La violencia sistemática que sufren las mujeres a diario se recrudece contra aquellos cuerpos que se salen de la regla, aquellos que no cumplen con los estándares de medidas y belleza que propone el sistema -en disputa- hetero-cis-patriarcal. Cinthia Giselle Dalama relata su experiencia en primera persona.

El viernes tuve el cumpleaños de un hombre que calculo que es heterosexual. De alguien que conozco hace un par de meses, pero que me invitó a su cumpleaños. Así que fui con otra conocida a Ferona, un bar-boliche en Humboldt y Niceto Vega, ahí en Palermo. Nos juntamos tipo once y media en la puerta. Hacía mucho frío y había viento. El lugar es como una casa grande. Tiene una entradita muy chiquita, con un mini patiecito adelante y una puerta que descubrimos un poco tarde que se abría para afuera. Cuando entrás es casi todo de madera con muchos sillones de cuero. Una barra muy completa y una escalera hacia arriba. Subimos con la promesa de una terraza, y además, porque no parecía estar el cumpleañero abajo. Cuando llegamos arriba había otra barra con muchas botellas, muchas mesas con gente sentada, una terraza techada y un radiador. Estaba calentito. Nos pedimos algo para tomar y esperamos cerca de la barra. Charlando, empecé a darme cuenta que el lugar se estaba llenando de hombres. Es algo que noté enseguida porque estoy muy rodeada de mujeres. Al principio lo comenté con mi compañera, y no trascendió de eso. Pasado un rato se estaba haciendo evidente que había más hombres que mujeres en el lugar: creo que ahí empecé a sentirme incómoda. Mi compañera me preguntó varias veces si había visto a alguien, o se dio vuelta a mirar en la misma dirección que yo a ver si ella reconocía algo. No veía nada fuera de lo común, pero me gusta mirar y ver. En un momento empecé a tener el pensamiento que tenía hace varios años, de cuando frecuentaba lugares heterosexuales: seguro van a venir a hablarle a mi amiga y a mí no. Es una idea y una situación que me pasó siempre. No nos estaba pasando eso, porque ya habían transcurrido casi tres horas de que estábamos ahí adentro y nadie nos había hablado. Mejor. Porque no he tenido buenas experiencias con los intercambios que se dan entre hombres y mujeres en bares.
La música estaba sonando fuerte y decidimos corrernos de lugar porque estábamos muy cerca de un parlante. Empezaba a sentirme lejos de donde estaba y lo detecté: tenía ansiedad. No la estaba pasando mal, pero al mismo tiempo no estaba cómoda con el lugar. El momento llegó: se nos acercó un hombre. Empezó a hablarnos de astrología, como si hubiera prestado atención a la charla que teníamos con mi compañera. Me reí un poco porque dijo muchas cosas sin sentido, habló mucho pero no dijo nada en concreto, me entretuvo. Ahí pensé que no todo tenía por qué estar mal, pero una sabe y al final lo que esperaba terminó pasando: otro hombre se acercó a tocarle el tapado de piel de la chica que estaba conmigo. No sólo no la saludó, ni le preguntó cómo se llamaba, sino que la empezó a tocar y no paró.
Cuando logramos salir de esa situación y corrernos a otro lado, escuché lo que detonó mi noche: un grupo de chicos empezó a referirse a mí como la gordita, linda, y riéndose. Mirándome y riéndose. Hablando también de una estrategia para venir a hablarnos, a ver quién iba a hablar conmigo, porque probablemente les daba vergüenza acercarse a una mujer gorda. Yo solamente pasé por al lado de ellos y los miré. Miré al que estaba orquestando todo y él me miró también. Tuvimos unos segundos de contacto visual. No sé si esa mirada le habrá significado algo, pero ninguno de sus amigos se acercó a nosotras. No sé si habré podido transmitir todo lo que siento o lo que sentí escuchando eso, pero creo que la mirada sirvió para poder hacer un pacto entre los dos: no vengas, no vengan, ya entendí. Sentí vergüenza de mí, porque lo único que supe durante los últimos casi 20 años de mi vida era que no tenía que tener el cuerpo que tengo, porque está mal. Que no podía sentirme orgullosa, porque estaba criando una enfermedad que me iba a hacer atraer otras enfermedades. Que soy un montón de cosas que están mal, y aún hoy, después de escribirles y decirles a muchas mujeres que la autoaceptación es el camino, me pregunto si hago bien fomentando el amor propio porque no conozco a nadie que haya triunfado en ese camino. Todo eso me hizo en un momento generar dudas sobre las pocas certezas que encontré durante estos últimos tiempos.
Me pregunto, ¿qué hubiese pasado si algún hombre de ese entorno abusaba sexualmente de mí? Seguro me hubiesen echado la culpa porque tomé alcohol, porque tenía un vestido corto, porque soy una mujer en un lugar con muchos hombres. Pero también, y sobre todo, me hubiesen dicho que nadie abusó de mí, que me dieron una oportunidad, porque alguien se atrevió a coger con la “gordita linda” y eso no lo hacen todos. Que debería sentirme agradecida porque esa chance no se da siempre.
Salimos y llovía mucho. Hacía frío y yo tenía que caminar unas cinco cuadras. Me subí el cierre de la campera y me fui caminando. Ella se subió a un taxi para ir a su casa, no sin antes pedirme que le avisara cuando llegue a la mía. Cuando me subí a mi camioneta, me quedé sentada ahí un ratito antes de arrancar. Tengo una rutina cada vez que voy a manejar: sentarme, trabar las puertas, poner en marcha, mirar para atrás, arrancar, ponerme el cinturón, y mirarme en el espejo retrovisor. Cuando me vi, me sentí linda, como antes de salir de mi casa, como me había sentido toda la semana. Pero estaba angustiada y triste porque no podía entender por qué los hombres sólo ven en mí un cuerpo gordo, y no ven una mujer, una persona.
Entonces, hice lo que mejor hago: presionarme a mí misma, poner dudas en lo que hago, en lo que hacemos con mis amigas, con mis conocidas, con mis compañeras, con mis aliadas en la lucha que estamos llevando a cabo. Claramente nosotras estamos unidas y llevando el mismo mensaje, pero ese mensaje todavía no les llegó a ellos.

Esa noche me sentí rodeada de hombres que no tenían ni idea de lo que es ser mujer y gorda, de lo que es tener que justificarte y explicarle a todos todo el tiempo lo que estás haciendo y por qué. De que yo no tengo ningún problema con mi cuerpo, o que estoy en un camino de aceptación. De que no me siento menos linda por ser gorda, y que no pienso en su placer a la hora de vestirme o maquillarme: simplemente lo hago porque me gusta.

Por eso hoy escribo, porque necesito que entiendan que soy una mujer, gorda, y no por eso necesito darles una explicación, ni enseñarles nada, porque debería primar el respeto ante todas las situaciones. Escribo para que miren más allá de un cuerpo gordo, que entiendan que un bar no es una excusa para tocarme, ni me están haciendo un favor hablándome. Que en otros espacios donde hay más mujeres que gustan de mujeres, ninguna toca a otra si no quiere o sin preguntarle antes. Preferiría que simplemente se mantuvieran al margen y respetaran mi lugar. Porque en realidad lo que me incomoda y me angustia son los espacios donde hay hombres que se sienten con derecho sobre mi cuerpo.