A tres días de la votación por la media sanción de la Ley de Interrupción Legal del Embarazo en la Cámara de Diputados, Marina Do Pico historiza una práctica milenaria. "El aborto es tan antiguo como la palabra escrita y sin embargo hoy, desde los sectores conservadores, se busca instalar la idea de que las feministas ‘inventaron el aborto’ o que el deseo de libertad reproductiva es un fenómeno moderno."

En septiembre de 1699, la ilustradora y naturalista alemana María Sibylla Merian llegó a la Guayana Neerlandesa con una misión: pasar allí cinco años documentando e ilustrando nuevas especies de insectos y plantas. Divorciada y con dos hijas, María había vendido 255 de sus pinturas para costear el viaje, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en realizar una expedición científica independiente. En el libro que resultó de aquella expedición, María documentó cómo las esclavas africanas e indias de la colonia usaban las semillas de una planta (que ella identificó como flos pavonis) como abortivo. Escribió: “Los indios, quienes son maltratados por sus amos holandeses, usan las semillas [de esta planta] para abortar su descendencia y que no se conviertan en esclavos como ellos. Los esclavos negros de Guinea y Angola reclaman ser bien tratados, amenazando con rehusarse a tener hijos… Ellos mismos me lo dijeron”.

María no fue la primera en describir las cualidades abortivas de la flos pavonis, aunque tal vez haya sido la única en atribuirle racionalidad al aborto y caracterizarlo como un acto político de resistencia. Los dos naturalistas que la precedieron, en cambio, se refirieron a las “malas intenciones de los negros que abortan su descendencia” y a “la práctica culposa de evitar el embarazo por hierbas”. A pesar de desaprobar su uso, los naturalistas notaron con sorpresa que las mujeres esclavas usaban las hierbas con efectividad y los brebajes “no destruían su salud”.  Como hombres europeos de su época, asumían que el aborto resultaba en la muerte. Pero, vale preguntarse, ¿por qué asumían esto? ¿acaso en Europa las mujeres no conocían métodos seguros para abortar?

En el relato de María se cristalizan una serie de problemáticas que suelen ignorarse en el debate sobre el aborto: este es tan antiguo como la palabra escrita y sin embargo hoy, desde los sectores conservadores, se busca instalar la idea de que las feministas “inventaron el aborto” o que el deseo de libertad reproductiva es un fenómeno moderno. Muy por lo contrario, lo reciente no es la existencia del aborto sino su criminalización: se trata de un proceso que se desencadenó en forma paralela a los comienzos del colonialismo y el capitalismo, cuando en Europa la libertad reproductiva de las mujeres comenzó a ser vista como una amenaza para los proyectos de expansión capitalista que requerían de una población floreciente.

En su libro Eve’s Herbs: A History of Contraception and Abortion in the West (Las hierbas de Eva: Una Historia de la Contracepción y el Aborto en Occidente), John M. Riddle, un estudioso de la contracepción en la Antigüedad, se hace la siguiente pregunta: “Si las mujeres solían tener acceso a métodos efectivos de anticoncepción, ¿por qué este conocimiento se les perdió con el comienzo de la modernidad?” Efectivamente, hoy la capacidad reproductiva de las mujeres está regulada por entes ajenos a ellas. Existe un desconocimiento profundo del cuerpo femenino, en un contexto en el que la mayoría de las mujeres no saben lo que son los emenagogos (hierbas para provocar la menstruación) y se encuentran con una serie de trabas para acceder a los servicios reproductivos más básicos. Esto no siempre fue así. Previo a la modernidad, la anticoncepción supo ser un arte femenino que combinaba hierbas, recetas pasadas de generación en generación, prácticas y conocimientos ancestrales.

Algunos de los métodos más antiguos (de las que tengamos registro) datan del 500BC. Los abortivos son parte de una cultura de medicina herbal mantenida por mujeres por miles de años. En la medicina popular germana se utilizaban orégano, tomillo, perejil y lavanda en forma de infusión o supositorio; en Persia, canela, alhelí y ruda. La raíz del helecho dentabrón era muy usado por mujeres francesas y alemanas. Por gran parte de la historia, las mujeres realizaban estas prácticas con la ayuda de curanderas, parteras del pueblo, o las llamadas “mujeres sabias”. En 369 BC, Platón describía el poder de las parteras en uno de sus diálogos: “Con las drogas y encantaciones que administran, las parteras pueden traer los dolores de la labor de parto o atrasarlas a su voluntad, hacer fácil un parto difícil y en una instancia temprana, causar un aborto si así lo deciden”. El uso y conocimiento de estos métodos era dominio casi exclusivo de mujeres.

Sin embargo, con los comienzos de la modernidad, las mujeres empezaron a perder su autonomía y poder de decisión en estos campos. La revolución científica y médica significó que las mujeres fueran crecientemente excluidas de la medicina por requerimientos de títulos universitarios a los que ellas no accedían. La posición de los hombres de la ciencia fue reforzada por la Iglesia que, en un decreto papal, afirmó: “Si una mujer se atreve a curar sin haber estudiado, es una bruja y debe morir.” De esta manera, las parteras dejaron de aprender y de prescribir. La caza de brujas fue efectiva en romper con una cadena de conocimiento que se había enriquecido en su transcurso milenario.

Riddle argumenta que la desvalorización de medicinas antiguas no se trató tanto del desarrollo de una cosmovisión racional y científica sino del desprecio de la elite por los conocimientos y saberes populares. En 1649, Nicolas Cullpeper escribía: “El Colegio de Médicos ha mantenido a la gente en tal ignorancia que ya no deberían ser capaces de saber para qué sirven las hierbas en sus jardines”. Esto resultó ser escalofriantemente cierto. En Europa las mujeres de la realeza ignoraban las propiedades abortivas de aquella hermosa planta americana que adornaba sus jardines: la flos pavonis. La bajada de línea de las instituciones de la época derivó en una especie de amnesia colectiva que borró del corpus médico todo el campo de los conocimientos anticonceptivos.

La restricción cada vez más fuerte empujó a las mujeres a recurrir a drogas de efectividad y seguridad inciertas. Durante la era victoriana, aquellas que buscaban un remedio a sus “problemas femeninos” podían abrir el diario y elegir de una serie de píldoras y polvos. Muchos venían con una advertencia, a modo de guiño: “No deben usarse durante el embarazo”. En esta época hubo altas tasas de envenenamiento y cuando la ley se percató de esta situación, en vez de garantizar el acceso a abortivos más seguros, los restringió aún más, volviéndolos cada vez más peligrosos. Entrado el siglo XX, las mujeres habían perdido prácticamente toda la libertad reproductiva de la que habían gozado desde al menos los comienzos del Imperio Romano. La clandestinidad tuvo un efecto alienante: en vez de abortar en red y con el apoyo y asesoramiento de otras mujeres, ahora las mujeres abortaban solas, avergonzadas y de manera insegura.

Hoy en día el 40% de la población mundial vive en países en donde el aborto es ilegal o está severamente restringido. La Organización Mundial de la Salud estimó en 2008 que en el mundo ocurren cerca de 21.6 millones de abortos inseguros cada año, causando un aproximado de 47.000 muertes. Para reducir ese número, la OMS puso al misoprostol en su lista de Medicinas Esenciales. Existen cientos de grupos y redes de mujeres que se organizan para brindar misoprostol y asesoramiento en países donde el aborto aún es ilegal. Uno de esos grupos, llamado Women on Waves, se vale de un barco para brindar estos servicios reproductivos. El misoprostol representa una amenaza tan grande que incluso se han llegado a usar tropas militares para impedir el ingreso del barco a ciertos países. Dado este estado de cosas, las mujeres se encuentran solas en la prisión legal de sus cuerpos y el Estado se aferra a la llave que les abriría la puerta.