Cantar para sobrevivir

Cumbia trava y disidente

Ayelén Beker es una joven rosarina que desembarcó hace dos años en el mundillo musical y rápidamente logró convertirse en un ícono de la comunidad travesti y el colectivo LGBT.

Ayelén Beker es una cantante trans de 29 años, oriunda de Rosario. Cansada de la discriminación y la estigmatización del colectivo travesti-trans, usa su voz para plantarse contra el sistema heteronormado y patriarcal que se cuela también dentro del ámbito artístico. “Elegí este género para sacar a la trava de ese lugar de sufrimiento donde siempre se la ubica. La cumbia es un ritmo alegre que llega a todas las casas”, cuenta la joven artista en diálogo con El Grito del Sur.

Beker fue discriminada por su identidad de género durante mucho tiempo y en diversos ámbitos, incluso cuando quiso comenzar su carrera artística. Hace cuatro años empezó a estudiar comedia musical en una reconocida escuela de Rosario llamada “El Círculo”. Su objetivo era vencer el miedo y la vergüenza en que la habían sumido largos años de estigmas y prejuicios sociales. Pero también allí, compañeros suyos, la apartaban o la trataban mal. “A nosotras, las travas, todo nos cuesta el doble y somos rechazadas en todos lados”, lamenta.

Sin embargo, no se rindió, tomó valor y al año siguiente empezó a cantar. Al principio -cuenta- hacía presentaciones de rock nacional o de blues, pero todo cambió hace un año cuando asistió al casting de una productora que buscaba artistas trans para formar una banda de cumbia. “Fui la única en presentarme”, recuerda. Ese día su carrera dio un enorme giro que la llevó a grandes escenarios y acercó su música a miles de personas. Focalizada en pulir su trabajo y rompiendo mil y un esquemas, la cantante santafesina levantó consigo la bandera del colectivo LGBT y lleva a sus presentaciones las reivindicaciones históricas de lesbianas, gays, bisexuales y, en particular, de travestis y trans.

Si bien ahora se encuentra con mucho trabajo y continúa con el firme objetivo de difundir su música en cada rincón del país, el camino que debió atravesar no fue nada fácil. Por un lado, cuestiones técnicas que refieren a su voz: “A mí me costaba mucho hacer cumbia porque mi voz es muy blusera”. Pero con ensayos y trabajo colectivo logró ponerle voz a más de una decena de covers con los que recorre programas de TV, conciertos y festivales a todo ritmo. Las apariciones en los programas de televisión también estuvieron acompañadas de tropezones con un gusto amargo que buscaban, según dice, dejarla en ridículo y menospreciar su talento. En particular, recuerda su visita al piso de “Pasión de Sábado”, un ciclo musical tan popular como machista, donde le pedían que le mandara saludos al sonidista “o boludeces así”.

A pesar de que “el medio es muy machista y sobre todo en un género como la cumbia”, asegura que la única forma de combatir la discriminación es uniéndose entre todes para darle pelea de conjunto y empezar a cambiar las reglas del juego. Con esa premisa y abrazada por el cariño de miles de fans, avanza a paso firme y construye su lugar dentro de la música tropical. “Nunca pensé que iba a vivir lo que me está pasando ni que iba a recibir tanto amor de la gente, cuando estaba tan acostumbrada al rechazo”, dice Ayelén emocionada. En diálogo con este medio recuerda uno de sus últimos conciertos en el que, al finalizar, se cruzó con la pensadora y activista Marlene Wayar, quien le dijo: “Me encanta lo que hacés, ¡sos la Gilda de las travas!”. Desde entonces el apodo ha sido adoptado por sus seguidoras y seguidores para referirse a ella cariñosamente.

Su historia de vida explica en gran medida el camino por el que optó la cantante y la responsabilidad asumida al representar al colectivo LGBT. Antes de lanzarse a la música Ayelén pasó por la prostitución, un episodio que recuerda con mucho dolor. Años más tarde logró poner su propio negocio, aunque no le fue tan bien como esperaba y tras quedar sin techo ni trabajo debió volver a prostituirse. “Fue un enojo muy grande conmigo misma porque sentí que fue un retroceso”, relata. Aunque no está en contra del trabajo sexual ni de las trabajadoras que lo desempeñan, asegura que su experiencia no fue buena y no quisiera volver a pasar por esa situación.

Con motivos de sobra y por sobre todo con mucho talento, Beker sube al escenario orgullosa con su bandera al lado y no le tiembla la voz para reclamar por cada uno de los derechos que aún hasta el día de hoy le son negados al colectivo travesti-trans. “Esto tiene que cambiar y la lucha va a seguir porque tenemos derecho a tener un trabajo, una vivienda, a poder ir a un centro de salud y que no te traten de hombre o de mujer”, menciona y denuncia la falta de capacitación para les agentes de salud.

“Al principio era como un pollito mojado, pero ahora estoy muy empoderada y siento que con el micrófono puedo aportar mi granito de arena y llegarle a muchas personas para que conozcan nuestras reivindicaciones”, concluye.