándo venderles y cuándo no, cuándo mostrarles algo, cuándo ofrecer un descuento y presionar la venta. Cuándo, simplemente ponerse a charlar, escuchar y participar de la catarsis colectiva.

La librería es eso también, son tantas las personas que vienen a comprar, como las que vienen a saludar, a charlar, a hacer frente a una situación angustiante, a reunirse (aunque con distancia). Un lugar de encuentro para los vecinos, un centro cultural, algo que ni el PDF ni el ebook podrá reemplazar.